PARTE 2: EL HOMBRE QUE NUNCA DEBIÓ DESPERTAR

Me quedé inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Los ojos de Ethan apenas podían mantenerse abiertos.

—Jason…

Su respiración era débil.

—No confíes… en él.

Intenté levantarme para llamar a la enfermera.

Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.

Sorprendentemente fuertes.

—No.

—Necesitas un médico.

—Todavía no.

Lo miré, confundida.

Un hombre que llevaba nueve meses sin reaccionar acababa de despertarse y su primera preocupación era que nadie lo supiera.

—¿Por qué?

Ethan cerró los ojos unos segundos.

Después susurró:

—Porque yo no tuve un accidente.

Sentí frío.

La versión oficial decía que había perdido el control de su automóvil durante una tormenta.

—¿Entonces qué ocurrió?

Sus ojos volvieron a abrirse.

—Alguien quería que pareciera uno.

Antes de que pudiera preguntar más, escuchamos pasos.

Ethan soltó inmediatamente mi muñeca.

Sus ojos se cerraron.

Su cuerpo volvió a quedar inmóvil.

La puerta se abrió.

Jason entró.

—¿Todo bien, prima política?

Miré a Ethan.

Después a él.

—Perfectamente.

Jason sonrió.

—¿Hablando con él?

—Es mi esposo.

—Claire, Ethan no puede escucharte.

Se acercó a la cama.

—Los médicos dicen que probablemente nunca despertará.

Entonces puso una mano sobre el hombro de Ethan.

Vi cómo el dedo de mi marido se tensaba debajo de la sábana.

Él estaba consciente.

Y le tenía miedo a su propio primo.

—Qué triste —respondí.

Jason me estudió.

—Supongo que también es conveniente.

—¿Conveniente?

—Ahora eres una Thornton.

Su mirada descendió hasta mi anillo.

—Si sabes comportarte, podrías salir muy bien de todo esto.

Sonreí.

—Lo tendré presente.

Cuando salió, cerré la puerta.

Esperé.

Diez segundos.

Veinte.

Ethan abrió los ojos.

—Aprendes rápido.

—Me vendieron para casarme con un hombre en coma. He tenido una semana complicada.

Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa en su rostro.

Duró apenas un instante.

—Necesito saber qué pasó durante estos nueve meses.

—¿Por qué yo?

—Porque no perteneces a esta familia.

Hizo una pausa.

—Eso te convierte en la única persona aquí que quizá todavía no hayan comprado.

Aquello no era precisamente romántico.

Pero tenía sentido.


Durante los siguientes tres días, todos creyeron que Ethan seguía inconsciente.

Solo despertaba cuando estábamos solos.

Su recuperación era lenta.

Primero consiguió mover las manos.

Después pronunciar frases más largas.

Yo le daba agua y le contaba quién entraba en su habitación.

Jason aparecía demasiado.

Siempre preguntaba por los medicamentos.

Por los médicos.

Por cualquier cambio.

Y cada noche Ethan repetía:

—No le digas a nadie.

Hasta que encontré algo peor.

Una tarde regresé antes de lo previsto y escuché voces dentro de la biblioteca.

Mi padre estaba allí.

Con Jason.

Me detuve detrás de la puerta.

—Cumplí mi parte —decía mi padre—. Claire se casó con él.

Jason respondió:

—Y tus deudas desaparecieron.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Mi padre había dicho que la propuesta provenía de los abogados de los Thornton.

Mentira.

Jason había organizado mi matrimonio.

—¿Por qué yo? —preguntó mi padre.

Jason soltó una pequeña risa.

—Porque necesitábamos una esposa sin poder, sin conexiones y suficientemente desesperada para aceptar.

Apreté los puños.

Entonces llegó la frase que terminó de destruir cualquier duda.

—Cuando Ethan muera, ella firmará lo que le pongamos delante.

Retrocedí.

El suelo crujió.

Las voces se detuvieron.

Corrí hacia las escaleras.

Entré en la habitación y cerré la puerta.

Ethan abrió los ojos inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Jason eligió a tu esposa.

Su expresión se endureció.

—Explícate.

Le conté todo.

Cuando terminé, Ethan permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Tu padre sabía?

—No sé cuánto.

Mi voz se quebró.

—Pero sabía suficiente.

Ethan extendió lentamente la mano.

Esta vez fui yo quien la tomó.

—Entonces ya sabemos por qué te trajeron aquí.

—Para controlar tu patrimonio después de tu muerte.

—Exactamente.

Me miró.

—Solo cometieron un error.

—¿Cuál?

Ethan apretó mis dedos.

—Desperté.


Esa misma noche llamó a Vivian.

Yo pensé que finalmente revelaríamos la verdad.

Pero Ethan negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Es tu abuela.

—Precisamente.

—¿Tampoco confías en ella?

Su expresión respondió antes que su voz.

—No sé en quién confiar.

Entonces escuchamos algo caer detrás de la puerta.

La abrí de golpe.

Una enfermera estaba allí.

Pálida.

Había escuchado nuestra conversación.

Intentó correr.

La detuve en el pasillo.

—¿A quién ibas a llamar?

—A nadie.

Su teléfono vibró.

La pantalla se iluminó.

Un mensaje.

JASON THORNTON:

“¿Algún cambio?”

Ethan apareció detrás de mí.

De pie.

Débil.

Sujetándose del marco de la puerta.

Pero de pie.

La enfermera lo miró como si estuviera viendo un fantasma.

Ethan tomó su teléfono.

—Respóndele.

Ella temblaba.

—¿Qué escribo?

Los ojos de Ethan se volvieron helados.

—Dile que sigo exactamente como él quiere.

La enfermera escribió.

Segundos después llegó la respuesta:

“Perfecto. Mañana terminamos esto.”

Miré a Ethan.

—¿Terminar qué?

Él levantó los ojos hacia mí.

—Probablemente a mí.

Entonces apareció un segundo mensaje.

Esta vez había una fotografía adjunta.

Era mi padre entrando en la mansión.

Debajo, Jason había escrito:

“El padre de Claire ya llegó con los últimos documentos. Después de que ella firme, no necesitaremos mantener vivo a Ethan.”

Sentí que las piernas me fallaban.

Ethan sostuvo mi brazo.

Yo miré hacia él.

—Mi padre sabía.

Ethan no respondió.

No hacía falta.

El hombre que me había obligado a casarme con un multimillonario en coma no me había vendido para salvar a nuestra familia.

Me había colocado junto a un hombre condenado.

Y al día siguiente esperaban que mi firma terminara el trabajo.

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