PARTE 2: EL LATIDO IMPOSIBLE

Valeria empujó la puerta de la sala.

—¡Esperen!

Todos voltearon.

Una enfermera frunció el ceño.

—Señorita, no puede estar aquí.

Valeria señaló la camilla.

—La sábana se movió.

El neonatólogo la miró con cansancio.

—Ya terminamos la reanimación.

—No. Yo lo vi.

Alejandro levantó la cabeza.

—¿Qué viste?

—Un movimiento.

La enfermera negó.

—Pudo ser un reflejo.

Valeria dio un paso más.

—Entonces revísenlo otra vez.

El médico permaneció inmóvil unos segundos.

Mariana apenas podía respirar.

—Por favor —susurró—. Revísenlo.

Alejandro se acercó a la camilla y retiró la sábana con manos temblorosas.

El rostro de Emiliano estaba inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Entonces Valeria lo vio.

Un pequeño movimiento en los labios.

—¡Ahí!

El neonatólogo reaccionó de inmediato.

Puso dos dedos sobre el pecho del bebé.

Nada.

Cambió de posición.

Esperó.

Y de pronto su rostro cambió.

—Monitor. Ahora.

Las enfermeras corrieron.

Los electrodos volvieron al diminuto cuerpo.

La pantalla permaneció plana durante un segundo.

Luego apareció una señal débil.

Una.

Otra.

Otra más.

Alejandro retrocedió.

—¿Está vivo?

El médico no respondió.

—¡Está vivo! —gritó Valeria.

La sala explotó en movimiento.

Oxígeno.

Medicamentos.

Órdenes.

Mariana empezó a llorar.

No eran lágrimas de dolor.

Eran de terror mezclado con esperanza.

Minutos después, Emiliano fue trasladado a cuidados intensivos neonatales.

El neonatólogo salió con el rostro serio.

—Tiene actividad cardiaca. Es muy débil, pero está vivo.

Alejandro se cubrió la cara.

Mariana soltó un sollozo.

—Mi hijo…

Pero la siguiente frase del médico congeló la habitación.

—Necesitamos entender por qué fue declarado muerto cuando todavía tenía signos vitales.

Alejandro levantó la cabeza.

—¿Está diciendo que alguien cometió un error?

El doctor dudó.

—Estoy diciendo que vamos a revisar todo.

Valeria seguía junto a la puerta.

Nadie le prestaba atención.

Hasta que recordó algo más.

Antes de entrar en aquella sala, había visto a una enfermera salir apresuradamente con una jeringa vacía en la mano.

Una enfermera que ahora ya no estaba.

Horas después, Valeria pidió revisar las cámaras del pasillo.

Seguridad se negó.

—No tienes autorización.

—Entonces llamen al director.

—Vete a trabajar.

Valeria miró al hombre.

—Un bebé casi termina en la morgue estando vivo.

Eso cambió todo.

Alejandro apareció detrás de ella.

—Enséñeme esas cámaras.

Quince minutos después, los tres estaban frente a un monitor.

La grabación mostraba claramente el momento posterior al parto.

Personal entrando.

Personal saliendo.

Y entonces apareció aquella enfermera.

Entró a la sala con una jeringa.

Salió menos de un minuto después.

Alejandro señaló la pantalla.

—¿Quién es?

El guardia buscó el registro.

Su expresión cambió.

—No debería estar aquí.

—¿Qué significa eso?

—Esa mujer fue despedida hace seis meses.

Silencio.

Valeria sintió un escalofrío.

—Entonces ¿cómo entró?

El guardia revisó otro archivo.

—Usó una tarjeta de acceso activa.

—¿De quién?

El hombre tragó saliva.

—De Beatriz Luján.

Alejandro quedó paralizado.

—Mi madre.

Mariana, que había sido llevada en silla de ruedas hasta la oficina, cerró los ojos.

—No…

Alejandro negó.

—Mi madre puede ser cruel, pero no haría algo así.

Entonces el teléfono de Valeria vibró.

Un mensaje desconocido.

Solo tenía una fotografía.

Era Beatriz hablando con la falsa enfermera en el estacionamiento del hospital.

La imagen tenía fecha de esa misma mañana.

Debajo había una frase:

“Pregunten qué había dentro de la jeringa.”

Alejandro dejó de respirar.

Y por primera vez entendió que su hijo quizá no había dejado de respirar por accidente.

Alguien había intentado asegurarse de que Emiliano no saliera vivo del hospital.

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