Cuando las puertas de la ambulancia se cerraron, la paramédica marcó el número que Mariana había alcanzado a decir antes de perder el conocimiento.
—¿General Arturo Ríos?
Del otro lado contestó una voz firme.
—Sí.
—Habla el Sistema de Emergencias. Su hija Mariana sufrió un probable desprendimiento de placenta. Va rumbo al Hospital Militar Central. Su estado es crítico.
Hubo un silencio de apenas dos segundos.
—¿El padre del bebé está con ella?
—No, señor.
La paramédica dudó antes de continuar.
—Según la paciente… su esposo la dejó sola en la casa.
La voz del general cambió por completo.
—Entendido.
La llamada terminó.
A las nueve y cuarenta y tres de la noche, un helicóptero militar aterrizó en la plataforma del Hospital Militar.
Minutos después, tres vehículos oficiales llegaron al mismo tiempo.
El general Arturo Ríos caminó directamente hacia urgencias sin mirar a nadie.
Llevaba todavía el uniforme de campaña.
No preguntó dónde estaba su hija.
Ya lo sabía.
Los médicos lo esperaban.
La doctora Camila Barrera salió primero.
Tenía el cubrebocas bajado y el cansancio reflejado en el rostro.
—General…
Él respiró hondo.
—Dígame la verdad.
—Llegó con una hemorragia grave.
—El desprendimiento de placenta era casi total.
El general cerró los ojos.
—¿Mi hija?
—Está viva.
Abrió lentamente los ojos otra vez.
—¿Y mi nieto?
La doctora sonrió por primera vez.
—También.
—Pero ambos siguen en estado delicado.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Diego levantaba su copa de vino.
Los mariachis cantaban “Las Mañanitas”.
Lourdes reía rodeada de familiares.
—¿Y Mariana?
preguntó una tía.
Diego hizo un gesto de fastidio.
—Ya saben cómo es.
—Seguro quería llamar la atención.
Lourdes negó con desprecio.
—Cuando nazca el niño se le quitarán esos dramas.
Las risas volvieron a llenar el salón.
Nadie imaginaba lo que estaba ocurriendo.
Dos días después.
Diego regresó por primera vez a la casa.
Ni siquiera había ido al hospital.
Había apagado el teléfono.
Les dijo a todos que Mariana necesitaba descansar.
Ahora solo quería recoger algunas cosas del bebé.
Pero al doblar la esquina de la calle, frenó de golpe.
Frente a la casa había dos camionetas militares.
Y cuatro soldados armados custodiaban la entrada.
Frunció el ceño.
—¿Qué demonios…?
Intentó acercarse.
Uno de los militares levantó la mano.
—Alto.
—Esta propiedad permanece bajo resguardo.
Diego soltó una risa nerviosa.
—Vivo aquí.
El sargento revisó una carpeta.
—Nombre.
—Diego Santillán.
El militar levantó lentamente la vista.
Su expresión cambió.
—Espere aquí.
Entró unos segundos en la vivienda.
Cuando volvió, ya no estaba solo.
El general Arturo Ríos apareció en la puerta.
Su uniforme impecable contrastaba con el rostro endurecido por dos noches sin dormir.
Diego tragó saliva.
Nunca lo había visto así.
—General…
Intentó sonreír.
—Vine por las cosas del bebé.
Arturo lo observó durante varios segundos.
Después respondió con una calma que resultaba mucho más aterradora que un grito.
—¿Cuál bebé?
Diego parpadeó.
—Mi hijo.
El general dio un paso adelante.
—El mismo hijo cuya madre dejó desangrándose en el piso mientras usted iba a una fiesta.
Diego sintió que el estómago se le cerraba.
—Eso no fue así…
—Tenemos la grabación completa del 911.
Otro paso.
—También las cámaras de la calle.
—Y los testimonios de los paramédicos.
Los soldados permanecían inmóviles.
Nadie intervenía.
Diego intentó entrar.
Dos militares bloquearon inmediatamente el acceso.
—Solo quiero ver a Mariana.
El general negó lentamente.
—Mi hija no quiere verlo.
—Y los médicos tampoco autorizan visitas.
—¿Dónde está mi hijo?
Arturo sostuvo su mirada.
—Está donde siempre debió estar.
—Con alguien que sí decidió protegerlo.
Diego sintió un escalofrío.
—Usted no puede impedirme verlo.
El general sacó una carpeta del portafolio que llevaba un ayudante.
La abrió.
—Eso ya no depende de mí.
Había documentos del hospital.
Fotografías.
El reporte del 911.
Y una denuncia penal.
Diego empezó a ponerse pálido.
—¿Qué es eso?
El general cerró lentamente la carpeta.
—Cuando abandonó esa casa creyó que solo estaba dejando atrás a su esposa.
Hizo una breve pausa.
—Pero hace tres horas, la Fiscalía abrió una investigación por tentativa de feminicidio por omisión y abandono de persona en situación de riesgo.
En ese instante, una camioneta de la Policía de Investigación dobló la esquina y se detuvo exactamente frente a la casa.
Dos agentes descendieron con una orden en la mano.
Uno de ellos miró directamente a Diego.
—Señor Diego Santillán…
—Necesitamos que nos acompañe.

Porque acabamos de recibir un nuevo dictamen médico…
Respiró hondo antes de terminar.
—Y confirma que, si la ambulancia hubiera llegado diez minutos más tarde, tanto Mariana como el bebé habrían muerto dentro de esa cocina.