PARTE 2: EL HIJO QUE ÉL NO PODÍA PERDER

La mujer levantó la mano.

—Sebastian.

Él detuvo el automóvil.

Ni siquiera pareció darse cuenta de que yo seguía sentada a su lado.

—Espera aquí.

Bajó.

La mujer corrió hacia él.

Era hermosa.

Delgada.

Elegante.

Exactamente el tipo de mujer que parecía pertenecer a su mundo.

Sebastian se quitó el abrigo y lo colocó sobre sus hombros.

Cinco minutos antes me había pedido conservar a nuestro hijo.

Ahora estaba cuidando a la mujer por quien acababa de divorciarse de mí.

Me reí.

Qué absurdo.

Saqué el teléfono y pedí un automóvil.

Cuando Sebastian regresó, mi asiento estaba vacío.


Esa noche llamó siete veces.

No respondí.

Al octavo intento llegó un mensaje:

“No hagas nada con el bebé hasta que hablemos.”

Lo observé durante varios segundos.

Después bloqueé la pantalla.

A la mañana siguiente, mientras organizaba mi equipaje, tocaron el timbre.

Era la mujer.

—Soy Isabella Reed.

—Ya sé quién eres.

Su expresión cambió ligeramente.

—Sebastian te habló de mí.

—No fue necesario. Pediste mi divorcio utilizando el Bluetooth del automóvil.

Isabella sonrió.

—Entonces esto será más sencillo.

Sacó un sobre.

—Quiero asegurarme de que entiendas que Sebastian y yo siempre terminamos regresando el uno al otro.

No tomé el sobre.

—Ya estamos divorciados.

—Pero estás embarazada.

Ahí estaba.

La verdadera razón de su visita.

—Eso no es asunto tuyo.

—Sebastian quiere conservarlo.

La miré.

—¿Cómo lo sabes?

Isabella tardó demasiado en responder.

Sonreí.

—Interesante.

Ella perdió parte de su seguridad.

—Evelyn, no confundas responsabilidad con amor.

—No lo hago.

Cerré la puerta.


Aquella tarde Sebastian apareció personalmente.

—Isabella vino aquí.

No era una pregunta.

—Sí.

Su rostro se endureció.

—¿Qué te dijo?

—Que tú y ella siempre vuelven el uno al otro.

Sebastian cerró los ojos.

—No debió venir.

—Ya consiguió lo que quería.

—¿Qué significa eso?

—Nuestro divorcio.

Guardó silencio.

Después miró las maletas.

—¿Adónde vas?

—A otra ciudad.

—Estás embarazada.

—También estaba embarazada ayer cuando me entregaste el divorcio.

No pudo responder.

Tomé una carpeta.

—Aquí están las llaves de la villa.

—Es tuya.

—No la quiero.

Aquello pareció molestarlo todavía más.

—¿Por qué estás rechazando todo?

—Porque quiero terminar limpiamente.

—¿Incluido nuestro hijo?

Su voz cambió.

—Especialmente el bebé.

Sebastian golpeó la mesa con la palma.

—¡Deja de decir eso!

Lo miré fijamente.

—¿Por qué te importa tanto?

Silencio.

—Elegiste a Isabella.

—Eso no significa que puedas decidir sola sobre…

Se detuvo.

—¿Sobre mi embarazo?

Su mandíbula se tensó.

Entonces dije lo que llevaba horas pensando.

—Sebastian, ¿por qué pediste el divorcio exactamente el día que Isabella regresó?

—Porque se lo debía.

—Eso no es una respuesta.

Por primera vez pareció cansado.

—Hace años ocurrió algo.

—¿Qué?

No respondió.

Su teléfono vibró.

Isabella.

Lo ignoró.

Volvió a vibrar.

Esta vez apareció un mensaje en la pantalla.

“No olvides lo que prometiste después de la muerte de tu madre.”

Sebastian tomó el teléfono inmediatamente.

Pero yo ya lo había leído.

—¿Qué tiene que ver tu madre con Isabella?

—Nada.

—Estás mintiendo.

Se quedó inmóvil.

Entonces comprendí algo.

Sebastian no parecía un hombre que acabara de recuperar al amor de su vida.

Parecía un hombre pagando una deuda.


Dos días después recibí una llamada inesperada.

Era el antiguo abogado de la madre de Sebastian.

—Señora Monroe…

—Ya no soy señora Monroe.

—Precisamente por eso puedo hablar con usted.

Me pidió reunirnos.

Llegó con una carpeta vieja.

—Antes de morir, la madre de Sebastian dejó documentos que su hijo nunca llegó a ver.

Sentí un mal presentimiento.

—¿Por qué?

—Porque alguien los retiró.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías.

Una mostraba a Isabella entrando en la casa de los Monroe años atrás.

Otra mostraba al padre de Sebastian entregándole dinero a la familia Reed.

La última tenía una fecha.

El día anterior a la muerte de su madre.

—¿Qué significa esto?

El abogado respondió:

—Isabella no regresó simplemente para recuperar a Sebastian.

Empujó otro documento hacia mí.

—Su familia lleva años ocultándole algo.

Leí la primera página.

Después la segunda.

Y finalmente entendí por qué Sebastian había reaccionado con tanta violencia cuando mencioné a nuestro bebé como un posible hijo ilegítimo.

Su trauma no había comenzado únicamente con la amante de su padre.

Isabella estaba conectada con aquella historia.

Y Sebastian acababa de divorciarse de mí por una mujer que sabía exactamente qué había ocurrido la noche en que murió su madre.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Sebastian.

Respondí.

Su voz llegó desesperada.

—Evelyn, ¿dónde estás?

Miré los documentos.

—Descubriendo por qué realmente te casaste conmigo.

Silencio.

—¿Quién está contigo?

—El abogado de tu madre.

Sebastian dejó de respirar.

Entonces supe que él también ocultaba algo.

—Evelyn, no leas nada más.

Miré la última página.

—Demasiado tarde.

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