PARTE 2: EL HOMBRE AL QUE RODRIGO NUNCA PUDO VENCER

Mariana cayó de rodillas sobre la banqueta.

El dolor le atravesó el vientre como un relámpago.

Las manos comenzaron a temblarle.

—No… por favor…

Miró el vestido color crema.

Una pequeña mancha húmeda se extendía lentamente.

El pánico le cerró la garganta.

—¡Ayuda!

Los coches seguían avanzando.

Algunas personas se detenían a mirar.

Nadie se acercaba.

Entonces un automóvil negro frenó bruscamente junto a la acera.

Un hombre salió sin pensarlo dos veces.

Se quitó el saco y lo colocó bajo la cabeza de Mariana.

—No se mueva.

Su voz era firme.

Tranquila.

—¿Está embarazada de cuánto tiempo?

—Seis… seis meses…

Él observó rápidamente la situación.

—Llamen una ambulancia. Ahora.

Un guardia de seguridad ya estaba marcando el número de emergencias.

Mariana apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Mis bebés…

El desconocido le tomó la mano.

—Escúcheme.

Esperó a que ella lo mirara.

—Los tres van a luchar.

Pero usted también tiene que hacerlo.


Veinte minutos después, las puertas de urgencias se cerraban detrás de la camilla.

Los médicos comenzaron a trabajar de inmediato.

—Presión.

—Monitor fetal.

—Ecografía.

Una doctora levantó la vista.

—Hay contracciones, pero los tres bebés siguen con latido.

Mariana rompió a llorar.

Nunca unas palabras le habían dado tanto alivio.


Despertó varias horas después.

La habitación estaba en silencio.

Una enfermera sonrió al verla abrir los ojos.

—Los bebés están estables.

Mariana cerró los ojos de nuevo.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Gracias…

—Tiene mucha suerte.

La enfermera miró hacia la puerta.

—Si ese señor no la hubiera traído tan rápido, quizá la historia habría sido distinta.

Mariana frunció el ceño.

—¿Qué señor?

La puerta se abrió lentamente.

Entró el mismo hombre que la había ayudado en la calle.

Alto.

Cabello entrecano.

Traje gris perfectamente cortado.

Transmitía una autoridad que llenaba toda la habitación.

La enfermera sonrió con respeto.

—Señor Álvarez.

Él respondió con un leve gesto de cabeza.

Cuando la enfermera salió, el hombre se acercó a la cama.

—¿Cómo se siente?

—Mucho mejor.

Mariana intentó incorporarse.

—Gracias por salvarnos.

Él negó suavemente.

—Solo estuve en el lugar correcto.

Hubo un breve silencio.

Después sonrió.

—Aunque sospecho que el destino tenía otros planes.


—Soy Alejandro Álvarez.

Mariana sintió que el nombre le resultaba familiar.

Hasta que recordó dónde lo había escuchado.

Alejandro Álvarez.

Fundador del Grupo Álvarez.

El empresario que, durante más de diez años, había sido el mayor competidor de Rodrigo Salvatierra.

La única persona que le había arrebatado contratos millonarios.

El hombre al que Rodrigo culpaba de cada derrota importante.

Mariana abrió mucho los ojos.

—Usted…

Alejandro sonrió con discreción.

—Sí.

—El mismo al que su exmarido lleva años intentando vencer.


Durante los días siguientes, Alejandro volvió varias veces al hospital.

Nunca llevaba flores ostentosas.

Ni regalos caros.

Solo preguntaba cómo estaban ella y los bebés.

Un mediodía dejó una carpeta sobre la mesa.

—Quiero que vea algo.

Mariana la abrió.

Había fotografías antiguas.

Su antigua oficina.

La primera empresa que había creado con Rodrigo.

Después aparecían informes financieros.

Correos electrónicos.

Proyectos.

Alejandro la observó en silencio.

—¿Reconoce todo esto?

Ella asintió.

—Lo hice yo.

Él sonrió.

—Lo sé.

Pasó otra página.

—Hace años intenté contratarla.

Mariana levantó la vista sorprendida.

—¿Cómo?

—Antes de que vendiera su departamento para financiar la empresa de Rodrigo.

Ella quedó inmóvil.

—Su talento siempre fue evidente.

Hizo una pausa.

—Solo que alguien consiguió convencerla de que el éxito llevaba otro apellido.


Dos meses después…

Los tres bebés seguían creciendo.

El riesgo había disminuido.

Mariana salía por primera vez del hospital.

A la puerta la esperaba una camioneta negra.

Alejandro abrió personalmente la puerta.

—¿Lista?

—¿Para qué?

Él sonrió.

—Para empezar de nuevo.


Mientras tanto, en Los Cabos…

Rodrigo celebraba una rueda de prensa junto a Valentina.

Respondía preguntas sobre la boda.

Sobre nuevos proyectos.

Sobre el crecimiento de su empresa.

Entonces uno de sus asistentes se acercó apresuradamente.

Le mostró una noticia en el teléfono.

Rodrigo dejó de sonreír.

En la pantalla aparecía una fotografía tomada aquella misma mañana.

Mariana descendía de una camioneta junto a Alejandro Álvarez.

Él caminaba a su lado con una mano protectora sobre su espalda, ayudándola a bajar con cuidado debido al embarazo.

El titular ocupaba toda la portada:

“ALEJANDRO ÁLVAREZ INCORPORA A MARIANA DUARTE COMO NUEVA DIRECTORA DE ESTRATEGIA DEL GRUPO.”

Debajo, una frase pronunciada por Alejandro durante la conferencia hizo que el rostro de Rodrigo perdiera completamente el color:

“Hay personas que algunos consideran reemplazables. Yo llevo años buscando a alguien con el talento de Mariana. Hoy, por fin, trabaja con nosotros.”

Valentina observó a Rodrigo.

Nunca lo había visto así.

Porque comprendió que el hombre al que acababan de contratar no era solo la exesposa que él había despreciado.

Era la única mujer capaz de ayudar a su mayor rival a derrotarlo definitivamente.

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