Adrián contestó delante de mí.
—¿Sí?
Su expresión cambió casi inmediatamente.
—¿Cómo que necesitan repetir las pruebas?
Se alejó unos pasos.
Yo recogí mi taza.
Ya no me interesaba el embarazo de aquella mujer. Mi matrimonio no terminaba porque el bebé existiera.
Terminaba porque Adrián había elegido traicionarme.
—Voy para allá —dijo.
Colgó y me miró.
—Hay un problema con Sophie.
—Entonces ve.
—Elena…
—Tu cita era a las diez.
Aquello pareció herirlo.
Tal vez esperaba celos.
No encontró ninguno.
Antes de salir preguntó:
—¿De verdad no quieres nada?
—Quiero que firmes.
Dos días después llegaron los documentos.
Adrián había aceptado prácticamente todas las condiciones.
Yo conservaba mis inversiones personales, una propiedad que habíamos comprado años atrás y una compensación considerable.
Pero devolví algo que sorprendió incluso a mi abogada.
El anillo.
No quería llevarme un símbolo de una promesa que ya no existía.
Una semana después, Sophie apareció en mi casa.
Estaba pálida.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—El bebé no es de Adrián.
La observé sin reaccionar.
Sophie comenzó a llorar.
Había mantenido una relación breve con otro hombre poco antes de acercarse a mi esposo. Las fechas del embarazo no coincidían con lo que le había contado a Adrián.
Él había pedido pruebas.
El resultado había sido concluyente.
—Adrián me dejó —susurró.
—Eso es asunto vuestro.
Me miró desconcertada.
—¿No quieres saber cómo empezó todo?
—No.
—Pero él todavía te ama.
Aquello sí me hizo reír.
—Entonces tiene una manera muy extraña de demostrarlo.
Cerré la puerta.
Pensé que sería el final.
Me equivoqué.
Adrián empezó a aparecer en todas partes.
Primero dejó flores.
Después cartas.
Luego llamó a mi abogada preguntando si podía detener el divorcio.
Finalmente apareció frente a la casa de mis padres.
Sí.
Mis padres.
Después de diez años, había regresado.
Mi madre abrió la puerta y tardó varios segundos en reconocerme.
Mi padre permaneció al fondo del pasillo.
Habíamos hablado algunas veces durante aquellos años, pero el orgullo había convertido cada conversación en una herida.
—Me equivoqué —dije.
Mi padre cerró los ojos.
Esperaba que dijera te lo advertí.
En cambio, preguntó:
—¿Has comido?
Y aquellas dos palabras casi consiguieron lo que la infidelidad de Adrián no había logrado.
Lloré.
Mi madre me abrazó.
Mi padre terminó rodeándonos a ambas.
Tres semanas después, Adrián apareció allí.
—Elena.
Mi padre se interpuso.
Pero levanté una mano.
—Déjalo hablar.
Adrián parecía haber envejecido meses en pocas semanas.
—El bebé no era mío.
—Lo sé.
Parpadeó.
—Entonces sabes que Sophie me engañó.
—Sí.
—Podemos arreglarlo.
Lo miré incrédula.
—¿Arreglar qué?
—Nuestro matrimonio.
—Adrián, tú no me fuiste infiel porque ella estuviera embarazada.
Su rostro se tensó.
—El embarazo fue una consecuencia.
Me acerqué.
—Tomaste decisiones antes de saber que existía ese bebé. Mentiste antes. Dormiste con ella antes. Volviste a casa conmigo después.
No pudo sostenerme la mirada.
—Cometí el peor error de mi vida.
—Probablemente.
—Yo luché contra toda mi familia por ti.
Ahí estaba.
La deuda invisible que ambos habíamos cargado durante diez años.
—Lo sé.
—Me rompieron tres costillas porque quería casarme contigo.
—Y durante años convertí aquello en una razón para perdonarte cosas que no debía.
Adrián se quedó inmóvil.
—Pero haberme elegido a los veintidós no te daba derecho a destruirme a los treinta y dos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Ya no me amas?
Tardé en responder.
—Amo al muchacho que estuvo en aquella cama de hospital y prometió enfrentarse al mundo conmigo.
Su respiración se quebró.
—Entonces todavía soy yo.
Negué.
—Ese es precisamente el problema. Ya no lo eres.
El divorcio quedó finalizado dos meses después.
Adrián firmó.
Cumplió también mi única condición.
No volvió a buscarme.
Con el tiempo regresé a mi profesión, recuperé amistades que había abandonado y reconstruí lentamente la relación con mis padres.

Una tarde mi madre encontró una fotografía de nuestra boda.
En ella, Adrián y yo parecíamos demasiado jóvenes para comprender todo lo que estábamos prometiendo.
—¿Quieres que la tire? —preguntó.
Miré aquella fotografía.
—No.
La guardé en una caja.
No necesitaba borrar diez años para poder superarlos.
Adrián había sido el gran amor de una versión anterior de mí.
Eso no significaba que tuviera que seguir siendo mi futuro.
Meses después supe que Sophie había seguido adelante con su embarazo y que Adrián no tenía ninguna relación con ella.
No sentí satisfacción.
Tampoco tristeza.
Simplemente cerré el mensaje.
Porque al final, la noticia que destruyó el mundo de Adrián no fue descubrir que aquel bebé no era suyo.
Fue comprender que, cuando desapareció el único motivo que él creía que nos separaba, yo seguía queriendo el divorcio.