Me acerqué al Mercedes sin decir nada.
El agua corría por el cofre como un río.
—¿Puedo abrir?
La rubia asintió de inmediato.
—Por favor.
Levanté el cofre.
Aun con la lluvia, bastaron unos segundos para notar que no era una avería grave.
Revisé la batería.
Los bornes estaban cubiertos por una gruesa capa de corrosión.
Después seguí el cable principal.
El terminal negativo prácticamente se movía con la mano.
Sonreí por primera vez en todo el día.
—Creo que tuvieron suerte.
Las dos me miraron al mismo tiempo.
—¿Sí tiene arreglo?
—Si el problema es solo esto, sí.
Saqué una llave inglesa vieja del maletero de mi Honda, limpié el contacto con una lija que siempre llevaba en la caja de herramientas portátil y ajusté nuevamente la conexión.
Cinco minutos después cerré el cofre.
—Intenta encenderlo.
La morena giró la llave.
El motor arrancó al primer intento.
Las dos soltaron el aire al mismo tiempo.
—¡No lo puedo creer!
Exclamó la rubia.
—La asistencia vial dijo que tardaría otras dos horas.
Me encogí de hombros.
—A veces las cosas sencillas parecen complicadas.
Ella abrió inmediatamente el bolso.
Sacó la cartera.
—¿Cuánto le debemos?
Negué con la cabeza.
—Nada.
Las dos se quedaron inmóviles.
—No, en serio.
Insistió la morena.
—Nos acaba de salvar.
Volví a negar.
—Solo apreté un cable.
No voy a cobrar por eso.
La rubia frunció el ceño.
—Al menos déjenos invitarlo a cenar.
Sonreí con cansancio.
—Acabo de salir de servir hamburguesas durante seis horas.
Creo que ya tuve suficiente comida por hoy.
Las dos rieron por primera vez desde que llegué.
Antes de subir a mi coche, la morena preguntó:
—¿Cómo se llama?
—Henry.
—¿Tiene tarjeta del taller?
Busqué en mi cartera.
Solo quedaba una.
Se la entregué.
Leyó lentamente.
Cole Auto Repair.
Después levantó la vista.
—¿Siempre trabaja tan tarde?
—Últimamente sí.
—¿Mucho trabajo?
Miré mi viejo Honda.
Luego el Mercedes.
—Ojalá fuera por eso.
No sé por qué lo hice.
Tal vez porque llevaba semanas guardándomelo todo.
Tal vez porque nunca volvería a verlas.
Les conté, en menos de dos minutos, que el lunes tenía una audiencia.
Que un desarrollador inmobiliario quería sacarme del local.
Que probablemente perdería el taller.
No di nombres.
Solo dije la verdad.
La rubia permaneció en silencio.
La morena también.
Finalmente dijeron algo que me hizo sonreír.
—Queremos volver a verlo.
Reí.
—Espero que sea para cambiarles el aceite y no otra vez bajo la lluvia.
La rubia negó lentamente.
—No.
Por otra razón.
Nos despedimos.
Ellas tomaron la autopista hacia el centro.
Yo seguí rumbo a mi apartamento.
Mientras subía las escaleras pensé que probablemente jamás volvería a cruzarme con aquellas dos desconocidas.
Dormí apenas cuatro horas.
Todo el fin de semana preparé documentos para el juicio.
Contratos.
Recibos.
Fotografías del taller.
Estados de cuenta.
No era mucho.
Pero era todo lo que tenía.
El lunes por la mañana llegué al tribunal quince minutos antes.
Grant Harrington ya estaba allí.
Traje impecable.
Reloj de lujo.
Tres abogados revisando carpetas.
Cuando me vio entrar con mi única carpeta de cartón, sonrió.
—Te dije que esto terminaría rápido.
No respondí.
Mi abogado, el señor Clark, me dio una palmada en el hombro.
—Pase lo que pase, mantén la calma.
Asentí.
El alguacil abrió la puerta.
—Caso Harrington Properties contra Henry Cole.
Entramos.
Grant seguía sonriendo.
Hasta que el juez levantó la vista hacia la última fila del público.
Su expresión cambió por completo.
—Veo que hoy tenemos asistentes inesperados.
Giré la cabeza.
Las dos jóvenes del Mercedes acababan de entrar.
Ya no vestían la ropa empapada del viernes.
Llevaban trajes oscuros.
Y una de ellas sostenía una pequeña memoria USB en la mano.

La rubia me dedicó una breve sonrisa.
Después miró directamente al juez y dijo con absoluta calma:
—Su señoría, creemos que ese dispositivo contiene información relevante sobre las prácticas de Harrington Properties.
Por primera vez desde que empezó aquella pesadilla, la sonrisa de Grant desapareció.