Durante los primeros días, Ethan hizo todo lo posible por conseguir que renunciara.
Rechazaba la comida.
Cambiaba sus horarios sin avisarme.
Y desmontaba pequeñas piezas de la silla únicamente para comprobar si yo podía repararlas.
Siempre podía.
Al cuarto día dejé una caja de herramientas sobre su escritorio.
—La próxima vez que quiera ponerme a prueba, desmonte algo más difícil.
Ethan me miró.
—Sigues siendo igual.
Me quedé inmóvil.
—¿Igual?
Él apartó la mirada hacia la ventana.
—En la escuela arreglabas las bicicletas de todos detrás del gimnasio.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Ethan sí me recordaba.
Antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe en el pasillo.
Alguien se alejó rápidamente.
Abrí la puerta.
No había nadie.
Pero encontré un pequeño destornillador en el suelo.
Esa noche revisé la silla completa.
Dos tornillos del sistema de freno habían sido sustituidos por otros ligeramente más pequeños.
No era desgaste.
Era sabotaje.
A la mañana siguiente se lo enseñé.
—Alguien quiere provocar otra caída.
Ethan permaneció en silencio.
—Ya lo sabías —dije.
—Lo sospechaba.
Entonces abrió un cajón y sacó una carpeta.
Dentro había fotografías del automóvil destruido en su accidente.
—Los investigadores dijeron que fallaron los frenos.
Observé una de las imágenes.
Después otra.
Algo me llamó la atención.
—¿Puedo llevarme estas fotos?
—¿Por qué?
—Porque mi padre lleva treinta años reparando motores y sistemas eléctricos.
Ethan soltó una risa amarga.
—¿Quieres que un reparador de licuadoras resuelva lo que no resolvieron mis investigadores?
Lo miré.
—Ese reparador de licuadoras me enseñó todo lo que sé.
Dos días después, mi padre encontró la anomalía.
Un conector había sido manipulado deliberadamente.
Cuando regresé a la mansión, Ethan estaba esperándome.
Dejé el informe frente a él.
—Tu accidente fue provocado.
Por primera vez desapareció completamente su arrogancia.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
Entonces Ethan me entregó otra fotografía.
Mostraba su automóvil la mañana del accidente.
Detrás aparecía un hombre entrando al garaje.
Reconocí inmediatamente su rostro.
Se me heló la sangre.
Era el mismo empresario que intentaba quitarle el taller a mi padre.
—Lo conozco.
Ethan levantó la cabeza.
—¿De dónde?
—Está intentando destruir a mi padre.
El silencio se volvió pesado.
De repente todo estaba conectado.
Mi contratación.
El taller.
El accidente.
La silla manipulada.
Ethan cerró la carpeta.
—Desde ahora no vuelves sola a casa.
—Puedo defenderme.
—Lo recuerdo.
Me miró fijamente.
—También recuerdo aquella espada de plástico.
Sentí que me ardían las mejillas.
—¿Cómo sabes eso?
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Nora, tú creías que durante todos aquellos años eras invisible para mí.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Nunca lo fuiste.
Mi corazón se detuvo.
Pero antes de poder responder, el mayordomo entró corriendo.
—Señor Hale, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—El taller del señor Hayes está ardiendo.
Me levanté de golpe.
Ethan agarró mi muñeca.
—Nora.

Lo miré.
Su expresión ya no tenía nada del hombre derrotado que había conocido una semana atrás.
—Esta vez —dijo— no vas a enfrentarte sola a quienes intentan destruirte.
Y por primera vez comprendí que quizá yo no había llegado a aquella mansión para reparar a Ethan.
Quizá Ethan llevaba años esperando una razón para volver a luchar.