A la mañana siguiente llegué a la oficina convencida de que Adrián fingiría que nada había ocurrido.
Me equivoqué.
A las ocho y tres apareció frente a mi escritorio.
—Señorita Lin.
—Presidente Qin.
Silencio.
—Sobre anoche…
Levanté inmediatamente una mano.
—Tranquilo. Su secreto está a salvo conmigo.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Qué secreto?
—Que nuestro temible director general atraviesa media ciudad por una interpretación equivocada de un mensaje.
Adrián me sostuvo la mirada.
—El informe Zhou está mal.
Mi sonrisa desapareció.
—Eso es jugar sucio.
—Sala de reuniones. Diez minutos.
Y se marchó.
Pensé que aquello cerraría el tema.
Pero esa noche, a las 9:14, mi teléfono vibró.
Adrián Qin: ¿Estás ocupada?
Sonreí.
Yo: Muchísimo.
Adrián: Entiendo.
Dos minutos después:
Adrián: No es trabajo.
Me incorporé en el sofá.
Yo: Entonces, ¿qué quiere?
Esta vez tardó casi un minuto.
Adrián: Invitarte a cenar.
Me quedé mirando aquellas cuatro palabras.
Finalmente entendí algo bastante vergonzoso.
“¿Has cenado?”
“¿Llegaste a casa?”
“¿Qué haces?”
Nunca habían sido órdenes disfrazadas.
Adrián llevaba semanas intentando acercarse a mí.
Y yo llevaba semanas respondiéndole como una empleada aterrorizada ante una hoja de Excel.
Al día siguiente entré en su despacho.
Dejé unos documentos sobre la mesa.
—Presidente Qin.
—¿Sí?
—Acepto.
Levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—La cena.
Adrián guardó silencio.
Después cerró lentamente el portátil.
—¿Cuándo?
—Hoy.
—¿A qué hora?
—Ocho.
—¿Dónde?
Sonreí.
—Qué eficiente. ¿También preparará una presentación?
Por primera vez vi una pequeña sonrisa en su rostro.
—Si fuera necesario.
Aquella noche descubrí una versión completamente distinta de Adrián.
No habló de contratos.
No revisó el teléfono cada treinta segundos.
Y cuando le pregunté directamente desde cuándo estaba interesado en mí, respondió:
—Desde antes de empezar a escribirte.
—¿Y por qué nunca dijiste nada?
—Porque soy tu superior.
Eso borró mi sonrisa.
Adrián continuó:
—Precisamente por eso no quería presionarte. Si alguna vez ocurre algo entre nosotros, quiero que puedas decir que no sin preocuparte por tu trabajo.
Por primera vez, su prudencia tuvo sentido.
Durante las semanas siguientes no ocurrió ninguna historia escandalosa.
No hubo romance secreto en el despacho.
No hubo privilegios.
Al contrario.
Solicité mi traslado a otro departamento.
Cuando Recursos Humanos lo aprobó y Adrián dejó de ser mi superior directo, él apareció junto a mi escritorio con dos cafés.
—Señorita Lin.
—Ya no soy su asistente, presidente Qin.
—Lo sé.
Me entregó uno.
—Por eso puedo preguntarlo correctamente esta vez.
Lo miré.
—¿Estás ocupada esta noche?
Sonreí.
—Depende.
Adrián pareció desconfiar inmediatamente.
—¿De qué?
Cogí mi bolso.
—De si piensa traer trabajo.
—No.
—¿Portátil?
—No.
—¿Contratos?
—Tampoco.
Asentí.
—Entonces estoy libre.
Esa noche, cuando llegué a casa, recibí otro mensaje suyo:
“¿Ya estás dormida?”
Me reí durante casi un minuto.
Después contesté:
“Todavía no.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Entendido. Esta vez esperaré una invitación explícita.”

Y así fue como descubrí que el hombre más rígido de toda la empresa había aprendido una lección que probablemente jamás aparecería en ningún manual corporativo:
Nunca interpretar libremente un mensaje de tu asistente.
Especialmente si contiene las palabras:
“Ya estoy dormida.”