Emiliano dejó el informe sobre el escritorio.
No apartó la vista del nombre resaltado en rojo.
Octavio Luján.
Director de Operaciones de ElectraCentro.
El mismo hombre que, apenas dos horas después del accidente, había suspendido sin sueldo a la mujer que acababa de salvar la vida de su abuela.
Aquello no podía ser una coincidencia.
—Tráiganme todo lo que exista sobre él —ordenó con voz baja.
Su jefe de seguridad asintió.
—¿También los contratos con sus empresas?
—Todo.
Mientras tanto, Marina intentaba explicar la situación a su casera.
—Solo necesito unos días más.
La mujer suspiró.
—Marina, te conozco desde hace años, pero yo también tengo cuentas que pagar.
Marina bajó la cabeza.
—Lo entiendo.
Regresó al pequeño cuarto donde Camila hacía la tarea en una mesa de plástico.
La niña levantó la vista.
—¿Mami, ya te perdonaron en el trabajo?
Marina forzó una sonrisa.
—Todavía no, corazón.
Camila sacó una galleta partida en dos.
—Entonces come la mitad de la mía.
Marina sintió un nudo en la garganta.
A la mañana siguiente, Emiliano llegó personalmente al hospital.
Doña Teresa seguía recuperándose.
Al verlo entrar, tomó su mano con dificultad.
—La encontré…
Él se inclinó.
—¿A quién, abuela?
—A la mujer…
Respiró con esfuerzo.
—No dejes que la lastimen.
Emiliano asintió.
—No volverá a pasar.
Antes de salir, la anciana añadió algo más.
—El choque no fue para matarme solo a mí.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Teresa cerró los ojos unos segundos.
—Antes del accidente… encontré unos documentos.
—¿Qué documentos?
—Sobre la muerte de Tomás.
Emiliano sintió un escalofrío.
—¿El esposo de Marina?
Ella asintió lentamente.
—No fue un accidente.
Horas después, el equipo de investigación llegó con los primeros resultados.
—Señor Barragán.
Uno de los analistas colocó varias carpetas sobre la mesa.
—Encontramos transferencias entre una constructora llamada Grupo Altamira y una empresa de consultoría perteneciente al señor Octavio Luján.
Emiliano abrió los documentos.
Las fechas coincidían con la muerte de Tomás.
—¿Qué hacía Tomás en esa obra?
—Era supervisor de seguridad.
Emiliano siguió leyendo.
Había tres reportes firmados por Tomás denunciando andamios defectuosos.
Los tres fueron archivados.
Dos semanas después…
Tomás cayó desde el sexto piso.
El informe oficial hablaba de un accidente laboral.
Pero había algo más.
El analista sacó una fotografía.
—Esta imagen fue tomada el día anterior a la caída.
Emiliano la observó detenidamente.
En un extremo aparecía Tomás.
En el otro…
Octavio Luján.
Hablando con el director de la constructora.
Esa misma tarde, Marina recibió una notificación.
Su despido era definitivo.
Además, la empresa exigía una indemnización por “abandono de funciones y daños ocasionados durante la emergencia”.
Marina dejó caer la carta sobre la mesa.
No sabía qué hacer.
Entonces llamaron a la puerta.
Pensó que sería otro cobrador.
Al abrir, encontró a un hombre de traje oscuro.
—¿Señora Marina Salgado?
—Sí.
El hombre le entregó una tarjeta.
Emiliano Barragán.
—El señor Barragán desea hablar con usted.
Marina dio un paso atrás.
—No tengo nada que decirle a gente como él.
El hombre no insistió.
Solo dejó un sobre.
—Me pidió que le entregara esto primero.
Dentro había una copia del último reporte firmado por Tomás antes de morir.
Marina reconoció inmediatamente la letra de su esposo.
Al final del documento había una frase escrita a mano.
“Si algo me pasa, no fue un accidente.”
Las piernas le fallaron.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Cuando levantó la vista, el mensajero seguía allí.

—El señor Barragán cree que la persona que intentó matar a su abuela… también está relacionada con la muerte de su esposo.
Marina sintió que el mundo volvía a romperse.
Porque durante dos años había aprendido a vivir con el dolor de un accidente.
Y ahora acababa de descubrir que quizá llevaba dos años llorando un asesinato.