Daniel cerró la puerta lentamente.
—Ese niño no es mío.
Solté una risa amarga.
—¿También vas a decirme que Sofía recibió 1,6 millones por accidente?
—No.
Dejó las llaves sobre la mesa.
—El dinero sí salió de mis cuentas.
Aquello me desconcertó.
—Entonces explícate.
Daniel miró la fotografía del niño.
—Se llama Mateo. Su padre era mi hermano.
Me quedé inmóvil.
Daniel siempre me había dicho que era hijo único.
—¿Qué hermano?
—Alejandro. Murió hace cinco años.
Entonces comprendí algo.
Mateo tenía cuatro.
—¿Y Sofía?
Daniel bajó la cabeza.
—Estaba comprometida con él.
Sentí que las palabras perdían sentido.
Mi mejor amiga jamás había mencionado a Alejandro.
—¿Por qué ocultármelo?
—Porque Sofía me lo pidió.
En ese momento llamaron a la puerta.
Era ella.
Sofía entró con los ojos enrojecidos.
—Antes de odiarnos, mira todo el recibo.
Extendió las páginas sobre la mesa.
Entonces descubrí que había interpretado mal una cosa fundamental.
1.673.800 no era únicamente dinero gastado.
Incluía inversiones y una propiedad comprada mediante un fideicomiso para Mateo.
Aun así, aquello no explicaba las mentiras.
—¿Y los viajes? ¿El apartamento? ¿Tus gastos?
Sofía cerró los ojos.
—Daniel prometió a Alejandro que cuidaría de nosotros.
—¿Durante años y a escondidas de mí?
Ninguno respondió.
Aquello bastó.
Me quité el anillo de compromiso.
Daniel palideció.
—Laura, espera.
—El problema nunca fue ayudar a un niño.
Dejé el anillo sobre la mesa.
—El problema es que estabas construyendo una vida conmigo mientras mantenías otra parte de tu vida completamente escondida.
Recogí mi bolso.
Entonces Sofía dijo algo que me detuvo.
—Laura, hay otra razón por la que te advertí que no te casaras todavía.
Me volví.
Ella sacó una carpeta.
—Los cinco mil que Daniel te entrega cada mes no son su sueldo.
Daniel cerró los ojos.
—Sofía, no.
Ella continuó.
—Daniel vendió su empresa hace tres años.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Por cuánto?
Sofía colocó un documento delante de mí.
La cifra tenía demasiados ceros.
Miré a Daniel.
—Entonces ¿por qué mis padres llevan meses pagando nuestra boda y nuestra casa?
Él no respondió.
Pero Sofía sí.
—Porque el dinero que tus padres te están dando tampoco procede realmente de ellos.
El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué significa eso?
Sofía abrió la última página.
Allí aparecía el nombre de mi padre.
Y debajo, la firma de Daniel.
Fue entonces cuando comprendí que los 1,6 millones eran solamente la primera capa de una mentira mucho más grande.