El primer gran cambio ocurrió tres meses después.
Sophia Lin renunció.
Cuando me enteré, casi dejé caer el café.
—¿Renunció?
Adrian continuó revisando documentos.
—Sí.
—¿Por qué?
—La trasladé a otro proyecto. No le gustó.
Lo miré horrorizada.
Sophia no podía irse.
¡Era una pieza fundamental de mi divorcio multimillonario!
—¿No deberías convencerla de quedarse?
Adrian levantó lentamente la mirada.
—¿Quieres que la convenza?
—Es una empleada talentosa.
—Hace tres meses querías que desapareciera.
Sonreí rígidamente.
—He madurado.
Adrian cerró la carpeta.
—No la necesito.
Aquello me preocupó.
Pero todavía quedaban nueve años.
El destino encontraría otra forma.
Entonces llegó el segundo cambio.
El inversionista que debía aparecer al año siguiente contactó con Adrian siete meses antes de lo previsto.
La valoración de la empresa se multiplicó.
Yo estaba encantada.
Mi inversión avanzaba más rápido de lo esperado.
Compré champán.
Adrian regresó y encontró una cena enorme sobre la mesa.
—¿Qué celebramos?
—Tu éxito.
Me abrazó por detrás.
—Nuestro éxito.
Sonreí.
Técnicamente, esperaba que algún día una parte fuera mía.
—Claro. Nuestro éxito.
Pero Adrian no me soltó.
—Isabella, cuando la empresa crezca, quiero que dejes de preocuparte por el dinero.
—No me preocupa.
—Entonces dime qué quieres.
Ochocientos millones.
Pero aquello sonaría extraño.
—Nada.
Su expresión cambió.
—Otra vez haces eso.
—¿Qué?
—Actuar como si no necesitaras nada de mí.
Me quedé callada.
Adrian tomó mi mano.
—Antes querías una casa grande. Viajar. Tener un jardín.
Recordaba perfectamente aquella conversación.
En mi primera vida había esperado años por esas cosas.
Cuando finalmente tuvo dinero, Adrian estaba demasiado ocupado.
Esta vez ya no las deseaba.
Porque sabía cómo terminaba.
—La gente cambia.
Adrian me miró durante mucho tiempo.
—Sí —murmuró—. Eso es exactamente lo que me preocupa.
Pasaron dos años.
La empresa explotó.
Luego cinco.
Adrian apareció en revistas internacionales.
Compramos la mansión que recordaba de mi primera vida.
Pero Sophia nunca regresó.
Y Adrian tampoco tuvo otra mujer.
Al contrario.
Cuanto menos lo perseguía, más me buscaba él.
Si viajaba, llamaba todas las noches.
Si llegaba tarde, me avisaba.
Si alguna mujer se acercaba demasiado, él mismo marcaba distancia.
Mi plan empezaba a tener un problema gravísimo.
Mi esposo parecía cada vez más enamorado.
Cuando cumplimos treinta y tres años, ya estaba desesperada.
Faltaban dos años para el divorcio original.
Una noche pregunté casualmente:
—Adrian, ¿alguna vez has pensado que quizá te casaste con la persona equivocada?
Dejó inmediatamente su computadora.
—No.
—¿Nunca conociste a alguien que pareciera… tu alma gemela?
—Sí.
Mi corazón saltó.
—¿Quién?
Me señaló.
Casi me atraganté.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Aquello no estaba en el guion.
Llegó finalmente nuestro trigésimo quinto cumpleaños.
La fecha exacta del divorcio.
Me desperté nerviosa.
En mi primera vida, Adrian había colocado aquel día un acuerdo frente a mí.
Esperé durante el desayuno.
Nada.
Durante el almuerzo.
Nada.
Por la noche regresó temprano.
Traía una carpeta negra.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Por fin.
Diez años de paciencia.
Ochocientos millones.
Adrian dejó la carpeta delante de mí.
—Firma.
Intenté controlar mi sonrisa.
—¿Qué es?
—Ábrela.
La abrí.
Y me quedé paralizada.
No era un acuerdo de divorcio.
Era una transferencia irrevocable de acciones.
Una cantidad tan grande que mis manos comenzaron a temblar.
—Adrian… ¿qué significa esto?
—Que desde hoy eres una de las principales accionistas de la compañía.
Lo miré.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque construimos esto juntos.
Sentí frío.
No.
Así no debía suceder.
—¿Y si algún día nos divorciamos?
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué sigues esperando que me divorcie de ti?
Mi respiración se detuvo.
Adrian abrió un cajón.
Sacó un viejo cuaderno.
Reconocí mi letra.
Era el diario donde, poco después de regresar al pasado, había calculado fechas, valoraciones y una cifra repetida varias veces:
800.000.000.
Adrian lo dejó frente a mí.
—Encontré esto hace nueve años.
Palidecí.
—Entonces…
—Entonces entendí que estabas esperando algo.
Se inclinó hacia mí.
—Nunca descubrí cómo conocías el futuro.
Hizo una pausa.
—Pero sí entendí que estabas esperando que yo te abandonara.
Mi mundo quedó en silencio.
Adrian tomó el supuesto contrato.
—Así que durante diez años hice todo lo posible para convertirme en el hombre que nunca tendría motivos para hacerlo.
Miré las acciones.
Mi plan había funcionado demasiado bien.
Había esperado diez años para conseguir ochocientos millones mediante un divorcio.
Y acababa de recibir mucho más.

Sin divorcio.
Pero Adrian todavía tenía una última pregunta.
—Ahora dime la verdad, Isabella.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Quién fui para ti en ese futuro que tanto miedo te daba repetir?