La familia Castillo ocupó toda la sala VIP de la clínica.
Globos dorados.
Flores blancas.
Botellas de champaña esperando el momento del brindis.
Margaret Castillo sostenía una pequeña caja de terciopelo.
—Este reloj ha pasado de padre a hijo durante cuatro generaciones —dijo orgullosa—. Hoy sabremos quién será el siguiente Castillo en llevarlo.
Chloe sonrió mientras acariciaba su vientre.
Adrian no dejaba de mirar el monitor apagado de la sala de ecografías.
—Será niño.
Lo sé.
Vanessa soltó una risa.
—Después de dos hijos con Elena, por fin tendrás al heredero.
El doctor Reynolds entró con una carpeta en la mano.
Su expresión era demasiado seria para una celebración.
—Buenos días.
Todos respondieron con entusiasmo.
Solo él permaneció en silencio.
—Antes de comenzar necesito aclarar una información importante relacionada con los estudios genéticos que solicitó la señora Chloe.
Adrian sonrió.
—Perfecto.
Queremos saber si todo está bien con mi hijo.
El médico respiró lentamente.
—Precisamente de eso debemos hablar.
Abrió la carpeta.
—Los resultados fueron revisados dos veces por laboratorios independientes.
Margaret dejó escapar una pequeña carcajada.
—Doctor, no nos asuste.
El hombre levantó la vista.
—El embarazo evoluciona normalmente.
Todos respiraron aliviados.
Pero el médico continuó.
—Sin embargo…
El análisis de ADN prenatal confirma que el señor Adrian Castillo no es el padre biológico del bebé.
El silencio fue absoluto.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Adrian tardó varios segundos en reaccionar.
—Eso es imposible.
El doctor deslizó el informe sobre la mesa.
—Comprendo que sea difícil de escuchar.
Por eso repetimos la prueba.
Dos veces.
El resultado fue exactamente el mismo.
Chloe comenzó a negar con la cabeza.
—No…
Debe haber un error.
—También descartamos contaminación de muestras.
La probabilidad de error es inferior al cero punto cero cero uno por ciento.
Margaret dejó caer la caja del reloj.
Vanessa miró a Chloe como si nunca la hubiera visto.
Adrian dio un paso atrás.
—¿De quién es ese bebé?
Chloe rompió a llorar.
—Yo…
No pude responder.
Porque en ese mismo instante sonó el teléfono de Adrian.
Era el abogado Bennett.
Contestó sin apartar la vista de Chloe.
—¿Qué quieres?
Del otro lado solo se escuchó una frase.
—Necesita regresar inmediatamente.
Su exesposa acaba de presentar una demanda por fraude patrimonial.
Adrian cerró los ojos.
—No ahora.
—Ahora mismo.
Encontramos las transferencias.
Las propiedades.
Las cuentas ocultas.
Y hay algo peor.
Adrian sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué?
—El abogado Dawson representa a la familia Salazar.
No solo a Elena.
Margaret frunció el ceño.
—¿Qué familia Salazar?
Bennett respondió sin rodeos.
—La misma familia que financió más de la mitad del desarrollo inmobiliario donde usted compró sus propiedades.
La misma familia que, sin saberlo, era socia mayoritaria de todas las empresas donde el señor Castillo ocultó dinero.
Adrian dejó caer lentamente el teléfono.
Comprendió por primera vez quién había sido realmente Elena.
Nunca fue una mujer sin recursos.
Nunca estuvo atrapada.
Solo había esperado el momento exacto para marcharse.
Mientras tanto, en el aeropuerto de Madrid-Barajas, el vuelo privado ya estaba listo para despegar.
Noah dormía apoyado sobre mi hombro.
Lily sostenía mi mano con fuerza.
El abogado Dawson se sentó frente a mí.
—Hay una última decisión que debe tomar.
Lo miré en silencio.
Él colocó otra carpeta sobre la mesa.
—Hace una hora congelamos todos los bienes adquiridos con dinero de la sociedad conyugal.
Pero apareció algo que nadie esperaba.
Abrí lentamente el expediente.
Dentro había una escritura fechada ocho años atrás.
Firmada únicamente por Adrian.
Levanté la vista.
—¿Qué significa esto?
Dawson permaneció completamente serio.

—Significa que el ático donde vivía con Chloe…
Nunca fue realmente suyo.
Hizo una breve pausa antes de pronunciar la frase que cambiaría todo una vez más.
—Porque el verdadero propietario aparece registrado con otro nombre…
Y ese nombre es el de su propio padre.