Mariana no durmió.
A las cinco de la mañana seguía sentada frente a la ventana del hotel, con el oso de peluche de Sofía sobre las piernas.
No dejaba de pensar en una sola frase.
“Ella volverá a lastimarme.”
No era la forma de hablar de una niña de cuatro años.
Era una frase aprendida.
Repetida.
Ensayada.
A las siete en punto sonó su teléfono.
Era la trabajadora social asignada al caso.
—Señora Salgado, la valoración médica de Sofía ya terminó.
Mariana contuvo la respiración.
—¿Está bien?
Hubo un breve silencio.
—Físicamente sí… pero encontramos algo que debe ver.
Una hora después llegó al Centro de Protección Infantil.
La psicóloga infantil la esperaba con una carpeta amarilla.
—Antes de entregarle esto, necesito hacerle una pregunta.
—Dígame.
—¿Su hija suele dibujar?
Mariana asintió.
—Desde muy pequeña.
La psicóloga abrió la carpeta.
Sacó tres hojas.
Eran dibujos hechos con crayones.
En el primero aparecía una casa.
En el segundo, una niña encerrada en una habitación.
En el tercero…
Mariana sintió un nudo en la garganta.
Una mujer de cabello largo intentaba abrir una puerta mientras un hombre y otra mujer permanecían del otro lado.
Sobre ellos, Sofía había escrito con letras torcidas:
“No dejan entrar a mamá.”
Las manos de Mariana empezaron a temblar.
—¿Ella hizo esto hoy?
—Sí.
La psicóloga respiró hondo.
—También dijo algo más durante la entrevista.
Mariana levantó la vista.
—¿Qué dijo?
La especialista leyó sus notas.
—”Papá dice que si quiero vivir con mamá… la tía Paola se va a morir.”
El mundo pareció detenerse.
Eso no era manipulación espontánea.
Era presión psicológica.
Y sobre una niña de cuatro años.
En ese momento entró un investigador de la Procuraduría.
Llevaba otra carpeta.
—Acaba de llegar el análisis preliminar de los mensajes que presentó el señor Rodrigo.
Mariana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y?
El investigador abrió el informe.
—Hay algo muy extraño.
Colocó varias hojas sobre la mesa.
—Los mensajes supuestamente enviados desde su teléfono fueron creados cuando usted estaba desplegada en una base militar sin acceso a redes civiles.
Mariana frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—Exactamente.
El especialista señaló un dato técnico.
—Además, todos fueron enviados desde la misma dirección IP.
No desde distintos lugares.
No desde su teléfono.
Desde la red Wi-Fi de su propia casa.
La habitación quedó en silencio.
La psicóloga fue la primera en hablar.
—Entonces alguien fabricó esas conversaciones.
—Todo apunta a eso.
Respondió el investigador.
Pero aún había algo peor.
Sacó un pequeño dispositivo transparente.
—También recuperamos los videos completos.
No solo los fragmentos que entregó el señor Rodrigo.
Conectó la memoria al monitor.
La grabación comenzó.
Se veía la cocina.
Mariana discutía con Rodrigo.
Tal como él había mostrado a la policía.
Pero esta vez…
El video continuó.
Y reveló lo que habían eliminado.
Rodrigo salía de la casa.
Dejaba a Sofía encerrada dentro de la camioneta bajo el sol durante casi veinte minutos.
Cuando Mariana regresaba y descubría a la niña llorando, era entonces cuando comenzaba la discusión.
Los videos no demostraban que Mariana fuera agresiva.
Demostraban exactamente lo contrario.
Que estaba protegiendo a su hija.
El investigador apagó la pantalla.
—Señora Salgado…
—Sí.
—Esto ya no parece únicamente un conflicto por la custodia.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
El investigador abrió la última página del expediente.
—Mientras analizábamos los documentos presentados por su esposo… encontramos una solicitud de adopción privada.
Mariana dejó de respirar.
—¿Adopción?

—Sí.
La fecha de presentación era para dentro de diez días.
Y el nombre de la futura madre adoptiva no era el suyo.
Era…
Paola Salgado.