PARTE 2: EL HOMBRE PROHIBIDO

La copa de vino estalló contra el piso.

Todos los rostros se volvieron hacia Clara.

Ella no miraba los cristales.

Miraba al hombre que esperaba detrás del ventanal.

Marcus.

Su rostro había perdido todo el color.

—¿Qué… qué hace él aquí?

Aquella reacción me sorprendió más que verla.

Sofía también lo notó.

—¿Lo conoces?

Clara tardó varios segundos en responder.

—No.

Mintió demasiado rápido.

Salí del restaurante sin volver a mirarla.

Marcus permanecía apoyado sobre el automóvil negro, exactamente igual que tres años atrás, cuando me encontró desmayada frente a una estación de tren en Zúrich.

Llevaba la misma cicatriz sobre la ceja izquierda.

Y la misma expresión tranquila.

Cuando estuve frente a él, sonrió apenas.

—Has recuperado algo de peso.

—Tres kilos.

—Todavía faltan.

Asentí.

Era nuestra forma de saludarnos.

Sin abrazos.

Sin dramatismos.

Solo comprobando que el otro seguía vivo.

Marcus abrió la puerta del coche.

—Sube.

Sofía salió corriendo detrás de mí.

—¿Quién es él?

La miré.

—La razón por la que sigo respirando.

Ella guardó silencio.

No preguntó nada más.

El automóvil comenzó a avanzar por la Quinta Avenida.

Marcus conducía sin hablar.

Después de varios minutos sacó una carpeta del asiento trasero.

—Ha empezado antes de lo previsto.

La abrí.

Dentro había fotografías.

Clara.

Ethan.

Un hombre mayor al que no reconocía.

Y varios documentos bancarios.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es todo esto?

Marcus respondió sin apartar la vista del camino.

—Lo que vine investigando durante estos tres años.

Pasé otra página.

Apareció una fotografía del hospital donde Clara había sido atendida después del supuesto episodio alérgico.

La fecha coincidía exactamente con el día que destruyó mi vida.

—No entiendo.

Marcus respiró lentamente.

—Elena.

Nunca fuiste enviada al extranjero por culpa del pastel.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Detuvo el automóvil frente a un semáforo.

Entonces me miró.

—El pastel solo fue la excusa.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.

—¿Excusa para qué?

Sacó otra hoja de la carpeta.

Era un informe corporativo.

En la portada aparecía el nombre de mi abuelo.

Debajo, el logotipo de Rivers Textile Group.

—¿Reconoces esta empresa?

Asentí lentamente.

Era el negocio familiar que mi abuelo había vendido años atrás.

O eso me habían dicho.

Marcus negó con la cabeza.

—Nunca se vendió.

—¿Qué?

—Se ocultó.

Sentí que mi respiración comenzaba a acelerarse.

Él continuó.

—Cuando tu abuelo murió, dejó todas las acciones en un fideicomiso.

Solo podían entregarse a una persona.

Me quedé inmóvil.

—¿A quién?

Marcus sostuvo mi mirada.

—A ti.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible.

—No.

Abrió el documento por la última página.

Allí estaba la firma del notario.

Y el nombre completo.

Elena Rivers.

—Entonces… ¿por qué nunca me dijeron nada?

Marcus respondió con absoluta calma.

—Porque mientras tú permanecieras en Nueva York…

Hizo una breve pausa.

—Nadie podía tocar ese patrimonio.

Pero si desaparecías del país durante más de dos años…

Otra persona podía solicitar la administración temporal.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Quién?

Marcus pasó la última hoja.

Solo había un nombre.

Clara Lin.

Me quedé completamente inmóvil.

—No…

—Sí.

Marcus apoyó ambas manos sobre el volante.

—Elena.

Durante tres años creíste que te castigaron por un accidente.

La verdad es mucho peor.

Respiré con dificultad.

—¿Qué hicieron?

Marcus cerró lentamente la carpeta.

—Te sacaron del país para quedarse con lo que siempre fue tuyo.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Solo decía una frase.

“No uses el vestido Starlight. Revisa primero el forro interior. Allí sigue escondido lo que Clara lleva tres años buscando.”

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