PARTE 2: EL MECANISMO QUE ALGUIEN PREPARÓ

Mariana sintió que la respiración se detenía por un instante.

—¿Qué encontraron?

La agente respondió con cautela.

—Un dispositivo de activación.

No podemos determinar todavía quién lo colocó ni con qué intención.

Necesitamos que los peritos concluyan el análisis.


Dos horas después, Renata seguía en observación.

El oftalmólogo salió finalmente de la sala.

—Las córneas presentan lesiones superficiales compatibles con una exposición química.

Por ahora responde al tratamiento.

Necesitaremos vigilar su evolución durante los próximos días para conocer el alcance definitivo.

Mariana sintió cómo parte del peso abandonaba su pecho.

Su hija seguía viendo sombras.

Era poco.

Pero era esperanza.


Mientras tanto, en la casa, personal de criminalística fotografiaba cada detalle.

La caja plateada.

El papel de regalo.

La etiqueta escrita a mano.

Los restos del mecanismo.

Todo quedó embalado por separado.

Uno de los peritos llamó a la agente.

—Mire esto.

Debajo de la bandeja donde estaban los juguetes apareció una pequeña cápsula plástica conectada a un resorte.

Al levantar la tapa, el mecanismo comprimía la cápsula hasta romperla.

No parecía un defecto de fabricación.

Había sido instalado después.


La agente tomó nota.

—¿Podemos saber ya qué sustancia contenía?

El perito negó con prudencia.

—Todavía no.

Solo sabemos que será analizada en laboratorio.

No adelantaremos conclusiones.


Esa tarde citaron a Daniel para ampliar su declaración.

—¿Cuándo recibió exactamente la caja?

—Hace cuatro días.

Mi padre dijo que no la abriera.

Que era una sorpresa para Renata.

—¿La manipuló después?

—No.

La dejé en la cajuela del coche.

Anoche simplemente la puse debajo del árbol.


Los investigadores solicitaron voluntariamente el acceso a las cámaras exteriores del fraccionamiento.

No todas funcionaban.

Pero una vivienda frente a la casa conservaba imágenes de la noche anterior.

En ellas se observaba a Daniel entrando con la caja a las 9:18 p. m.

Hasta ese momento, su declaración coincidía.

Sin embargo, las grabaciones mostraban algo más.

A las 10:07 p. m., mientras Daniel y Mariana ya estaban dentro de la casa, otra persona se acercó al porche.

Permaneció menos de treinta segundos.

Después se marchó.

El rostro no podía distinguirse con claridad.

Llevaba gorra y cubrebocas.


La agente mostró el video a Mariana.

—¿Reconoce a alguien por la forma de caminar?

Ella negó lentamente.

—No puedo asegurarlo.


Cuando Rogelio fue localizado, aceptó declarar acompañado de su abogado.

Reconoció haber entregado el regalo.

Negó conocer cualquier mecanismo oculto.

—Compré esa caja hace semanas.

Solo quería regalarle un juego.

No lastimaría a mi nieta.

La investigación tendría que comprobar si esa afirmación era cierta.


Al anochecer, el laboratorio envió un primer informe preliminar.

La sustancia recuperada en la cápsula era compatible con un compuesto irritante de uso industrial.

No era un componente habitual de juguetes infantiles.

Su origen exacto aún debía determinarse.


La agente regresó al hospital con una nueva carpeta.

—Hay otra novedad.

Encontramos algo extraño en la etiqueta del regalo.

No fue escrita con el mismo marcador que las demás tarjetas navideñas.

Y las huellas encontradas sobre la caja pertenecen a varias personas.

Además de Daniel y del personal que intervino después del incidente, aparece una tercera huella que todavía no hemos identificado.

Mariana levantó la vista.

—¿Entonces alguien manipuló el regalo después?

La agente cerró la carpeta.

—Todavía no podemos afirmarlo.

Pero sí sabemos una cosa.

La caja salió de manos de Rogelio varios días antes de Navidad.

Y existe un intervalo de tiempo en el que otra persona pudo haber tenido acceso a ella.

La investigación acababa de dejar de centrarse únicamente en el abuelo.

Ahora debían averiguar quién más había tenido la oportunidad de convertir aquel regalo en una trampa.

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