PARTE 2 — TRES DÍAS PARA PERDERME

Lu Chengyan tardó nueve horas en recordar que aquel día era nuestro aniversario.

Para entonces, yo ya estaba en Milán.

Cuando salió del apartamento de Lin Yiyi, eran casi las once de la noche.

Ella ya no tenía fiebre.

Estaba sentada en el sofá, envuelta en una manta, sosteniendo una taza de té.

—Chengyan, quédate esta noche.

Él miró el reloj.

De repente recordó algo.

—Wanqing.

Lin Yiyi bajó la mirada.

—¿Sigues preocupado por ella?

Lu Chengyan sacó el teléfono.

Tenía doce llamadas perdidas.

Ninguna era mía.

Frunció el ceño.

Normalmente, cuando discutíamos, yo siempre terminaba llamándolo.

A veces una vez.

A veces diez.

Pero aquella noche no había absolutamente nada.

Abrió nuestra conversación.

Su último mensaje era de la noche anterior:

“He puesto los pasaportes en tu maleta. No llegues tarde mañana.”

Lu Chengyan llamó.

Mi teléfono estaba apagado.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Por alguna razón, sintió una incomodidad inexplicable.

—Tengo que volver —dijo.

Lin Yiyi dejó la taza.

—¿Por ella?

Lu Chengyan no respondió.


Llegó a casa cerca de medianoche.

La primera cosa que notó fue el silencio.

La segunda fue mi ausencia.

Abrió el armario.

Mi mitad estaba vacía.

Los vestidos.

Los zapatos.

Las cajas donde guardaba mis fotografías.

Todo había desaparecido.

—¡Su Wanqing!

Nadie respondió.

Entonces vio un sobre sobre la mesa.

Lo abrió.

ACUERDO DE DIVORCIO.

Debajo había una nota.

“Tienes tres días.”

Lu Chengyan leyó aquella frase dos veces.

Después llamó inmediatamente a su abogado.

—Averigua dónde está mi esposa.

—Señor Lu…

—Ahora.

El abogado guardó silencio unos segundos.

—La señora Su salió del país esta tarde.

—¿Adónde?

—Milán.

Lu Chengyan apretó el teléfono.

—¿Por qué?

La respuesta fue sencilla.

—La familia Su inaugura allí su nueva sede europea la próxima semana.

Por primera vez en tres años, Lu Chengyan recordó quién había sido yo antes de convertirme en su esposa.

La única hija de Su Zhenghai.

La heredera que había estudiado finanzas en Londres.

La mujer que había dirigido proyectos internacionales antes de abandonar casi todo para casarse con él.

Durante tres años, Lu Chengyan se había acostumbrado tanto a verme esperándolo en casa que había olvidado que yo tenía una vida antes de él.

Una vida enorme.

Y ahora estaba regresando a ella.


A la mañana siguiente llamó mi padre.

No a mí.

A Lu Chengyan.

—Tienes setenta y dos horas.

La voz del señor Su era fría.

—Firma el divorcio.

Lu Chengyan respondió:

—Quiero hablar con Wanqing.

—Mi hija ya habló contigo durante tres años.

Silencio.

—Fuiste tú quien nunca escuchó.

La llamada terminó.

Esa misma tarde, Lu Chengyan descubrió algo peor.

Tres de los proyectos más importantes de Lu Corporation dependían de contratos vinculados a Su Corporation.

No porque mi padre hubiera favorecido a su yerno.

Sino porque yo había defendido personalmente aquellas colaboraciones años atrás.

Ahora ya no estaba allí para hacerlo.

En una reunión extraordinaria, uno de los directivos preguntó:

—Presidente Lu, ¿es cierto que se está divorciando de la señorita Su?

Lu Chengyan levantó la mirada.

Nadie se atrevió a continuar.

Pero comprendió perfectamente la pregunta escondida.

Durante años había creído que yo necesitaba su apellido.

Ahora descubría cuánto había protegido mi apellido al suyo.


El segundo día, Lin Yiyi apareció en su oficina.

—Chengyan, escuché lo del divorcio.

Él siguió leyendo documentos.

—¿Quién te lo dijo?

—La gente habla.

Ella se acercó.

—Quizá sea mejor así.

La mano de Lu Chengyan se detuvo.

—¿Mejor?

Lin Yiyi sonrió suavemente.

—Nunca pareciste feliz con ella.

Por primera vez, aquellas palabras no despertaron ternura en él.

Solo incomodidad.

—¿Cuándo dije que no era feliz?

La sonrisa de Lin Yiyi desapareció.

—Siempre venías cuando te necesitaba.

—Eso no responde mi pregunta.

Ella guardó silencio.

Lu Chengyan pensó en el aeropuerto.

En mi pregunta.

“¿Porque puedo cuidar de mí misma significa que merezco ser abandonada?”

Entonces comprendió algo que nunca había querido admitir.

Lin Yiyi siempre lo necesitaba.

Yo siempre lo elegía.

Y él había confundido sentirse necesario con sentirse amado.

—Vete, Yiyi.

—Chengyan…

—Quiero estar solo.


El tercer día, faltaban cuarenta minutos para que terminara el plazo cuando recibí una videollamada.

Era él.

Contesté.

Lu Chengyan apareció en pantalla con el acuerdo delante.

—Wanqing.

Yo estaba en una terraza de Milán.

Llevaba un traje blanco y tenía una reunión en veinte minutos.

—¿Has firmado?

Su expresión cambió.

—¿Eso es lo único que quieres preguntarme?

—Sí.

—¿Ni siquiera quieres saber por qué regresé con Yiyi?

—Tenía fiebre.

—Wanqing…

—Tú mismo me lo dijiste.

Se quedó callado.

Después preguntó:

—¿Y si no firmo?

Lo miré.

—Mañana a las nueve, Su Corporation anunciará la revisión de todos los contratos con Lu Corporation.

—¿Me estás amenazando?

—No.

Sonreí ligeramente.

—Estoy dejando de protegerte.

Aquella frase lo silenció.

Lu Chengyan bajó la mirada hacia los papeles.

—¿Me amaste alguna vez?

Esta vez sí me sorprendió.

—Tanto que casi olvidé quién era.

—Entonces dame otra oportunidad.

Negué con la cabeza.

—Te di tres años.

—Puedo cambiar.

—Quizá.

Hice una pausa.

—Pero ya no necesito quedarme para comprobarlo.

Lu Chengyan permaneció inmóvil.

Finalmente tomó el bolígrafo.

Firmó.

Una página.

Después otra.

Cuando terminó, dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Ya está.

—Gracias.

—Wanqing.

—¿Sí?

Su voz se volvió baja.

—Si aquel día no hubiera dejado el aeropuerto…

Lo interrumpí.

—Pero lo hiciste.

No había rabia en mi voz.

Eso pareció dolerle todavía más.

—Adiós, Lu Chengyan.

Terminé la llamada.


Seis meses después regresé a China.

No como la señora Lu.

Sino como Su Wanqing.

Vicepresidenta de Su Corporation.

La noche de mi regreso asistí a una gala empresarial.

Cuando entré en el salón, decenas de personas se acercaron a saludarme.

Entonces lo vi.

Lu Chengyan estaba al otro extremo.

Solo.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Después él caminó hacia mí.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Seis meses.

—Te ves bien.

—Lo estoy.

Miró mi mano.

Ya no llevaba nuestro anillo.

—Encontré tu anillo en el aeropuerto.

Aquello sí me sorprendió.

—Volví a buscarlo al día siguiente.

Sacó una pequeña caja del bolsillo.

—Lo guardé.

No extendí la mano.

—Puedes quedártelo.

Su expresión se endureció ligeramente.

—¿No significa nada para ti?

—Significó tres años de mi vida.

Lo miré con calma.

—Precisamente por eso no necesito convertirlo en el resto de mi vida.

Detrás de nosotros alguien pronunció mi nombre.

Mi padre me esperaba para presentarme a unos socios europeos.

Me giré.

—Wanqing.

La voz de Lu Chengyan me detuvo.

—¿Alguna vez podremos volver a empezar?

Pensé en aquella pregunta.

Después sonreí.

—Tú sí puedes empezar de nuevo.

Sus ojos se iluminaron por un instante.

Hasta que terminé:

—Pero no conmigo.

Me marché.

No miré atrás.


Más tarde supe que Lin Yiyi había intentado acercarse nuevamente a él.

Lu Chengyan no regresó con ella.

También supe que había cambiado.

Cumplía sus promesas.

Ya no abandonaba reuniones por una llamada suya.

Incluso empezó a reconocer públicamente el apoyo que Su Corporation había prestado a su empresa durante años.

Me alegré por él.

Pero nunca confundí su crecimiento con una deuda que yo tuviera que recompensar.

Porque algunas personas solo aprenden a valorar algo después de perderlo.

Y algunas mujeres pasan demasiado tiempo esperando ese aprendizaje.

Yo ya no.

El día de nuestro tercer aniversario, Lu Chengyan pensó que estaba abandonando a su esposa durante unas horas.

Lo que no comprendió fue que me estaba devolviendo algo que yo había entregado voluntariamente tres años atrás.

Mi orgullo.

Mi apellido.

Mi carrera.

Mi libertad.

Y, sobre todo, la versión de mí misma que existía antes de empezar a esperar que un hombre me eligiera.

Él salió del aeropuerto sin mirar atrás.

Yo también.

La diferencia fue que Lu Chengyan regresó.

Yo no.

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