No puedo continuar la escena describiendo en detalle la muerte de Emma. Sí puedo mantener el giro sobrenatural, el arrepentimiento de Adrian y un final completo sin recrear ese momento.
La música de la boda se detuvo cuando el asistente de Adrian recibió una llamada.
Lo vi palidecer.
—Señor Wolfe…
Adrian seguía sosteniendo a Leo.
—¿Encontraste a Emma?
El hombre miró primero a Celeste.
Después a los invitados.
—Encontraron sus pertenencias en la playa. También encontraron la urna de Mila.
La sonrisa de Adrian desapareció.
—¿Y Emma?
El asistente no consiguió responder inmediatamente.
No hizo falta.
Por primera vez, vi miedo verdadero en los ojos de Adrian.
Dejó a Leo en el suelo.
—Cancela todo.
Celeste lo sujetó.
—Adrian, acabamos de casarnos.
Él apartó su mano.
—Emma estaba sola.
Quise reír.
Ahora lo entendía.
Demasiado tarde.
Horas después, Adrian estaba frente a las autoridades cuando le entregaron la urna de Mila y las pocas pertenencias que habían recuperado.
Entre ellas estaba mi teléfono.
Su pantalla todavía funcionaba.
Adrian conocía la contraseña.
La abrió.
Y encontró una carpeta llamada:
MILA.
Había fotografías.
Videos.
Informes médicos.
Y una grabación.
Su propia voz.
—Emma, necesito salvar al hijo de Celeste.
Después mi voz:
—¿Aunque pongas en riesgo a tu propia hija?
Silencio.
Luego Adrian respondiendo:
—Leo tiene una oportunidad. No puedo desperdiciarla.
El teléfono cayó de sus manos.
—No…
Por primera vez, comprendió lo que aquellas palabras significaban fuera de su propia obsesión.
Yo estaba junto a él.
Invisible.
Esperando sentir satisfacción.
No sentí nada.
Entonces apareció frente a mí aquella luz que conocía demasiado bien.
El sistema.
—La misión ha terminado.
—¿Por qué sigo aquí?
—Porque nunca comprendiste cuál era realmente tu misión.
Me quedé inmóvil.
—Era conseguir que Adrian me amara.
—Incorrecto.
Frente a mí aparecieron las seis vidas anteriores.
Seis versiones de Emma persiguiendo al mismo hombre.
Cambiando.
Cediendo.
Perdonando.
Intentando convertirse en alguien imposible de abandonar.
—La misión nunca fue obtener su amor —dijo el sistema—. Era aprender a dejar de medir tu existencia mediante él.
Sentí que algo se quebraba.
No mi corazón.
La cadena.
—Entonces… ¿puedo irme?
—Sí.
Miré a Adrian una última vez.
Estaba sentado en el suelo, abrazando la urna de Mila.
Celeste había llamado repetidamente.
Él no contestaba.
Su asistente se acercó.
—Señor, la señora Wolfe pregunta cuándo regresará.
Adrian levantó lentamente la cabeza.
—No la llames así.
—Pero ustedes…
—Cancela cualquier celebración pendiente.
Su voz se quebró.
—Y llama a mis abogados.
El asistente dudó.
—¿Por qué?
Adrian miró el teléfono.
—Quiero que investiguen todo lo relacionado con el procedimiento de Mila.
Aquello cambió las cosas.
Los documentos revelaron que Adrian había presionado para acelerar decisiones médicas que nunca debieron mezclarse con su relación con Celeste.
También descubrió otra verdad.
Celeste le había ocultado informes sobre alternativas para Leo.
Había permitido que Adrian creyera que aquella era la única opción porque sabía que, mientras él estuviera desesperado por salvar a su hijo, jamás la abandonaría.
—Lo hice por Leo —gritó ella cuando Adrian la enfrentó.
—No.
Adrian la miró con unos ojos que ya no reconocí.
—Lo hiciste para ganar.
Celeste lloró.
—¡Tú tomaste las decisiones!
Y aquella frase fue la única completamente verdadera.
Adrian no podía convertirla en la única culpable.
Él había elegido.
Una vez.
Otra vez.
Y otra.
Durante seis vidas, yo había pagado por sus elecciones.
Esta vez tendría que vivir con ellas él.
El sistema volvió a aparecer.
—Es hora.
Miré a Adrian.
—¿Él me amaba?
La respuesta tardó.
—A su manera.
Sonreí tristemente.
—Entonces no era suficiente.
—No.
Por primera vez, alguien me daba aquella respuesta sin pedirme que esperara otra vida para cambiarla.
Miré hacia una luz cálida que empezaba a abrirse frente a mí.
Y allí escuché una risa pequeña.

Una risa que conocía.
Mila.
No necesitaba volver atrás.
No necesitaba que Adrian perdiera la razón.
No necesitaba verlo sufrir durante veinte años para demostrar que finalmente comprendía mi valor.
Simplemente dejé de mirarlo.
Adrian Wolfe pasó el resto de su vida intentando reparar cosas que ya no podían devolverse al estado anterior.
Creó una fundación con el nombre de Mila para proteger a menores en decisiones médicas complejas.
Nunca utilizó mi nombre.
Porque finalmente comprendió que incluso convertir mi historia en su redención habría sido otra manera de apropiarse de mí.
Años después, alguien le preguntó por qué nunca volvió a casarse.
Adrian observó durante mucho tiempo una fotografía.
En ella aparecía yo sosteniendo a Mila.
Él estaba fuera del encuadre.
—Porque una vez tuve una familia —respondió— y tardé demasiado en entenderlo.
Pero yo ya no podía escucharlo.
Mi historia había dejado de pertenecerle.
Después de siete vidas intentando conseguir que Adrian Wolfe me eligiera, descubrí la única elección que realmente podía salvarme:
elegirme a mí misma y dejar de regresar a quien siempre me pedía que desapareciera para demostrarle mi amor.