El silencio dentro del consultorio se volvió insoportable.
Ricardo dio un paso hacia la camilla.
—¿Qué quiere decir con que no coincide?
El doctor Varela cerró lentamente el expediente.
—Señor Altamirano, antes de responder necesito hacer una pregunta.
Miró a Pamela.
—¿Autoriza que hable delante de todos los presentes?
Pamela tragó saliva.
Durante unos segundos no respondió.
Doña Teresa comenzó a impacientarse.
—Doctor, deje el misterio. Solo queremos escuchar el corazón de mi nieto.
El médico respiró hondo.
—Precisamente de eso se trata.
El embarazo evoluciona con normalidad.
Pero la edad gestacional no corresponde a la fecha de concepción que ustedes declararon en el expediente.
Ricardo frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—No lo es.
El ultrasonido muestra un desarrollo aproximado de veintinueve semanas.
Ustedes registraron que el embarazo comenzó hace poco más de veinticuatro.
Cinco semanas de diferencia.
La sonrisa de Roxana desapareció.
Pamela empezó a jugar nerviosamente con la sábana.
—Los bebés no siempre crecen igual…
—Es cierto —respondió el médico—. Por eso revisé nuevamente todos los estudios.
Luego abrió un sobre amarillo.
—Y encontré esto.
Era un resultado de laboratorio.
Fecha de ingreso.
Fecha de extracción.
Fecha de confirmación.
Todo realizado antes de la supuesta reconciliación entre Ricardo y Pamela.
El doctor levantó la vista.
—Este embarazo ya estaba en curso cuando, según ustedes mismos, aún no existía ninguna relación estable.
Doña Teresa miró a Pamela.
—¿Qué está diciendo?
Pamela no contestó.
Ricardo sintió que el estómago se le cerraba.
—Mi amor…
Diles que están equivocados.
Ella siguió en silencio.
Al mismo tiempo, a más de nueve mil metros de altura, Jimena acomodaba la cobija sobre Camila.
Mateo seguía despierto.
Miraba las nubes por la ventanilla.
—Mamá…
—¿Sí?
—¿Papá sabe que nos fuimos?
Jimena acarició su cabello.
—Sí.
—¿Va a enojarse?
Ella sonrió con tristeza.
—Eso ya no depende de nosotros.
Mateo asintió despacio.
Luego volvió a mirar el cielo.
—Me gusta que aquí arriba todo se vea tranquilo.
Jimena sintió un nudo en la garganta.
Por primera vez en mucho tiempo, su hijo parecía respirar sin miedo.
En la clínica, Ricardo ya no podía dejar de mirar a Pamela.
—Respóndeme.
¿Desde cuándo sabías esto?
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de ella.
—Yo…
No pude decirte.
—¡¿Decirme qué?!
El doctor intervino antes de que la discusión continuara.
—Hay otra situación que deben conocer.
Sacó un segundo documento.
—Cuando la señora Pamela ingresó al programa prenatal, declaró el nombre del posible padre biológico.
Ricardo extendió la mano.
—Déme eso.
Leyó la primera línea.
Luego la segunda.
Las letras comenzaron a moverse frente a sus ojos.
No aparecía su nombre.
Aparecía el de otro hombre.
Roxana dejó caer el teléfono.
Doña Teresa dio un paso atrás.
—Eso no puede ser…
Pamela rompió a llorar.
—Pensé…
Pensé que nunca saldría…
Ricardo levantó lentamente la vista.
Todo el orgullo con el que había firmado el divorcio aquella mañana había desaparecido.
Mientras tanto, el avión acababa de aterrizar en Madrid.
Jimena encendió su celular.
Había más de treinta llamadas perdidas de Ricardo.
No abrió ninguna.
Solo apareció un nuevo mensaje de Marisol.

“Ya ocurrió.”
“La clínica confirmó que el embarazo no coincide con la historia que ellos sostuvieron durante meses.”
“Y esto apenas es el principio.”
Jimena guardó el teléfono.
Tomó de la mano a Mateo.
Cargó a Camila, que seguía dormida.
Y comprendió que, por primera vez en nueve años, el futuro de sus hijos ya no dependía de las mentiras de la familia Altamirano.