Durante tres segundos después de mi llamada, nadie habló.
Solo se escuchaban los sonidos de los monitores de Luka y Korina.
Pitidos pequeños.
Constantes.
Recordándome que, aunque Dominik hubiera decidido abandonarnos, mis hijos seguían luchando.
Mi abuelo fue el primero en responder.
—Aurora, dime exactamente qué ocurrió.
Cerré los ojos.
No porque quisiera llorar.
Porque necesitaba recordar cada palabra.
—Dominik trajo los papeles del divorcio mientras nuestros hijos están en cuidados intensivos.
Al otro lado de la línea hubo silencio.
Un silencio mucho más aterrador que un grito.
—¿Está ahí ahora?
Miré a Dominik.
Seguía junto a Natalia.
Pero su seguridad había desaparecido.
Ya no parecía un hombre que acababa de ganar.
Parecía alguien que acababa de darse cuenta de que había apostado contra la persona equivocada.
—Sí.
Mi abuelo respiró lentamente.
—No te muevas de ahí.
La llamada terminó.
Dominik soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿En serio?
Me miró como si estuviera esperando que yo volviera a ser la mujer que conocía.
La mujer que siempre perdonaba.
La mujer que nunca preguntaba demasiado.
—¿Vas a llamar a tu abuelo para asustarme?
Natalia cruzó los brazos.
—Dominik, déjala. Está emocional. Acaba de dar a luz.
La miré.
Qué curioso.
La misma mujer que llevaba mi abrigo.
La misma mujer que estaba esperando que yo desapareciera.
Ahora intentaba hacerme parecer irracional.
—No estoy emocional, Natalia.
Mi voz salió tranquila.
—Estoy despierta.
Ella frunció el ceño.
Dominik dio un paso hacia mí.
—Aurora, no hagas esto más difícil.
Casi sonreí.
Esa frase.
Siempre esa frase.
Los hombres como él nunca decían “no quiero hacerte daño”.
Decían “no hagas esto más difícil”.
Como si el problema fuera la persona que sufría y no quien causaba el daño.
—Dominik.
Levanté el expediente de divorcio.
—Firmé todo lo que querías.
Él pareció relajarse.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
—El problema es que creíste que esos papeles eran una victoria.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué significa eso?
Dejé el expediente sobre la mesa.
—Significa que nunca preguntaste por qué mi abuelo insistió en que todo nuestro patrimonio familiar estuviera protegido antes de casarnos.
Silencio.
Natalia miró a Dominik.
—¿Qué quiere decir?
Por primera vez, vi una pequeña grieta en la confianza de mi esposo.
—Aurora…
—Tres años.
Lo interrumpí.
—Tres años pensando que era una mujer sin nada.
Me toqué suavemente el pecho, donde todavía sentía el peso de todo lo ocurrido.
—Tres años creyendo que tu apellido valía más que el mío.
Dominik tragó saliva.
—No sé de qué estás hablando.
—Claro que no.
Sonreí sin alegría.
—Porque nunca te interesó conocerme. Solo conocer lo que podías obtener de mí.
En ese momento, las puertas de la unidad neonatal se abrieron.
Dos guardias de seguridad entraron primero.
Después apareció un hombre mayor con un traje oscuro perfectamente ajustado.
A pesar de su edad, caminaba con una autoridad que hizo que todos en la habitación se apartaran.
Mi abuelo.
Alexander Sinclair.
Fundador del grupo médico Sinclair.
El hombre cuyo nombre estaba grabado en la entrada del hospital.
Dominik se quedó completamente inmóvil.
Natalia perdió la sonrisa.
—Señor Sinclair…
Mi abuelo no la miró.
Sus ojos estaban puestos en mí.
Luego en Luka y Korina.
Su expresión cambió.
Toda la dureza desapareció.
Se acercó a las incubadoras y apoyó una mano sobre el cristal.
—Mis bisnietos…
Su voz se quebró apenas.
Después se giró.
Y entonces volvió a ser Alexander Sinclair.
El hombre que había construido un imperio desde cero.
—Dominik Voss.
Mi esposo intentó recuperar la compostura.
—Señor Sinclair, creo que hay un malentendido.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—El único malentendido fue pensar que mi nieta estaba sola.
Nadie respiró.
Mi abuelo tomó el expediente de divorcio.
Lo abrió.
Leyó algunas páginas.
Después levantó la vista.
—Interesante.
Dominik intentó sonreír.
—Todo fue acordado.
Mi abuelo pasó una página.
—¿Incluyendo abandonar económicamente a dos bebés prematuros?
Dominik no respondió.
—¿Incluyendo falsificar información sobre los activos matrimoniales?
La sonrisa desapareció.
—¿Incluyendo intentar transferir una empresa valorada en millones bajo la impresión de que mi nieta no tenía recursos para defenderse?
Natalia dio un paso atrás.
—Eso no puede ser…
Mi abuelo la miró por primera vez.
—Señorita Reed, le recomiendo que tenga mucho cuidado con las próximas palabras que diga.
Ella cerró la boca.
Entonces mi abuelo se acercó a mí.
Me tomó la mano.
—Aurora.
Lo miré.
—¿Sí?
—Tu madre estaría orgullosa de ti.
Sentí que mis ojos ardían.
Porque por primera vez en días alguien no me estaba diciendo que era una carga.
Alguien me estaba recordando quién era.
Mi abuelo volvió hacia Dominik.
—Ahora vamos a aclarar algo.
Señaló el expediente.
—Usted pensó que estaba dejando a una mujer sin nada.
Pausa.
—Pero acaba de abandonar a la heredera de la familia que construyó el hospital donde sus hijos están luchando por vivir.
Dominik palideció.
Y entonces mi abuelo añadió:
—Lo más interesante es que todavía no sabe la peor parte.
Mi respiración se detuvo.
Dominik levantó la mirada.
—¿Qué peor parte?
Mi abuelo tomó una carpeta negra que uno de los guardias llevaba consigo.
La colocó sobre la mesa.
—Que antes de venir aquí, revisé los registros de la empresa de equipos médicos.
Dominik dejó de respirar.
—Y encontré algo que explica por qué tenía tanta prisa por divorciarse.
Mi abuelo abrió la carpeta.
Dentro había documentos.
Muchos documentos.

Y por primera vez desde que entró a la habitación, Dominik parecía realmente asustado.
Porque entendió algo.
No había abandonado a Aurora.
Había dejado de estar protegido por ella.