PARTE 2: EL FRASCO ESCONDÍA LA VERDAD

El trayecto al hospital fue un borrón de luces rojas, sirenas lejanas y el sonido de mi propia respiración intentando no romperse.

Daniel no dejó de sostener mi mano ni un segundo.

—Aguanta, Clara. Ya llegamos. Tú y nuestro bebé van a estar bien.

Yo quería creerle.

De verdad quería.

En cuanto entramos a Urgencias Obstétricas, dos enfermeras me llevaron directamente a valoración.

El monitor tardó apenas unos segundos en encontrar el latido.

Ese sonido…

Nunca había significado tanto.

—El bebé tiene frecuencia cardíaca —dijo la ginecóloga—. Pero presenta contracciones. Vamos a detenerlas de inmediato.

Sentí que volvía a respirar.

Daniel cerró los ojos unos segundos, agradecido.

Mientras me conectaban el suero, él sacó el celular.

No llamó a su madre.

No pidió explicaciones.

Marcó al abogado de la familia.

—Necesito que venga al Hospital San Gabriel. También quiero que avise al notario que redactó el fideicomiso de la casa. Es urgente.

Después llamó a un perito.

—Necesito analizar un frasco de vitaminas prenatales. Que nadie lo manipule.

Cuando colgó, encontró a Patricia esperándolo fuera de la habitación.

Su hermana lloraba sin poder levantar la cabeza.

—Perdóname, Dani.

—No me pidas perdón a mí.

—Mamá me obligó a callar.

Daniel permaneció en silencio.

Patricia respiró hondo.

—Hace tres meses vi cómo cambiaba las cajas de las vitaminas. Pensé que solo quería comprar una marca más barata. Cuando pregunté, me dijo que una mujer embarazada consentida necesitaba aprender a no depender de tantas medicinas.

Daniel sintió que la sangre le hervía.

—¿Y nunca revisaste qué había dentro?

Patricia negó con la cabeza.

—Me daba miedo enfrentarla.

En ese momento apareció el médico toxicólogo.

Recibió el frasco sellado y pidió que nadie abandonara el hospital hasta obtener un resultado preliminar.

La espera pareció eterna.

Una hora.

Dos.

Tres.

Yo seguía acostada, con medicamentos para detener las contracciones.

Daniel no se movía de mi lado.

Solo acariciaba mi cabello.

A las cuatro de la madrugada, el especialista regresó.

Traía una bolsa transparente con dos envases idénticos.

—Señor Daniel…

Él se puso de pie de inmediato.

—¿Qué encontraron?

El médico abrió el informe.

—Las vitaminas originales no estaban dentro del frasco.

El silencio fue absoluto.

—¿Entonces qué estaba tomando mi esposa?

El especialista levantó la vista.

—Pastillas para adelgazar adquiridas sin control sanitario. Contienen sustancias contraindicadas durante el embarazo y pueden provocar hipertensión, contracciones prematuras y complicaciones graves tanto para la madre como para el bebé.

Daniel sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

Yo cerré los ojos con fuerza.

De pronto entendí por qué llevaba semanas sintiéndome peor.

Por qué el médico decía que mis análisis eran extraños.

Por qué el bebé había dejado de moverse algunos días.

No era mi cuerpo.

Alguien estaba enfermándome.

En ese instante sonó el teléfono de Daniel.

Era el abogado.

—Ya hablé con el notario.

—¿Y?

—Encontró algo más. Mucho más grave.

Daniel salió al pasillo para escucharlo.

—La cláusula del fideicomiso no fue el único documento que modificó la voluntad de tu padre.

—¿Qué quieres decir?

—Hace seis meses alguien presentó una solicitud para declararte incapaz temporalmente de administrar el patrimonio familiar en caso de “inestabilidad emocional derivada de problemas matrimoniales”.

Daniel dejó de respirar.

—¿Quién presentó esa solicitud?

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.

—La firmó tu madre.

Pero eso no es lo peor.

Daniel apretó el teléfono.

—Habla.

—La acompañaba un certificado médico privado.

Supuestamente estaba firmado por el doctor que atendía a Clara.

Daniel sintió un escalofrío.

—Ese médico jamás ha tratado a mi esposa.

—Lo sé.

Porque el sello del certificado pertenece a un doctor que murió hace dos años.

Daniel levantó lentamente la mirada.

Al otro lado del pasillo, dos agentes de policía acababan de entrar al hospital.

Y detrás de ellos caminaba doña Rebeca.

Vestía de negro.

Traía un rosario entre las manos.

Y seguía sonriendo como si todavía creyera que podía controlar toda la historia.

Solo que esta vez, Daniel ya no pensaba escuchar una sola mentira más.

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