Rosa sostuvo la mirada de Patricia sin retroceder un solo centímetro.
—No voy a permitir que lastime a las niñas.
Patricia soltó una risa fría.
—¿Tú me lo vas a impedir?
Levantó la mano como si fuera a empujarla.
En el cuarto de monitoreo sentí que la sangre me hervía.
Ramiro volvió a hablar.
—Cinco minutos más, señor. Si ella cruza otra línea, tendremos todo grabado.
Apreté los puños.
Las cámaras seguían registrándolo todo.
Patricia empujó a Rosa contra la consola. El florero azul tembló peligrosamente, pero no cayó.
Daniela dio un paso al frente.
—¡No la empuje!
Patricia giró con los ojos llenos de ira.
—¿También tú vas a desafiarme?
La niña retrocedió de inmediato.
Martina comenzó a llorar en silencio.
No era un llanto escandaloso.
Era el llanto de una niña que ya había aprendido que hacer ruido empeoraba las cosas.
Aquello terminó de destrozarme.
Durante meses pensé que mis hijas seguían atrapadas en el duelo por la muerte de su madre.
Ahora comprendía que vivían con miedo.
Patricia respiró hondo, recuperó su sonrisa y volvió a mirar a Rosa.
—Cuando Emiliano regrese, te vas de esta casa esposada.
Rosa tragó saliva.
—Puede revisar mi cuarto.
—Eso ya está hecho.
Patricia señaló el segundo piso.
—Encontré mi brazalete entre tus cosas.
Ramiro abrió otra ventana del sistema.
—Señor… espere.
Retrocedió la grabación de dos noches antes.
La cámara del pasillo mostraba a Patricia saliendo de su habitación cerca de las dos de la madrugada.
Miró hacia ambos lados.
Entró al cuarto de servicio de Rosa.
Permaneció dentro menos de cuarenta segundos.
Salió con las manos vacías.
Ramiro congeló la imagen.
—Ahora vea esto.
Abrió la grabación de la mañana siguiente.
Patricia volvió a entrar al mismo cuarto.
Esta vez llevaba algo pequeño envuelto en un pañuelo.
Treinta segundos después salió sin él.
Mi mandíbula se tensó.
—Lo sembró…
—Sí, señor.
Pero entonces Daniela volvió a mirar el florero azul.
Esta vez no fue un segundo.
Fue una mirada insistente.
Como si quisiera decirle algo a alguien.
—Acérquelo.
Ramiro amplió la imagen.
El florero ocupó toda la pantalla.
Parecía normal.
Hasta que Daniela pasó junto a él fingiendo acomodar una fotografía.
Con un movimiento casi imperceptible levantó apenas la base.
Debajo apareció un diminuto punto negro.
Ramiro abrió mucho los ojos.
—Eso no estaba antes.
Tomó el control de otra cámara.
Amplió la resolución.
Era un micrófono inalámbrico.
Muy pequeño.
Perfectamente oculto.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde cuándo está ahí?
Ramiro comenzó a revisar grabaciones antiguas.
Cinco días.
Siete.
Diez.
Finalmente encontró el momento.
Tres semanas antes.
Patricia esperaba que las niñas durmieran.
Sacó aquel dispositivo del bolso y lo escondió bajo el florero.
Después hizo una llamada.
Aunque la cámara no tenía audio, los movimientos de sus labios eran claros.
Al terminar, sonrió.
Ramiro cambió inmediatamente a la grabación del sistema de sonido ambiental instalado en la sala.
La voz de Patricia llenó el cuarto de monitoreo.
—Ya está listo.
Nadie sospecha.
Las niñas hablan con Rosa todos los días delante del florero.
Si Emiliano empieza a desconfiar, tendremos conversaciones suficientes para destruirla.
Mi corazón dio un vuelco.
No buscaba un brazalete.
Llevaba semanas grabando cada palabra de Rosa.
Fabricando pruebas.
Preparando el momento perfecto para expulsarla.
Y mientras yo trabajaba creyendo que protegía a mi familia…
La verdadera amenaza dormía bajo mi mismo techo.
En ese instante, Patricia volvió a sujetar con fuerza el brazo de Martina.
La niña gritó de dolor.
Ya no esperé un segundo más.
Abrí la puerta del cuarto de monitoreo.
Miré a Ramiro.
—Llama a la policía.
Él asintió.

—¿Y usted, señor?
Tomé las llaves de la mansión.
Mi voz sonó más fría de lo que jamás la había escuchado.
—Voy a sorprender a la única persona que creía que yo estaba en un avión rumbo a Europa.