Daniel tampoco llegó al día siguiente.
A las once de la mañana me escribió:
“Clara, surgió otra emergencia. Voy mañana sin falta.”
Miré el mensaje frente a la tumba de mamá.
Después apagué el teléfono.
—Mamá —susurré—, ya no tienes que esperarlo.
Quemé sola todo el dinero funerario de papel que había comprado. También llevé su bufanda favorita y las fotografías que conservaba de cuando Daniel y yo éramos adolescentes.
En una aparecíamos los tres.
Mamá estaba en medio, sonriendo.
Daniel tenía un brazo alrededor de mis hombros.
En aquella época éramos pobres, jóvenes y felices.
O quizá solo yo recordaba la felicidad.
Tres días después regresé a la ciudad.
Daniel estaba esperándome en casa.
—¿Por qué apagaste el teléfono?
No contesté.
Saqué de mi maleta un documento y lo puse sobre la mesa.
Solicitud de divorcio.
Daniel lo miró.
Después se rio.
—¿Todo esto porque no pude ir a visitar a tu madre?
—No.
—¿Entonces por los preservativos?
Negué.
—Tampoco.
Su expresión comenzó a cambiar.
—Clara, ¿qué demonios te pasa?
Lo miré.
—Mi madre murió hace cuarenta y siete días.
Daniel dejó de respirar.
Literalmente.
Durante varios segundos no se movió.
—¿Qué…?
—Te llamé nueve veces aquella semana.
Saqué mi teléfono.
Le mostré el historial.
—El último día te llamé cuatro veces.
Daniel retrocedió.
—Yo estaba…
—Con Chloe.
Su rostro palideció.
Había acertado.
—Mamá preguntó por ti antes de morir —continué—. Dijo que seguramente estabas demasiado ocupado.
Daniel se dejó caer en una silla.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Me reí suavemente.
—Lo intenté.
Abrí nuestra conversación.
Allí estaban mis mensajes.
“Daniel, mamá está muy grave.”
“Necesito que vengas.”
“Por favor, contéstame.”
Y finalmente:
“Mamá se fue.”
Daniel tomó su teléfono frenéticamente.
Buscó.
Entonces comprendió.
Mi número había estado silenciado durante aquella semana.
—Chloe me dijo que estabas haciendo otra escena y…
Se detuvo.
Yo lo miré.
—¿Chloe manejaba tu teléfono?
No respondió.
Eso bastó.
Entonces sonó su móvil.
CHLOE.
Daniel rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
A la tercera apareció un mensaje.
Lo vi porque el teléfono estaba sobre la mesa.
“¿Ya le explicaste lo nuestro?”
Daniel intentó tomarlo.
Fui más rápida.
—Clara…
Abrí el mensaje.
Debajo había una fotografía.
Chloe sonriendo frente a una clínica.
En su mano sostenía una ecografía.
Y el texto decía:
“Ya no podemos seguir escondiendo al bebé.”
Sentí algo inesperado.
No dolor.
Alivio.
Dejé el teléfono frente a Daniel.
—Ahora entiendo los preservativos.
—Clara, puedo explicarlo.
—No hace falta.
Empujé los papeles hacia él.
—Firma.
Daniel levantó la vista con los ojos enrojecidos.
—No quiero divorciarme.
—Yo sí.
—Dame otra oportunidad.
Negué lentamente.
—Tu última oportunidad no era conmigo.
Señalé la fotografía de mamá que había colocado sobre la mesa.
—Era con la mujer que te alimentó cuando no tenías familia, que te trató como a un hijo y que murió esperando verte.
Daniel comenzó a llorar.
Pero esta vez sus lágrimas llegaron igual que él.
Demasiado tarde.
Tomé mi maleta.
Y antes de cerrar la puerta dije:
—Mamá murió creyendo que seguías siendo aquel muchacho bueno que entraba hambriento en nuestra casa.
Lo miré por última vez.
—No pienso destruir ese recuerdo contándole en su tumba en quién te convertiste.

Y me fui.
Por primera vez en muchos años, no esperé que Daniel viniera detrás de mí.