Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa sin apartar la vista del bebé.
—Arturo.
El abogado levantó la cabeza.
—Quiero la prueba de ADN hoy mismo. Prioridad absoluta.
—Ya llamé al laboratorio.
Yo seguía sosteniendo el celular donde mi madre me acusaba públicamente de secuestrar al niño.
Las notificaciones no dejaban de llegar.
Insultos.
Amenazas.
Fotografías mías tomadas años atrás.
Mi familia estaba destruyendo mi nombre para obligarme a regresar.
Alejandro extendió la mano.
—Déjeme ver el otro teléfono.
Le entregué el celular secreto de Sofía.
Leyó los mensajes uno por uno.
Su expresión cambió cuando abrió una carpeta protegida con reconocimiento facial.
Sorprendentemente, el teléfono seguía desbloqueado.
Dentro había capturas de documentos internos del Grupo Villarreal.
Una llevaba por título:
“Modificación del Fideicomiso Familiar Villarreal.”
Arturo respiró hondo.
—Señor…
Alejandro continuó leyendo.
La cláusula era clara.
Si Alejandro tenía un hijo biológico varón antes de cumplir treinta y cinco años, ese niño se convertía automáticamente en el primer beneficiario del fideicomiso principal.
Si no existía heredero reconocido…
El control de miles de millones de pesos pasaría al consejo familiar y a otros parientes.
Entonces comprendí el mensaje de Sofía.
“Si nace varón, tu fideicomiso cambia.”
Ella no buscaba formar una familia.
Había encontrado la llave de una fortuna.
En ese momento entró una asistente.
—Señor Villarreal, el presidente del consejo acaba de llegar.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Mi abuelo?
—Sí. Dice que es urgente.
Un anciano de cabello completamente blanco entró acompañado por dos escoltas.
Su mirada cayó inmediatamente sobre el bebé.
Después sobre mí.
Y finalmente sobre el teléfono de Sofía.
—Así que era cierto…
Alejandro permaneció serio.
—Todavía esperamos la prueba genética.
El anciano negó lentamente.
—No hace falta para entender lo que ocurrió.
Tomó una fotografía antigua del despacho.
En ella aparecía Alejandro junto a una joven.
La reconocí al instante.
Sofía.
Pero la imagen no era reciente.
Tenía al menos dos años.
—¿Se conocían desde entonces?
El anciano suspiró.
—Ella entró como becaria de investigación financiera.
—Nadie imaginó que estuviera copiando información confidencial durante meses.
Arturo abrió otra carpeta.
—Encontramos transferencias internacionales.
—Suiza.
—Luxemburgo.
—Islas Caimán.
—Todo comenzó mucho antes del embarazo.
Mi piel se erizó.
Mi hermana nunca fue una estudiante brillante buscando oportunidades.
Había estado infiltrándose dentro del grupo empresarial.
Entonces sonó el teléfono de Alejandro.
Contestó.
Escuchó apenas unos segundos.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué ocurrió?
Silencio.
—¿Cuándo desapareció?
Colgó lentamente.
Todos lo miramos.
—La policía internacional confirmó que Sofía nunca llegó a la universidad de Ginebra.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Entonces dónde está?
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.
—Desapareció del aeropuerto durante una escala en Frankfurt.
El abuelo cerró los ojos.
—No huyó sola.
—Alguien la estaba esperando.

Antes de que pudiéramos hablar, la pantalla del celular secreto de Sofía se iluminó.
Había llegado un nuevo mensaje desde un número desconocido.
Solo decía una frase:
“Si el niño sigue vivo, el acuerdo queda cancelado. Encuéntrenlo antes que los Villarreal.”