Retrocedí hasta chocar con el lavabo.
Aquella media luna.
La había visto miles de veces durante mi infancia.
—¿Qué ocurre? —preguntó el anciano.
No pude responder.
Corrí hasta mi dormitorio y saqué una pequeña caja escondida detrás de mis documentos personales.
Dentro estaba el relicario de plata que llevaba veinte años guardando.
Lo abrí.
Había una fotografía antigua.
Mi madre.
Yo, con dieciséis años.
Y mi padre, Alejandro Reyes.
En su hombro derecho se distinguía perfectamente aquella misma media luna.
Regresé al baño temblando.
—¿De dónde sacó esa marca?
El hombre la miró confundido.
—Siempre la he tenido, supongo.
Le mostré la fotografía.
Sus ojos se clavaron en ella.
Entonces dejó de respirar durante varios segundos.
—Esa mujer…
Señaló a mi madre.
—¿La conoce?
Se llevó una mano a la cabeza.
—No lo sé.
Pero empezó a llorar.
Veinte años atrás, mi padre había desaparecido durante una inspección nocturna en una obra.
La investigación concluyó que probablemente había sufrido un accidente y nunca pudieron encontrarlo.
Mi madre murió creyendo que jamás sabríamos qué ocurrió.
Yo también.
Hasta ese momento.
Julian apareció en la puerta.
Al verme con el relicario, no pareció sorprendido.
Eso me hizo girarme hacia él.
—Tú sabías algo.
Guardó silencio.
—Julian.
—No sabía que era tu padre.
—Pero sospechabas.
Asintió.
Sacó una carpeta.
Durante su voluntariado, Lucas había mencionado el lugar donde despertó veinte años atrás.
Una antigua obra de construcción en South Chicago.
Julian reconoció inmediatamente la dirección.
El terreno había pertenecido a la primera empresa de su propio padre.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Tu familia conocía a mi padre?
Julian abrió la carpeta.
—Más que eso.
Había encontrado archivos antiguos.
Alejandro Reyes había trabajado como auditor externo para la compañía Blackwood Construction.
Tres días antes de desaparecer, había solicitado revisar pagos relacionados con materiales y terrenos.
Después, su nombre desaparecía completamente de los registros.
—Necesitamos comprobar quién es realmente —dijo Julian—. Documentos, archivos médicos, pruebas familiares. Todo.
Lucas salió del agua envuelto en una bata.
Miró nuevamente mi relicario.
—Hay algo que recuerdo.
Nos quedamos inmóviles.
—Una frase.
—¿Cuál?
Cerró los ojos.
—“Si preguntan por los contratos, Reyes nunca estuvo aquí.”
Julian palideció.
Yo también.
Porque Reyes era mi apellido de nacimiento.
Aquella noche, Julian llamó a un investigador privado.
Yo permanecí junto a Lucas mientras revisábamos fotografías antiguas.
No recordaba nombres.
Pero reconoció nuestra vieja casa.
Reconoció el piano de mi madre.
Y cuando vio una fotografía mía de niña, comenzó a llorar sin comprender por qué.
Entonces el investigador llamó.
Había encontrado algo en los archivos municipales de aquella obra.
El día después de la desaparición de mi padre, alguien había solicitado eliminar su nombre de la lista de visitantes.
La autorización procedía de Blackwood Construction.
Firmada por el director financiero de entonces.
Julian leyó el nombre y se quedó completamente inmóvil.
—¿Quién fue? —pregunté.
No respondió.
Le arrebaté el documento.
La firma pertenecía a Richard Blackwood.
Mi suegro.
Pero debajo aparecía una segunda autorización.
Era todavía peor.
Testigo: Elena Reyes.
Mi madre.

Miré al hombre que quizá era mi padre.
Después miré a Julian.
Durante veinte años había creído que mi madre pasó el resto de su vida intentando descubrir qué había ocurrido con su esposo.
Ahora tenía delante un documento que sugería que ella había estado presente cuando alguien comenzó a borrar oficialmente su existencia.