PARTE 2: EL HOMBRE QUE NO DEBÍA DESPERTAR

Diana mantuvo la mano sobre la boca para no gritar.

El hombre dentro del ataúd respiraba con dificultad.

Cada segundo parecía una eternidad.

—¿Quiénes son ellos? —susurró.

Gustavo Valdés intentó abrir los ojos por completo, pero apenas pudo mover la cabeza.

—No confíes en nadie del hospital… ni en la empresa…

Diana sintió un escalofrío.

—¿Qué empresa?

El hombre la miró fijamente.

—Valdés Security.

El nombre hizo que se quedara inmóvil.

Era imposible no conocerla.

Era una de las compañías de ciberseguridad más grandes del país.

Y entonces recordó algo.

Ricardo trabajaba allí.

Sintió que el corazón se le detenía por un instante.

—¿Conoces a alguien de esa empresa? —preguntó Gustavo con esfuerzo.

Diana dudó.

Por primera vez en mucho tiempo, tuvo miedo de responder.

—Mi esposo trabaja ahí.

La expresión de Gustavo cambió.

No fue sorpresa.

Fue preocupación.

—¿Cómo se llama?

—Ricardo Salgado.

Los ojos de Gustavo se abrieron más.

—Entonces ya es demasiado tarde.

Diana retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Antes de que pudiera responder, escucharon pasos en el pasillo.

Alguien se acercaba.

Diana apagó rápidamente la pantalla de su teléfono y lo escondió en el bolsillo de su uniforme.

Luego cubrió nuevamente a Gustavo con la tela.

La puerta se abrió.

Era Mateo, el auxiliar.

—¿Todo bien?

Diana respiró profundamente.

—Sí. Solo me golpeé con la camilla.

Mateo miró hacia el ataúd.

—La funeraria llegará en unas horas.

Ella asintió.

Pero ahora sabía que esas horas podían decidir la vida o la muerte de un hombre.

Cuando Mateo salió, Diana sacó su teléfono.

Había grabado todo.

La conversación.

El momento en que Gustavo despertó.

Su advertencia.

No sabía si aquello sería suficiente.

Pero sabía algo:

No podía entregarlo al hospital.

No podía llamar a la policía sin pruebas.

Y definitivamente no podía decirle nada a Ricardo.

A las seis de la mañana consiguió trasladar discretamente a Gustavo a una pequeña sala de almacenamiento que casi nunca se utilizaba.

No era seguro.

Pero era mejor que el ataúd.

Cuando terminó su turno, regresó a casa intentando actuar con normalidad.

Ricardo estaba en la cocina tomando café.

Como siempre, ni siquiera levantó la mirada.

—Llegaste tarde.

Diana dejó su bolso sobre una silla.

—Tuve trabajo.

Ricardo soltó una risa fría.

—¿Trabajo?

La palabra sonó como un insulto.

—Espero que no hayas olvidado quién paga las cuentas aquí.

Ella lo observó.

Durante años había visto a ese hombre como alguien controlador.

Ahora empezaba a verlo como alguien peligroso.

—¿Cómo estuvo tu noche? —preguntó ella.

Ricardo bebió café tranquilamente.

—Larga.

Hizo una pausa.

—Tuvimos un problema en la empresa.

Diana sintió que sus dedos se tensaban.

—¿Qué problema?

—Un empleado antiguo murió.

El vaso que tenía en la mano casi cayó.

Ricardo continuó:

—Gustavo Valdés. Supongo que escuchaste las noticias.

Diana sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—No.

Ricardo la miró.

Demasiado rápido.

Demasiado atento.

—¿No?

Ella sonrió débilmente.

—No veo noticias.

Él la estudió unos segundos.

Después sonrió.

—Mejor.

Aquella palabra confirmó sus sospechas.

Mejor.

Como si fuera mejor que ella no supiera.

Cuando Ricardo entró a ducharse, Diana abrió su teléfono.

Buscó información sobre Gustavo Valdés.

Los titulares aparecieron inmediatamente:

“Muere fundador de Valdés Security tras presunta falla cardíaca.”

“Familia acelera cremación privada por petición del fallecido.”

Pero había algo extraño.

Gustavo no tenía antecedentes cardíacos.

Y la noticia había sido publicada horas antes de que oficialmente estuviera muerto.

Diana revisó la grabación.

Luego recordó las palabras:

“Me quieren cremar para borrar todo.”

Abrió el historial de mensajes de Ricardo en una computadora antigua que él había dejado abierta.

No buscaba una prueba.

Solo quería confirmar que estaba equivocada.

Pero encontró una carpeta.

Nombre:

PROYECTO G.

Dentro había documentos.

Transferencias.

Correos.

Y una conversación reciente.

Ricardo:

“Después de la cremación nadie podrá recuperar los archivos.”

Otro contacto respondió:

“Perfecto. Valdés ya no será un problema.”

Diana dejó de respirar.

Entonces vio el último mensaje.

Enviado apenas una hora antes.

“¿Y la esposa de Gustavo?”

Respuesta de Ricardo:

“No sabe nada. Como todas las demás, solo hará lo que le digamos.”

Diana cerró la computadora lentamente.

Por primera vez en años no sintió miedo de Ricardo.

Sintió algo mucho más fuerte.

Determinación.

Tomó su teléfono y miró la grabación del hombre que todos creían muerto.

Porque ahora entendía la verdad.

Gustavo Valdés no era el único que estaba en peligro.

Ella también lo estaba.

Y si Ricardo descubría que Diana había encontrado al hombre que intentaba desaparecer…

su propio matrimonio se convertiría en la siguiente escena del crimen.

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