Cuando el avión aterrizó en Nueva York, Amelia no miró el horizonte.
Miró la pantalla de su teléfono.
Había treinta y siete llamadas perdidas de Adrián.
Ninguna le importó.
Las ignoró todas.
Un automóvil negro la esperaba junto a la salida privada del aeropuerto.
El conductor descendió inmediatamente.
—Señorita Yao.
Amelia asintió.
—¿Está todo preparado?
—Sí.
—El señor Lancaster la espera.
Cuarenta minutos después, el vehículo atravesó los portones de una inmensa propiedad en Long Island.
No era una mansión.
Era un complejo privado.
Varios edificios de cristal.
Jardines impecables.
Un lago artificial.
Y un helipuerto donde descansaban dos aeronaves ejecutivas.
Amelia respiró profundamente.
Hacía cinco años que no regresaba.
Dentro de la residencia principal, un hombre de cabello completamente blanco se levantó apenas la vio entrar.
—Llegaste.
Su voz ya no tenía la firmeza de antes.
Pero seguía transmitiendo autoridad.
Era Richard Lancaster.
El empresario que durante décadas había construido uno de los fondos de inversión más grandes de Norteamérica.
Y también…
El padrino que la había criado desde la muerte de sus padres.
Amelia dejó la maleta en el suelo.
Richard caminó lentamente hasta ella.
La abrazó sin hacer preguntas.
Solo cuando sintió que ella comenzaba a temblar, habló.
—¿Te hizo daño?
Amelia negó con la cabeza.
—No.
—Solo me hizo perder tres años.
Richard sonrió con tristeza.
—Los años pueden recuperarse.
—La dignidad nunca debiste perderla.
Ella guardó silencio.
Después colocó sobre la mesa el cheque de doce mil millones.
Richard apenas lo miró.
—¿Eso fue todo lo que valió tu matrimonio para ellos?
Amelia soltó una pequeña risa.
—Fue el precio que pagaron por creer que habían ganado.
En ese momento apareció Isabel.
Llevaba todavía la bata blanca del hospital.
Traía una carpeta entre las manos.
—Los resultados completos ya están.
Richard levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Isabel sonrió.
—Los cuatro bebés están perfectamente.
—Pero hay algo más.
Amelia sintió un escalofrío.
La doctora abrió las ecografías.
—Son dos niños y dos niñas.
Richard dejó escapar una carcajada.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Tu madre siempre decía que llenarías esta casa de risas.
Amelia acarició distraídamente su vientre.
Por primera vez desde el divorcio sonrió de verdad.
Pero la calma duró apenas unos segundos.
Uno de los asistentes entró apresuradamente.
—Señor Lancaster.
—Llegó esto desde Shanghái.
Entregó una carpeta sellada.
Richard la abrió.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué sucede? —preguntó Amelia.
Él giró lentamente el documento hacia ella.
Era una copia del registro mercantil del Grupo Gu.
Durante las últimas cuarenta y ocho horas, Héctor Gu había comenzado a vender acciones de la empresa.
Muchas acciones.
Demasiadas.
—Está reuniendo liquidez.
Amelia frunció el ceño.
—¿Para qué?
Richard tomó otra hoja.
—Porque quiere comprar Eastern BioTech.
Ella sintió un vuelco en el corazón.
Conocía perfectamente aquella empresa.
Durante los tres años de matrimonio había preparado el plan estratégico para esa adquisición.
Cada estudio.
Cada negociación.
Cada informe.
Todo había sido diseñado por ella.
Adrián solo lo presentó ante el consejo como si fuera suyo.
Richard la observó en silencio.
—¿Sabes quién posee el cincuenta y uno por ciento de Eastern BioTech?
Amelia negó con la cabeza.
Él sonrió.
—Nosotros.
Ella permaneció inmóvil.
Richard continuó.
—Hace cuatro años compré el paquete mayoritario.
—Esperaba regalártelo cuando decidieras volver a casa.
Amelia comprendió inmediatamente.
Los Gu estaban a punto de gastar miles de millones intentando comprar una empresa…
Que jamás podrían adquirir sin autorización de la familia Lancaster.
Richard cerró la carpeta.
—Podríamos bloquear la operación ahora mismo.
Amelia negó lentamente.
—No.
Él arqueó una ceja.
—Déjalos continuar.
—Que pidan préstamos.
—Que comprometan todos sus activos.
—Que crean que están a un paso de convertirse en el grupo farmacéutico más grande de Asia.
Richard comenzó a sonreír.
Reconocía perfectamente aquella mirada.
Era la misma que había visto en la madre de Amelia muchos años atrás.
—¿Y después?
Amelia apoyó ambas manos sobre su vientre.
Los cuatro pequeños latidos seguían allí.
Silenciosos.
Firmes.
—Después…
—Cuando ya no puedan dar marcha atrás…
—Les diremos quién es realmente la dueña de la empresa que llevan tres años intentando conquistar.
En ese mismo instante, al otro lado del océano, Adrián irrumpía en el despacho de su padre.
—¡Amelia se fue!
Héctor apenas levantó la vista.
—Déjala.
—Con ese dinero vivirá tranquila el resto de su vida.
Adrián dejó caer sobre el escritorio un informe recién recibido.
Su padre comenzó a leer.
En la primera página aparecía un único dato.
“Destino del vuelo: Nueva York.”
Debajo, otro nombre hizo que el rostro de Héctor perdiera todo el color.
“Recepción oficial en el Aeropuerto Ejecutivo Lancaster.”
El anciano levantó lentamente la cabeza.

—¿Lancaster…?
Adrián tragó saliva.
—Papá…
—Creo que nunca supimos realmente con quién se casó nuestra familia.