PARTE 2: EL FRASCO SIN ETIQUETA

Rodrigo no firmó.

La pluma quedó suspendida entre sus dedos.

El silencio que llenó la habitación fue tan pesado que incluso la lluvia parecía haber dejado de caer.

Miró primero el frasco.

Después el vaso de atole.

Y finalmente a su hijo.

Emiliano seguía abrazándose el estómago, respirando con dificultad.

—Papá… por favor…

Aquella voz ya no sonaba desesperada.

Sonaba agotada.

Rodrigo dejó lentamente la pluma sobre el buró.

Renata dio un paso hacia él.

—¿De verdad vas a creer esta locura?

Él levantó la mano.

—Nadie va a tomar ese vaso.

Lucía respiró con alivio.

Renata, en cambio, perdió por un instante la serenidad que había mantenido toda la noche.

Solo un segundo.

Pero Rodrigo lo vio.

—Dame el frasco.

Pidió con calma.

Renata reaccionó inmediatamente.

—No hace falta. Seguramente es un suplemento vitamínico que tiró la cocinera.

Lucía negó con firmeza.

—La cocinera ya no trabaja aquí desde hace dos meses.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Rodrigo tomó la bolsita transparente sin dejar de mirar a su esposa.

—¿Qué contiene?

Renata cruzó los brazos.

—No tengo idea.

—¿Entonces por qué quieres quitármelo?

Ella no respondió.

Quince minutos después, un médico de guardia llegó a la casa acompañado por un servicio privado de laboratorio.

No era ninguno de los doctores anteriores.

Era un toxicólogo recomendado por un viejo amigo de Rodrigo.

El especialista escuchó toda la historia sin interrumpir.

Después observó el vaso.

—¿El niño tomó de este mismo recipiente?

Lucía asintió.

—Sí, doctor.

El médico colocó cuidadosamente unas gotas del líquido en un pequeño tubo de análisis.

También guardó el resto del atole y el frasco oscuro en bolsas selladas.

—No puedo sacar conclusiones todavía.

Pero sí puedo decir una cosa.

Miró directamente a Rodrigo.

—Hasta tener resultados, este niño no debe consumir absolutamente nada preparado por una sola persona sin supervisión.

Renata sonrió con ironía.

—¿Ahora soy sospechosa por hacerle un atole?

El médico respondió con tranquilidad.

—No.

Es sospechoso cualquier alimento cuando existe una denuncia de posible alteración.

Mientras esperaban los resultados, Emiliano empezó a sentirse mejor.

Como ocurría siempre.

El dolor desaparecía lentamente.

Rodrigo observó aquel cambio con otros ojos.

Durante semanas había pensado que aquello demostraba que su hijo exageraba.

Ahora comprendía que significaba otra cosa.

Los síntomas aparecían.

Y después desaparecían.

Exactamente como el niño había dicho.

A media mañana sonó el teléfono del médico.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

Colgó lentamente.

—Encontramos una sustancia en el atole.

Rodrigo sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Qué sustancia?

El médico respiró hondo.

—No puedo afirmar todavía cómo llegó allí ni con qué intención.

Pero definitivamente no debería estar en una bebida para un niño.

Emiliano abrazó con fuerza el brazo de su padre.

Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

Había estado a segundos de enviarlo a una clínica creyendo que todo estaba en su imaginación.

Se volvió lentamente hacia Renata.

Ella permanecía inmóvil.

—¿Quieres explicarme algo?

Renata negó con absoluta calma.

—Eso no demuestra que yo hiciera nada.

Lucía dio un paso adelante.

—Yo la vi.

Renata giró bruscamente hacia ella.

—Mientes.

—La vi sacar el frasco de la bolsa de su bata.

La tensión volvió a llenar la habitación.

Entonces Rodrigo recordó algo.

Miró hacia el techo de la cocina.

Había instalado cámaras de seguridad meses atrás para vigilar las entradas de la casa.

Nunca pensó en ellas aquella noche.

Sacó el teléfono.

Abrió la aplicación.

Buscó la grabación de la cocina.

Las cámaras mostraban claramente a Renata entrando con el vaso.

Después se veía cómo abría un pequeño frasco.

Pero justo cuando iba a enfocar sus manos…

La imagen se congelaba durante casi treinta segundos.

Y luego continuaba normalmente.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué pasó aquí?

El técnico de seguridad respondió por teléfono unos minutos después.

—Eso no parece una falla.

Parece que alguien interrumpió la grabación de forma manual.

Rodrigo sintió un escalofrío.

Solo tres personas conocían la contraseña del sistema.

Él.

El administrador de seguridad.

Y Renata.

Cuando levantó la vista, ella ya no estaba junto a la puerta.

Había desaparecido del pasillo.

En ese mismo instante se escuchó el ruido del motor de un automóvil encendiéndose en el garaje.

Rodrigo corrió hacia la ventana.

El vehículo de Renata salía a toda velocidad.

Pero antes de que pudiera alcanzarlo, su teléfono vibró.

Era una llamada del laboratorio.

El especialista habló con voz grave.

—Señor Aranda…

Acabamos de identificar el contenido del frasco.

Y hay algo que cambia completamente este caso.

La sustancia no fue comprada en una farmacia.

Proviene de un laboratorio privado… y fue entregada hace dos meses a nombre de una persona que vive en esta misma casa.

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