Marcus se detuvo frente a mí.
No preguntó por Ethan.
No preguntó por Vanessa.
Solo volvió a decir:
—¿En qué habitación están?
Le sostuve la mirada durante unos segundos.
Después levanté lentamente la mano y señalé el salón privado del fondo.
—La última puerta.
Asintió una sola vez.
—Gracias.
No dio un paso más.
Sacó el teléfono.
Marcó un número.
—David.
Necesito que vengas al Summit.
Trae también a Lewis.
Y llama al abogado.
Colgó.
Fruncí el ceño.
—¿No vas a entrar?
Me miró con una calma que resultaba inquietante.
—Entrar furioso es exactamente lo que esperan.
Guardó el teléfono.
—Esta vez harán las cosas a mi manera.
Cinco minutos después llegaron dos camionetas negras.
Bajaron tres hombres con traje.
Reconocí a uno de ellos.
David Cross.
Socio principal del despacho jurídico de Marcus.
El otro era Lewis Grant.
Director financiero de la empresa donde Vanessa trabajaba como consultora.
Ellos tampoco hicieron preguntas.
Solo caminaron hasta Marcus.
—¿Es verdad? —preguntó David.
Marcus señaló la puerta.
—Todos están dentro.
Lewis respiró profundamente.
—La reunión del consejo empieza mañana a las ocho.
—Entonces será una mañana complicada para algunos.
En ese momento, Ethan abrió la puerta del salón.
Todavía sonreía.
Llevaba un vaso de whisky en la mano.
—Claire.
¿Viniste a suplicar o…?
Su voz desapareció al ver a Marcus.
Después miró a David.
Luego a Lewis.
Finalmente encontró mi rostro.
Su sonrisa comenzó a deshacerse.
Vanessa apareció detrás de él.
Al reconocer a su esposo, dio un paso atrás.
—Marcus…
Él habló con absoluta tranquilidad.
—Recoge tus cosas.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Esta noche abandonas mi casa.
Ethan intervino inmediatamente.
—Creo que esto podemos hablarlo entre adultos.
Marcus lo observó apenas dos segundos.
—Precisamente estoy hablando con adultos.
Después señaló a Ethan.
—Tú espera tu turno.
Dentro del salón, las risas habían desaparecido.
Todos los presentes observaban en silencio.
David abrió una carpeta.
—Señor Ethan Brooks.
—Durante los últimos once meses utilizó información confidencial obtenida a través de la empresa de mi cliente.
Ethan frunció el ceño.
—¿De qué está hablando?
Lewis colocó otra carpeta sobre la mesa.
—Y la señora Vanessa Brooks firmó dieciséis documentos utilizando credenciales internas que no le pertenecían.
El color abandonó el rostro de Vanessa.
—Eso… eso no tiene nada que ver con esto.
Marcus la miró por primera vez desde que había llegado.
—Lo tiene todo que ver.
Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
Lo dejó frente a Ethan.
—Mientras ustedes convertían a mi esposa y a la tuya en un espectáculo…
—Yo estaba reuniendo pruebas.
Ethan abrió el sobre.
Dentro había fotografías.
Estados bancarios.
Correos electrónicos.
Y un contrato.
Su mano comenzó a temblar.
—¿Cómo…?
Marcus respondió con la misma serenidad.
—Porque hace tres meses contraté una auditoría privada.
—Pensé que mi esposa me estaba engañando.
—Descubrí algo mucho más interesante.
Levantó otra hoja.
—Descubrí que ustedes dos llevaban un año desviando dinero mediante empresas fantasma.
Todo el salón quedó en silencio.
Vanessa dio un paso hacia él.
—Marcus, escúchame…
Él levantó la mano.
—No.
—Llevo meses escuchándote.
—Ahora te toca escuchar a la fiscalía.
En ese instante sonaron varias sirenas frente al edificio.
Todos se volvieron hacia las ventanas.
Tres vehículos oficiales acababan de detenerse frente a la entrada del bar.
Ethan me miró desesperado.
Por primera vez desde que lo conocía.
—Claire…
Di un paso atrás.
—No.

—Esta noche no soy yo quien vino a salvarte.
Las puertas del ascensor volvieron a abrirse.
Y los hombres que descendieron no venían invitados a la fiesta.
Venían con órdenes judiciales que Marcus llevaba meses preparando sin que ninguno de ellos lo sospechara.