Ninguno de los dos habló.
El único sonido en la habitación era el teléfono que seguía vibrando sobre la cama.
Ethan lo miraba.
Luego me miraba a mí.
Volvía a mirar la pantalla.
Como si su mente se negara a aceptar lo que tenía delante.
Finalmente levantó la vista.
—¿Qué… significa esto?
Respiré hondo.
Ya no tenía sentido seguir ocultándolo.
—Significa que no me llamo solo Emma.
Hice una pausa.
—Me llamo Emma Harrison.
El color desapareció de su rostro.
—No…
Negó varias veces con la cabeza.
—No puede ser.
Asentí lentamente.
—Sí puede.
Y sí lo es.
Ethan tomó su teléfono y abrió el contacto.
“Esposa”.
Después abrió el expediente digital que su secretario le había enviado tres años atrás.
Por primera vez amplió la fotografía del documento de matrimonio.
Una foto tamaño pasaporte.
Nunca la había observado con atención.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Era yo.
Retrocedió dos pasos.
Se dejó caer en el borde de la cama.
—Dios…
Durante tres años…
Su voz se quebró.
—¿Eras tú?
Sonreí con tristeza.
—Siempre fui yo.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Fue él quien lo rompió.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Lo miré fijamente.
—La primera noche ibas drogado.
Pensé que no era el momento.
La segunda vez…
quería saber si podías quererme sin la obligación de un contrato.
Bajó la cabeza.
No discutió.
Porque sabía que era una respuesta justa.
Después de varios minutos preguntó en voz muy baja:
—¿El dinero…
los quinientos mil yuanes…
también los recibiste tú?
No pude evitar reír.
—Sí.
Fuiste el primer hombre que le pagó a su propia esposa por pasar una noche con él.
Él se cubrió el rostro con ambas manos.
—No puedo creer que haya hecho eso.
—Yo tampoco.
Pero el banco sí.
De pronto comenzó a recordar.
El cilantro.
El abrigo.
Las llamadas.
Las cenas.
Las flores.
Los regalos.
Todo aquello que nunca había hecho por la esposa del contrato…
lo había hecho espontáneamente por la mujer que creía una desconocida.
Levantó la vista lentamente.
—Entonces…
la mujer de la que me enamoré…
siempre fue mi esposa.
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí.
Ethan caminó despacio hasta la ventana.
Permaneció varios minutos mirando las luces de la ciudad.
Cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía la seguridad habitual.
—¿Sabes cuál es la parte más terrible?
Negué con la cabeza.
—Pasé tres años convencido de que aquel matrimonio era una prisión.
Y en menos de dos meses…
me enamoré de la misma mujer sin reconocerla.
Sonrió con amargura.
—Resulta que el problema nunca fuiste tú.
Fui yo.
Sacó la carpeta del acuerdo matrimonial que seguía guardando en un cajón.
Era el contrato que había firmado antes de conocerme.
Lo abrió por la última página.
La cláusula del divorcio automático seguía allí.
Tomó un bolígrafo.
Lo rompió en dos.
Después rasgó el contrato lentamente.
—Ya no lo necesito.
Lo observé en silencio.
Durante años había imaginado ese momento.
Y, sin embargo, no sentía la alegría que esperaba.
Solo una enorme calma.
Me acerqué hasta él.
—Ethan…
Él levantó la vista.
—¿Sí?
—Hay algo que todavía no sabes.
Frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Saqué mi teléfono.
Abrí el historial de transferencias.
Busqué la primera operación.
500.000 yuanes.
Le mostré la pantalla.
—¿Recuerdas que dijiste que era una compensación por las molestias?
Asintió avergonzado.
Sonreí.
—Ese dinero nunca lo gasté.
Abrí otra aplicación.
Una cuenta bancaria.
Los quinientos mil yuanes seguían allí, intactos.
Con los intereses acumulados durante esos meses.
—Pensaba devolvértelos el día del divorcio.
Él negó lentamente.
—No.
Ya no son míos.
Me tomó la mano con una delicadeza completamente distinta a la del hombre que había conocido aquella noche en el hotel.
—Considéralos el regalo más caro que he hecho…
y el recordatorio más doloroso del tiempo que perdimos.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
Entonces sonó la puerta de la habitación.
El secretario de Ethan entró apresuradamente, sin imaginar lo que acababa de ocurrir.
—Señor Harrison…
Ya preparé toda la documentación para que firme hoy mismo el divorcio con su esposa.
Ethan sonrió por primera vez.
Miró al secretario.

Después me rodeó suavemente la cintura.
Y respondió con absoluta tranquilidad:
—Cancélelo.
Acabo de descubrir que llevo semanas intentando conquistar… a la única mujer de la que jamás debí divorciarme.