Ethan se dio la vuelta lentamente.
Su mano seguía aferrada a mi muñeca.
Pero, en cuanto vio al hombre que estaba frente a él, la soltó de inmediato.
Noah Hayes permanecía inmóvil.
Llevaba un traje azul oscuro y aún sostenía las llaves del automóvil en una mano.
Su expresión era tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Todo bien, Sophia? —preguntó sin apartar los ojos de Ethan.
Sonreí.
—Sí.
Solo estábamos recordando viejos tiempos.
Noah dio un paso hacia nosotros.
Entonces rodeó suavemente mi cintura.
Un gesto pequeño.
Natural.
Pero suficiente para dejar claro que aquel lugar junto a mí ya pertenecía a otra persona.
Ethan tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Ustedes…?
Miró a Noah.
Luego a mí.
Después volvió a Noah.
—¿Están casados?
Noah respondió antes que yo.
—Hace ocho meses.
El silencio resultó insoportable.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente Ethan dejó escapar una risa breve.
Demasiado forzada.
—Vaya…
No lo esperaba.
Noah sonrió con educación.
—Nosotros tampoco esperábamos encontrarte aquí.
Ethan seguía observándome.
Como si intentara encontrar en mi rostro a la chica que cinco años atrás lo esperaba bajo la lluvia.
Pero aquella mujer ya no existía.
Había desaparecido el día en que comprendí que amar a alguien no obligaba a esa persona a elegirme.
La inauguración continuó.
Los invitados comenzaron a entrar al gran salón.
Noah tomó mi mano.
—¿Entramos?
Asentí.
Pero antes de dar el primer paso, Ethan volvió a hablar.
—Sophia.
Me giré.
—¿Sí?
Respiró hondo.
—Nunca me dijiste que sentías algo por Noah.
No pude evitar sonreír.
—Porque entonces todavía no lo sentía.
Su expresión cambió.
Aquella respuesta parecía dolerle más que cualquier reproche.
Dentro del salón, varios empresarios se acercaron a saludar a Noah.
Todos parecían conocerlo.
—Señor Hayes.
—Qué gusto verlo otra vez.
—Felicitaciones por el nuevo proyecto.
Observé a Ethan desde el otro extremo de la sala.
Parecía confundido.
Durante años había pensado que Noah era simplemente su mejor amigo.
No sabía cuánto había crecido mientras él vivía en otro continente.
Uno de los directivos del hotel levantó una copa.
—Queremos agradecer especialmente al arquitecto responsable de este proyecto.
Se escucharon aplausos.
El presentador sonrió.
—El señor Noah Hayes.
Ethan levantó lentamente la cabeza.
Noah caminó hacia el escenario.
Durante los siguientes diez minutos habló sobre restauración, patrimonio histórico y diseño sostenible.
No necesitó impresionar a nadie.
Simplemente sabía lo que hacía.
Cuando terminó, el salón entero volvió a aplaudir.
Mientras todos lo felicitaban, Ethan se acercó a mí.
Su voz había perdido la seguridad de siempre.
—Nunca me contó que trabajaba en algo tan importante.
Lo miré con serenidad.
—Nunca preguntaste.
Esa frase quedó suspendida entre los dos.
Porque era verdad.
Durante años Ethan había hablado de sus sueños.
De sus estudios.
De Londres.
De Claire.
Yo siempre escuchaba.
Él casi nunca preguntaba por los míos.
La cena comenzó poco después.
Noah regresó a mi lado.
Sin decir una palabra, apartó discretamente la cebolla de mi plato.
Exactamente igual que hacía desde que empezamos a salir.
Ethan observó el gesto.
Después bajó lentamente la mirada.
Tal vez acababa de comprender la diferencia entre alguien que era amado… y alguien que realmente prestaba atención.
Al terminar el evento salimos al estacionamiento.
La lluvia había comenzado.
Noah abrió el paraguas antes de que yo pudiera sacar el mío.
Me cubrió primero a mí.
Después a él.
Como siempre.
Cuando íbamos a subir al automóvil, escuchamos pasos detrás.
Era Ethan.
Respiraba con dificultad.
—Sophia…
Me detuve.
Noah también.
Ethan me miró fijamente.
—Tengo que preguntarte una sola cosa.
Asentí.
—Adelante.
Su voz apenas era un susurro.
—Si aquel día…
Hizo una pausa.
—Si hace cinco años hubiera aceptado una de tus trece confesiones…
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—¿Hoy serías mi esposa?
Miré a Noah.
Él no intervino.
Nunca lo hacía.
Esperó pacientemente mi respuesta.
Volví a mirar a Ethan.
—Sí.
Vi cómo aquella única palabra le rompía el corazón.
Pero aún no había terminado.
—La mujer que te habría dicho que sí hace cinco años… sí habría sido tu esposa.
Respiré hondo.
—Pero esa mujer ya no existe.
Tomé la mano de Noah.
—La mujer que soy hoy…
Sonreí con tranquilidad.
—Lo habría elegido a él igualmente.
Ethan permaneció inmóvil bajo la lluvia.
No intentó detenernos.
No volvió a hablar.
Solo observó cómo Noah abría la puerta del automóvil para mí.
Cuando el vehículo arrancó, Noah entrelazó sus dedos con los míos.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí.
Miré por la ventana mientras Ethan se hacía cada vez más pequeño bajo la lluvia.
Creí que aquella sería la última vez que lo vería.
Pero mi teléfono vibró antes de llegar a casa.
Era un mensaje de Claire Bennett.
Solo contenía una fotografía antigua tomada en la universidad.
En ella aparecíamos los cuatro.
Ethan.

Claire.
Noah.
Y yo.
Debajo había una única frase.
“Sophia, Ethan nunca rechazó tus trece confesiones por las razones que tú crees. Hay algo que Noah jamás te contó sobre aquella última noche antes de irse a Londres.”