PARTE 2: EL IMPERIO DESPERTÓ

El primer teléfono sonó.

Alejandro miró la pantalla y sonrió con suficiencia.

—Es el banco. Seguro quieren felicitarme por el cierre de ayer.

Contestó sin siquiera apartar los ojos de mí.

—Habla Alejandro Rivas.

Su expresión cambió en menos de cinco segundos.

—¿Cómo que suspendidas?… Eso es imposible… Debe tratarse de un error.

Colgó y el segundo teléfono comenzó a vibrar.

Luego el tercero.

Renata dejó de sonreír.

—¿Qué pasa, amor?

Alejandro no respondió.

Atendió otra llamada.

—¿Cómo que el fondo retiró toda la inversión?… ¡Tenemos un contrato firmado!

La persona del otro lado habló durante varios segundos.

Vi cómo el color abandonaba lentamente su rostro.

—¿Quién dio esa orden?

Silencio.

Después una respuesta que yo también alcancé a escuchar.

—El Grupo Montiel.

Alejandro levantó la cabeza.

Me observó por primera vez con una ligera incertidumbre.

—¿Qué tiene que ver el Grupo Montiel con esto?

No contesté.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi padre.

“Cinco minutos.”

El tercero apenas había transcurrido.

En ese momento sonó el timbre de la casa.

El mayordomo abrió la puerta.

Entraron cuatro hombres de traje oscuro.

No llevaban armas.

Ni levantaban la voz.

Pero su sola presencia hizo que toda la casa pareciera encogerse.

El primero se acercó a mí.

Ni siquiera miró a Alejandro.

Se quitó el saco y lo colocó cuidadosamente sobre mis hombros para cubrir la sangre.

—Señorita Valeria.

Hacía años que nadie me llamaba así.

—Su padre viene en camino.

Alejandro dio un paso adelante.

—¿Quién demonios les permitió entrar?

El hombre giró lentamente.

—La propietaria de esta residencia.

Alejandro soltó una carcajada.

—¿Propietaria? Esta casa está a mi nombre.

El abogado que acompañaba al grupo abrió un portafolio.

Extrajo una carpeta azul.

—No exactamente.

La dejó sobre la mesa.

—Hace tres años, la residencia fue adquirida por un fideicomiso perteneciente al Grupo Montiel. Usted únicamente figura como administrador temporal mientras permaneciera casado con la beneficiaria.

Alejandro abrió la carpeta con manos temblorosas.

Pasó una página.

Luego otra.

Buscó desesperadamente alguna cláusula.

—No… esto no puede ser…

El abogado señaló una firma.

La mía.

Y otra más.

La de mi padre.

—Su esposa nunca necesitó su dinero, señor Rivas. Fue usted quien utilizó durante tres años el patrimonio de la familia Montiel.

Renata retrocedió dos pasos.

—Alejandro… ¿qué significa eso?

Él ya no la escuchaba.

Tomó el teléfono y llamó a su director financiero.

—¡Dime que esto es mentira!

La respuesta fue inmediata.

Lo vi cerrar los ojos.

—Acaban de congelar todas las líneas de crédito.

Otro mensaje.

Otra llamada.

Otra alarma.

Las acciones de su empresa comenzaban a desplomarse.

Los socios estaban cancelando contratos.

Los proveedores suspendían entregas.

Las cuentas corporativas aparecían bloqueadas para auditoría.

Todo al mismo tiempo.

Todo en menos de cinco minutos.

Entonces se escuchó un automóvil detenerse frente a la mansión.

No era uno.

Eran seis.

Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo.

Mi padre descendió del vehículo central.

Gabriel Montiel.

Durante veinte años había evitado aparecer en revistas y entrevistas.

Prefería construir imperios desde las sombras.

Por eso Alejandro jamás había relacionado mi apellido materno con el hombre que controlaba bancos, constructoras, puertos y fondos de inversión en medio continente.

Mi padre entró caminando despacio.

Sus ojos no se dirigieron hacia Alejandro.

Solo hacia mí.

Cuando vio la sangre atravesando mi vestido blanco, su rostro perdió toda expresión.

Se quitó el abrigo y terminó de cubrirme.

Con una delicadeza infinita levantó mi barbilla.

—¿Él hizo esto?

Asentí en silencio.

Mi padre respiró profundamente.

No gritó.

No amenazó.

Eso era mucho peor.

Se volvió hacia Alejandro.

—Hace tres años me pediste permiso para casarte con mi hija.

Alejandro estaba completamente pálido.

—Señor… yo no sabía…

—Precisamente. Nunca te molestaste en preguntar quién era la mujer que decía amarte.

Renata comenzó a llorar.

—Yo no sabía nada, se lo juro…

Mi padre ni siquiera la miró.

Sacó un pañuelo y limpió con cuidado la sangre de la comisura de mis labios.

Luego pronunció una única frase.

—Desde este momento, ninguna empresa del Grupo Montiel volverá a hacer negocios con Alejandro Rivas.

El abogado dio un paso al frente.

—Las notificaciones ya fueron enviadas a ciento cuarenta y siete compañías.

Alejandro sintió que las piernas le fallaban.

Cayó de rodillas exactamente sobre el mismo mármol donde minutos antes me había obligado a arrodillarme a mí.

Y comprendió, demasiado tarde, que los veinte latigazos que había descargado sobre mi espalda acababan de convertirse en la sentencia que destruiría todo lo que había construido.

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