El comandante Salazar no me llevó a un hotel.
Me llevó al alojamiento oficial de Protección Civil.
—Aquí nadie puede entrar sin autorización —dijo mientras un elemento recibía mi equipaje.
Camila se quedó dormida apenas apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Yo no pude dormir.
A las seis de la mañana sonó mi teléfono.
Era Lucía, la asistente administrativa de la empresa donde Alejandro era director financiero.
Habló tan bajo que apenas podía escucharla.
—Valeria… no puedo llamar mucho tiempo.
—¿Qué ocurre?
—Anoche escuché a tu suegra y a Alejandro.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué dijeron?
—Que tenían que sacarte de la casa antes del lunes.
Mi respiración se detuvo.
—¿Por qué?
Hubo unos segundos de silencio.
—Porque el lunes empiezan una auditoría.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
—Muchísimo.
—Los poderes de representación de la empresa siguen registrados a nombre de ambos desde que firmaste como socia hace tres años.
Recordé aquel día.
Alejandro insistió en incluirme como accionista minoritaria porque “era una formalidad bancaria”.
Nunca volví a pensar en ello.
Lucía continuó.
—Si seguías viviendo en la casa y descubrías la auditoría, podías revisar los movimientos financieros.
—Necesitaban que parecieras una esposa infiel antes de que aparecieran las cuentas.
Sentí un vacío en el estómago.
No era Camila.
Nunca había sido Camila.
Todo empezó por el dinero.
Colgué y abrí la computadora portátil que había dejado en casa meses antes.
Alejandro nunca imaginó que seguía sincronizada con la nube familiar.
El sistema inició sesión automáticamente.
Un mensaje apareció en la pantalla.
No estaba dirigido a mí.
Era un chat entre Alejandro y su madre.
Elena Duarte:
“El lunes el auditor revisará las transferencias.”
Alejandro:
“Primero saco a Valeria de la casa.”
“Con el ADN nadie creerá lo que diga.”
Elena:
“Después del divorcio firmará cualquier cosa por la niña.”
Alejandro:
“Cuando termine la auditoría ya no tendrá acceso a los documentos.”
Las manos comenzaron a temblarme.
Seguí leyendo.
Había otro mensaje enviado apenas una hora antes de que yo aterrizara en Guadalajara.
“Recuerda destruir el contrato viejo. Si encuentra la copia, sabrá que las empresas fantasma están a nombre de mamá.”
Cerré los ojos.
El comandante Salazar entró justo en ese momento.
Vio mi expresión.
—¿Qué pasó?
Giré la computadora hacia él.
Leyó la conversación completa.
No dijo una sola palabra hasta terminar.
Después sacó su teléfono.
—Necesito que hagas exactamente lo que te diga.
—¿Qué van a hacer?
—Primero guardar una copia certificada de todo esto.
—Después avisaremos a tu abogado.
—Y, por último…
Levantó la vista.
—Vamos a impedir que destruyan las pruebas antes del lunes.
Mi teléfono volvió a sonar.
Era Alejandro.
Contesté.
Su voz era completamente distinta a la de la noche anterior.
Más tranquila.
Más amable.
—Valeria… estuve pensando.
—Tal vez exageramos.
—Podemos repetir la prueba de ADN.
—Volvamos a casa y hablemos como una familia.
Miré nuevamente el chat abierto en la pantalla.
Sonreí por primera vez desde que salí de aquella casa.
—Claro, Alejandro.
—Hablemos el lunes.
—Justo después de que empiece la auditoría.

Al otro lado de la línea no respondió nadie.
Solo escuché una respiración agitada.
Y comprendí que acababa de descubrir que el verdadero problema nunca había sido demostrar si Camila era su hija.
El verdadero problema era que yo ya sabía exactamente qué intentaban esconder antes de que llegara el lunes.