PARTE 2: EL IMPERIO CAMBIÓ DE DUEÑA

La madre de Ethan permaneció frente a mi escritorio con la mano extendida.

—Ese dinero pertenece a los Walker.

—No.

Abrí un cajón y saqué una carpeta.

—Las cinco propiedades eran mías antes del matrimonio. El acuerdo de divorcio confirma que Ethan renunció a cualquier derecho sobre ellas.

Su expresión cambió.

—Mi hijo te permitió conservarlas.

Casi me reí.

—Su hijo no podía regalarme algo que nunca fue suyo.

Empujé la carpeta hacia ella.

—Pero ya que vino a hablar de dinero familiar, quizá quiera ver esto.

Dentro estaban años de transferencias.

Cuando Greenwood apenas sobrevivía, mis propiedades habían garantizado créditos, cubierto nóminas y financiado expansiones que después Ethan presentaba ante los inversionistas como éxitos exclusivamente suyos.

Su madre pasó las páginas cada vez más despacio.

—¿Qué intentas demostrar?

—Que durante años mi dinero fue “nuestro”. Pero cuando Rebecca quedó embarazada, de repente todo pasó a ser “de los Walker”.

Me levanté.

—Ethan quiso divorciarse para proteger su empresa.

La miré directamente.

—Y funcionó.

—¿Qué quieres decir?

Sonó mi teléfono.

Marshall.

—Señorita Sullivan —dijo—. Acepto vender.

—Envíe los documentos.

La madre de Ethan frunció el ceño.

—¿Marshall?

—Posee el cinco por ciento de Greenwood.

Su rostro perdió color.

—¿Por qué estás hablando con él?

No respondí.

Firmé electrónicamente.

Segundos después llegó la confirmación.

67 %.

Control absoluto.

Giré la pantalla hacia ella.

Tardó varios segundos en comprender.

—No…

—Sí.

Retrocedió.

—¿Compraste acciones de Greenwood?

—Durante un año.

—¡Para destruir a Ethan!

—No.

Cerré el portátil.

—Para asegurarme de que nunca más pudiera utilizar algo mío creyendo que yo seguiría esperando su regreso.


Ethan apareció cuarenta minutos después.

Rebecca venía detrás.

—¿Qué hiciste? —exigió él.

Su madre seguía sentada, completamente pálida.

—Díselo tú —respondí.

Ethan golpeó mi escritorio.

—¡El banco congeló las negociaciones! ¡Marshall vendió sus acciones y nadie quiere decirme quién compró!

Le mostré el documento.

Sus ojos recorrieron la primera página.

Después la segunda.

Cuando encontró mi nombre, dejó de respirar.

Aurelia Capital.

Propietaria: Sophia Sullivan.

Participación controlada: 67 %.

—Tú…

Levantó la vista.

—¿Aurelia eres tú?

—Aurelia soy yo.

Rebecca tomó el documento.

—¿Entonces ella controla Greenwood?

Ethan no respondió.

No podía.

La empresa que consideraba su imperio ahora dependía de la mujer a la que había convencido de divorciarse para “protegerla”.

—Véndemelas —dijo finalmente.

—No.

—Te pagaré el doble.

—No tienes liquidez.

—Conseguiré inversores.

—Los inversores quieren hablar conmigo.

Apretó la mandíbula.

—Esto es venganza.

—No confundas consecuencias con venganza.

Entonces coloqué otro expediente sobre la mesa.

Era el plan de reestructuración.

Greenwood tenía demasiada deuda, demasiados gastos personales cargados a la compañía y demasiados puestos ocupados por familiares sin funciones reales.

La villa de Rebecca aparecía entre los gastos cuestionados.

También vehículos.

Viajes.

Consultorías concedidas a conocidos de la familia.

La madre de Ethan comenzó a temblar.

—No puedes hacer esto.

—Puedo.

—¡Somos tu familia!

Aquellas palabras consiguieron que la habitación quedara en silencio.

Miré a Ethan.

—¿Lo éramos cuando me engañaste para firmar el divorcio?

Después miré a Rebecca.

—¿Lo éramos cuando celebraron su boda un mes después?

Finalmente miré a su madre.

—¿O solamente volvimos a ser familia cuando necesitaron mis veinte millones?

Nadie respondió.


Dos semanas después se celebró una junta extraordinaria.

Ethan entró creyendo que todavía podría convencer al consejo de mantenerlo como director general.

Yo ya estaba sentada en la cabecera.

La votación duró diecisiete minutos.

Ethan fue destituido.

No por haberse casado con Rebecca.

No por haberme mentido.

Sino porque la auditoría reveló decisiones financieras que habían puesto a Greenwood al borde del colapso.

Su apellido dejó de bastar.

La empresa sobrevivió.

Vendimos activos innecesarios, renegociamos deuda y reemplazamos varios contratos vinculados con la familia Walker.

Yo no cambié el nombre de Greenwood.

No necesitaba borrar a Ethan para demostrar que había ganado.

Solo necesitaba impedir que volviera a destruirla.

Cuando terminó la reunión, él me esperaba en el pasillo.

—¿Alguna vez pensaste volver conmigo?

Recordé aquella tarde del divorcio.

“Espérame.”

Yo había esperado.

Exactamente un mes.

Hasta ver su fotografía de boda.

—Sí —respondí.

Ethan levantó la cabeza.

—Durante treinta días creí cada palabra que me dijiste.

Me acerqué a la puerta del ascensor.

—Después entendí que nuestro divorcio sí había protegido algo.

—¿Qué?

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Sonreí.

—A mí.

Un año antes, Ethan Walker me había pedido que renunciara a nuestro matrimonio para salvar su empresa.

Jamás imaginó que terminaría consiguiendo ambas cosas.

El matrimonio desapareció.

Greenwood sobrevivió.

Solo que cuando finalmente volvió a estar a salvo…

ya no le pertenecía a él.

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