El teléfono seguía vibrando en la mano de Adrián.
ENTREGUE LA MEMORIA ANTES DEL AMANECER O LA PRÓXIMA FOTO SERÁ DE SU CADÁVER.
Durante varios segundos no respondió.
No porque tuviera miedo.
Porque estaba calculando.
La fotografía había sido tomada desde el interior del hospital apenas unos segundos antes. El ángulo revelaba que quien la tomó se encontraba en el pasillo frente a la habitación de Valeria, no más de quince metros de distancia.
Alzó la vista lentamente hacia las ventanas del cuarto.
Ninguna cortina se había movido.
Ningún guardia parecía alterado.
Todo seguía exactamente igual.
Y eso era lo más peligroso.
Cuando una amenaza podía entrar en un hospital privado sin levantar sospechas, significaba que alguien desde dentro estaba colaborando.
Marcó otro número.
—Robles.
—Cierren todas las salidas del Hospital San Miguel sin que nadie lo note.
—¿Confirmado?
—Tenemos infiltrados.
No hubo preguntas.
—Tres minutos.
Adrián regresó al ascensor.
Mientras subía, observó el reflejo de su rostro en el acero inoxidable.
Diecinueve años atrás aquel hombre habría irrumpido armado.
Ahora caminaba despacio.
La diferencia no era la edad.
Era Valeria.
No podía arriesgarla.
Al abrirse las puertas encontró a dos enfermeros empujando una camilla vacía.
Uno de ellos evitó mirarlo.
Demasiado rápido.
El coronel enterrado dentro de Adrián despertó al instante.
Sin decir una palabra siguió caminando detrás de ellos.
Los hombres doblaron hacia un corredor de servicio donde normalmente no circulaban pacientes.
Uno sacó discretamente un teléfono.
—Está regresando…
No terminó la frase.
Adrián le sujetó la muñeca.
El aparato cayó al suelo.
En la pantalla seguía abierta la fotografía de Valeria.
La misma fotografía que acababa de recibir.
El enfermero palideció.
—Yo… yo no…
Adrián lo empujó contra la pared.
—¿Quién te contrató?
—No sé nombres.
—Mientes.
—Solo recibía instrucciones.
—¿De quién?
El hombre respiraba con desesperación.
—Por Telegram… solo mensajes… me pagaban por avisar cada movimiento de la muchacha…
Adrián le quitó el gafete.
No pertenecía al hospital.
Era falso.
Antes de poder seguir interrogándolo, el segundo enfermero sacó una pequeña pistola con silenciador escondida bajo la bata.
Disparó.
El sonido fue apenas un chasquido.
Adrián giró el cuerpo del primer hombre.
La bala impactó en su hombro.
El falso enfermero cayó gritando.
El atacante volvió a disparar.
Pero Adrián ya no estaba donde él apuntaba.
Dos pasos.
Un golpe en la muñeca.
El arma resbaló por el suelo.
El codo del coronel golpeó la garganta del agresor.
Después otro impacto seco en las costillas.
El hombre cayó de rodillas intentando respirar.
Todo ocurrió en menos de cuatro segundos.
Cuando llegaron los guardias de seguridad solo encontraron a Adrián sosteniendo al atacante contra el piso.
—Llamen a la policía.
El agresor comenzó a reír.
Una risa extraña.
Descontrolada.
—Ya es demasiado tarde…
Entonces mordió algo escondido entre los dientes.
Espuma blanca apareció en su boca.
Convulsionó apenas unos segundos antes de quedar inmóvil.
Uno de los médicos intentó reanimarlo.
Fue inútil.
Había ingerido una cápsula de cianuro.
Los guardias se miraron confundidos.
Aquello ya no parecía una agresión universitaria.
Parecía una operación profesional.
A las tres cuarenta de la madrugada, el comandante Robles llegó al hospital vestido como un simple abogado.
Tenía el cabello completamente blanco.
Pero caminaba con la misma precisión militar de siempre.
Al entrar en la habitación observó a Valeria.
Después miró a Adrián.
—Hace diecinueve años juraste que nunca volverías.
—También juré proteger a mi hija.
Robles asintió lentamente.
—Traje algo.
Colocó una tableta sobre la mesa.
En la pantalla aparecieron fotografías de Sebastián Montalvo, Rodrigo Barragán e Iker Villaseñor.
No estaban escondidos.
Celebraban.
Habían reservado un salón privado en un club exclusivo de Zapopan.
Había botellas abiertas.
Música.
Risas.
Y fotografías publicadas por sus propios amigos apenas una hora antes.
Sebastián levantaba una copa mientras sonreía.
En otra imagen podía verse claramente un hematoma sobre sus nudillos.
Robles amplió la fotografía.
—Las lesiones coinciden con alguien que golpeó repetidamente una superficie dura.
—¿La policía ya tiene esto?
Robles soltó una sonrisa amarga.
—La policía eliminó estas imágenes hace veinte minutos.
—¿Cómo las recuperaste?
—Nunca aprendieron que nosotros también sabemos borrar rastros… y recuperarlos.
Otra ventana apareció en la pantalla.
Transferencias bancarias.
Casi doce millones de pesos distribuidos durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Destinatarios.
Personal de seguridad del campus.
Dos técnicos encargados del sistema de cámaras.
Un comandante de tránsito.
Un funcionario de la fiscalía estatal.
Y el investigador universitario Ramiro Casas.
Adrián permaneció en silencio.
No era corrupción aislada.
Era una red completa.
Entonces apareció un último nombre.
Doctor Ernesto Valdés.
Director del Hospital San Miguel.
Adrián levantó lentamente la vista.
—¿El director del hospital?
Robles asintió.
—Recibió cinco millones hace dieciséis horas.
En ese mismo instante la puerta se abrió.
Entró el director acompañado por dos médicos.
Sonreía con absoluta tranquilidad.
—Señor Salgado, tenemos que trasladar a su hija para realizar unos estudios urgentes.
Adrián no respondió.
Simplemente observó el expediente que el hombre llevaba en la mano.
La carpeta estaba vacía.
Ni una sola hoja.
No existían estudios programados.
El director notó que Adrián había descubierto el detalle.
Durante un segundo ambos hombres se quedaron inmóviles.
Uno fingiendo ser médico.
El otro dejando de fingir que era únicamente un padre.
—¿Dónde piensa llevarla? —preguntó Adrián.
—A radiología.
Robles consultó discretamente la tableta.
—Radiología está cerrada desde las diez de la noche.
El director dejó de sonreír.
Los dos médicos que lo acompañaban dieron un paso al frente al mismo tiempo.
Demasiado sincronizados para ser médicos.

Demasiado tensos para ser simples empleados.
Adrián comprendió inmediatamente la verdad.
No habían venido a revisar a Valeria.
Habían venido a sacarla del hospital.
Viva… o muerta.