PARTE 2: EL HEREDERO

Lyudmila no bajó el arma.

Pero tampoco abrió la puerta.

—¿Alexey? —preguntó sin apartar la vista del hombre herido—. ¿Quién eres realmente?

Él respiró con dificultad.

Miró a los dos bebés dormidos junto a la estufa.

Luego bajó la cabeza.

—Alexey Volkov.

El apellido hizo que Lyudmila frunciera el ceño.

Lo había escuchado muchas veces en las noticias.

La familia Volkov era dueña de uno de los mayores grupos industriales del país.

Hacía tres días que todos los canales repetían la misma noticia.

“El heredero Alexey Volkov desaparece junto a sus hijos gemelos durante un viaje privado.”

Las autoridades hablaban de un accidente.

Las empresas ofrecían una enorme recompensa.

Pero nadie mencionaba un intento de asesinato.


Los golpes en la puerta se hicieron más violentos.

—¡Lyudmila!

¡Sabemos que está ahí!

¡Entréganos al criminal!

Ella respondió con firmeza.

—¿Dónde está la policía?

Hubo un breve silencio.

Después contestó la voz.

—No hace falta.

Es un asunto familiar.

Alexey cerró los ojos.

—No les creas.

Si entro con ellos…

Mis hijos no sobrevivirán.


Lyudmila caminó lentamente hasta la ventana lateral.

Movió apenas la cortina.

Había cuatro camionetas negras.

Seis hombres.

Ninguno llevaba uniforme.

Todos estaban armados.

No era la policía.


Regresó junto a Alexey.

—¿Qué quieren?

Él habló casi en un susurro.

—Hace un mes mi padre murió.

El testamento me nombró heredero de todas las acciones con derecho a voto.

Mi hermano Boris heredó dinero.

Yo heredé el control.

—¿Y los bebés?

—Si yo muero…

Ellos heredan después de mí.

Lyudmila comprendió todo.

No perseguían únicamente a un hombre.

Perseguían una fortuna.


En ese momento sonó un teléfono.

No era el suyo.

Era el de Alexey.

Estaba dentro del bolsillo de su saco.

La pantalla mostraba un solo nombre.

Abuelo Viktor.

Alexey respondió con manos temblorosas.

—¿Abuelo?

Al otro lado se escuchó una voz cansada.

—¿Sigues vivo?

—Sí.

—Escúchame.

No confíes en nadie de la familia.

Boris sobornó a parte de nuestra seguridad.

La policía ya va hacia allá.

Pero no llegarán antes de treinta minutos.

Treinta minutos.

Los hombres ya intentaban derribar la puerta.


La primera patada hizo crujir la madera.

La segunda rompió el marco.

Red comenzó a ladrar con furia.

Los bebés despertaron llorando.

Lyudmila respiró profundamente.

Después miró la vieja escopeta de su difunto esposo.

Nunca imaginó volver a usarla.

La cargó con manos firmes.

—¿Sabes disparar?

Preguntó Alexey.

Ella sonrió apenas.

—Crecí cazando lobos para proteger el ganado.

El primer hombre que cruce esa puerta…

Se arrepentirá.


Desde afuera llegó la voz de Boris.

—¡Alexey!

¡Entréganos a los niños y te dejaré vivir!

Alexey soltó una risa amarga.

—Lleva intentando matarme desde que éramos adolescentes.

¿Por qué habría de creerle ahora?


Entonces ocurrió algo inesperado.

Un helicóptero apareció sobre el valle.

Todos levantaron la vista.

No era militar.

Era de un canal nacional de noticias.

Detrás llegaron dos camionetas de la policía regional.

Y luego otra.

Y otra más.

Boris comprendió demasiado tarde que alguien había revelado la ubicación.

Intentó subir a su vehículo.

Pero la carretera ya estaba bloqueada.


Horas después, mientras los agentes aseguraban la zona, el comandante de la policía entró en la casa.

Miró a Lyudmila.

Luego a los bebés.

Finalmente a Alexey.

Se cuadró con respeto.

—Señor Volkov…

Llevamos tres días buscándolo.

Todo el país cree que usted murió en el río.

Alexey señaló a Lyudmila.

—Si ella hubiera esperado a los rescatistas…

Mis hijos y yo estaríamos muertos.


Aquella misma noche, la noticia ocupó todos los informativos.

“Una granjera viuda salva de la inundación al heredero desaparecido Alexey Volkov y a sus hijos gemelos tras un presunto intento de asesinato.”

Pero mientras los periodistas contaban la historia del rescate…

Nadie sabía aún la verdad más importante.

Los hombres arrestados no eran simples secuestradores.

Eran empleados de la propia empresa Volkov.

Y las órdenes que llevaban en sus teléfonos apuntaban directamente a la oficina del vicepresidente del grupo.

El mismo cargo que, hasta esa mañana…

Seguía ocupando Boris Volkov.

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