Tres días después, Daniel firmó el divorcio.
Lo hizo convencido de que yo estaba renunciando a una vida cómoda por orgullo.
—Cuando se te acaben los ahorros, no vuelvas —dijo.
Sonreí.
—No te preocupes.
Esa misma mañana recibí la notificación bancaria.
Regalías depositadas: 10.000.000 de dólares.
Guardé el teléfono sin decir nada.
Daniel todavía creía que yo era una editora con un salario normal.
No sabía que Claire Lane, la autora que llevaba años dominando las listas de ventas, era yo.
Una semana después, mi editorial organizó una gala por el lanzamiento internacional de mi nuevo libro.
Daniel asistió con Vanessa.
Ella estaba embarazada.
Al verme junto a la entrada, soltó una pequeña risa.
—Claire, ¿también trabajas aquí?
Daniel apenas me miró.
—Déjala, Vanessa.
Entonces las luces del salón bajaron.
El director editorial subió al escenario.
—Esta noche celebramos a una autora cuyos libros han vendido millones de ejemplares en todo el mundo.
La pantalla gigante mostró una portada.
Daniel dejó de beber.
Conocía aquel libro.
Lo tenía incluso en su oficina.
—Y finalmente —continuó el director—, después de años protegiendo su identidad, ella ha decidido presentarse públicamente.
Mi fotografía apareció en la pantalla.
Debajo:
CLAIRE LANE
La copa de Daniel quedó suspendida frente a sus labios.
Vanessa palideció.
Subí al escenario.
Los aplausos llenaron el salón.
—Gracias.
Miré brevemente hacia Daniel.
Parecía incapaz de respirar.
Después del discurso me encontró en el pasillo.
—¿Tú eres Claire Lane?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Casi reí.
—Desde antes de casarnos.
Daniel abrió la boca.
—Entonces todo ese dinero…
—Era mío.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Nunca preguntaste.
Su rostro se endureció.
—Soy tu esposo.
—Exesposo.
Aquella palabra lo hizo callar.
Entonces apareció Julian Grant.
El mismo hombre que llevaba días intentando contactarme.
—Señora Lane, disculpe la interrupción.
Me entregó una carpeta.
—Grupo Grant quiere adquirir los derechos audiovisuales de sus tres novelas principales.
Daniel miró la cifra de la primera página.
120 millones de dólares.
Su expresión se quebró.
—Claire… tenemos que hablar.
Cerré la carpeta.
—Ya hablamos durante tres años.
—Podemos empezar de nuevo.
Lo miré.
—Hace una semana me dijiste que no regresara cuando se acabaran mis ahorros.
Daniel palideció.
—Estaba enfadado.
—Y yo estaba prestando atención.
Vanessa apareció detrás de él.
—Daniel.
Él ni siquiera se giró.
Sus ojos seguían puestos en mí.
Entonces comprendí algo casi divertido.
Durante nuestro matrimonio, Daniel jamás había leído uno solo de mis manuscritos.
Decía que las historias románticas eran una pérdida de tiempo.
Sin embargo, millones de desconocidos conocían mis palabras mejor que mi propio marido.
Tomé la carpeta de Julian.
—¿Revisamos el contrato?
—Por supuesto.
Pasé junto a Daniel.
Antes de marcharme, me detuve.
—Por cierto, mi próximo libro ya tiene título.
—¿Cuál?

Sonreí.
—El hombre que conocía a su amante mejor que a su esposa.
Y por primera vez desde nuestro divorcio, Daniel comprendió que perderme no había significado quedarse sin una mujer.
Había perdido una vida entera que nunca se molestó en conocer.