Tres días después, Víctor asistió al funeral de Elena.
Vestía de negro, abrazaba a Renata y recibía condolencias con los ojos húmedos.
—Perdí a mi esposa y a mi hijo —repetía.
Pero cuando nadie miraba, sonreía.
Novecientos millones.
Solo tenía que esperar el pago.
Entonces apareció Adrián Cruz.
Víctor lo reconoció inmediatamente.
—Señor Cruz, agradezco que la aseguradora haya enviado personalmente a su presidente.
Adrián lo miró con frialdad.
—No vine por la aseguradora.
—¿Entonces?
—Vine por mi hija.
La sonrisa de Víctor desapareció.
—¿Su… hija?
Adrián dejó una fotografía de Sofía Montiel sobre la mesa.
—Elena es mi hija biológica.
Renata palideció.
Víctor intentó mantener la calma.
—Entonces lamento profundamente su pérdida.
—Todavía no.
Adrián hizo una señal.
Las puertas del salón se abrieron.
Entraron dos agentes.
Detrás de ellos apareció Elena.
En silla de ruedas.
Una manta cubría sus piernas y una mano protegía su vientre.
Pero estaba viva.
Víctor retrocedió como si hubiera visto un fantasma.
—No…
Renata dejó caer su bolso.
Elena lo miró directamente.
—¿Esperabas cobrar antes de enterrarme?
Víctor comenzó a tartamudear.
—Elena, puedo explicarlo. Fue un accidente…
—Te escuché hablar de los novecientos millones antes de marcharte.
Su rostro quedó blanco.
Adrián colocó otro documento frente a él.
—Y cometiste un segundo error. Presentaste la reclamación antes de que las autoridades confirmaran la muerte.
—Estaba desesperado.
—No —respondió Elena—. Estabas preparado.
La investigación había encontrado búsquedas sobre la póliza, mensajes con Renata y una reserva de vuelos para abandonar México después del cobro.
Renata reaccionó primero.
—¡Todo fue idea de Víctor!
Él giró furioso.
—¡Tú elegiste el lugar!
Y en segundos comenzaron a acusarse mutuamente.
Elena no necesitó decir nada más.
Cuando los agentes se llevaron a Víctor, él todavía gritaba su nombre.
—¡Elena! ¡Perdóname!
Ella simplemente acarició su vientre.
El bebé seguía vivo.
Eso era suficiente.
Pero Adrián permaneció serio.
—Hay algo que todavía no entiendo.
Le mostró la póliza.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué?
—Víctor creía que recibiría los novecientos millones.
—Sí.
—Pero nunca fue el beneficiario.
Elena levantó lentamente la mirada.
Adrián señaló el nombre registrado.
La póliza había sido modificada seis meses antes.
Y el beneficiario de los 900,000,000 era alguien que Elena conocía perfectamente.
Renata del Valle.

Elena quedó inmóvil.
Adrián cerró la carpeta.
—Víctor pensaba que estaba matándote para hacerse rico.
Miró hacia la puerta por donde acababan de llevarse a Renata.
—Pero parece que Renata también estaba preparando una traición.
Y quizá Víctor nunca debía vivir lo suficiente para disfrutar del dinero.