Ethan permaneció inmóvil frente al monitor.
—Eso es imposible.
La funcionaria volvió a comprobar los datos.
—No, señor Lu. Elena Jiang presentó documentación presencial hace cuatro días. Su identidad fue verificada.
Vivian perdió el color.
—Debe ser un error.
—Su matrimonio británico tampoco es un error, señorita Su.
Ethan giró lentamente hacia ella.
—¿Qué matrimonio?
Vivian retrocedió.
—Ethan, puedo explicarlo.
—¿Estás casada con Daniel Li?
—Nos separamos hace años. Solo faltaba completar unos trámites.
La mandíbula de Ethan se tensó.
—¿Desde cuándo?
Vivian no respondió.
La funcionaria cerró la carpeta.
—No podemos registrar este matrimonio.
Ethan salió del Registro Civil sin mirar atrás.
Vivian corrió tras él.
—¡Ethan!
Pero él ya estaba llamando a alguien.
—Encuentra a Elena.
Su asistente quedó desconcertado.
—Señor Lu…
—Está viva.
Tres palabras.
Y por primera vez en tres años, Ethan sintió que la persona enterrada había sido él.
Me encontró esa misma noche.
Yo estaba sentada junto a la ventana de un hotel, revisando documentos, cuando alguien golpeó la puerta.
Tres golpes.
Lentos.
Conocidos.
Abrí.
Ethan estaba allí.
No llevaba corbata.
Su cabello estaba desordenado.
Nunca lo había visto así.
Sus ojos recorrieron mi rostro como si necesitara comprobar que no era una ilusión.
—Elena.
—Hola, Ethan.
Su respiración se volvió pesada.
—Estás viva.
—Eso parece.
—Durante tres años creí que estabas muerta.
—Lo sé.
—Fui a identificar una urna.
—También lo sé.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Por qué?
Lo observé en silencio.
—Porque Elena Lu tenía que morir para que Elena Jiang pudiera vivir.
Ethan soltó una risa amarga.
—¿Sabes qué hice después de recibir aquella noticia?
—No me interesa.
Eso lo silenció.
Después preguntó:
—¿Por qué regresaste?
Me aparté de la puerta.
Sobre la mesa había una carpeta.
La misma clase de carpeta que él había colocado frente a mí cuando pidió el divorcio.
Solo que ahora era yo quien tenía algo que exigir.
—¿Recuerdas el favor que me debes?
Su expresión cambió.
Claro que lo recordaba.
—Dijiste que, si estaba dentro de tus posibilidades, cumplirías.
—¿Qué quieres?
Empujé la carpeta hacia él.
Ethan la abrió.
Dentro había documentos sobre una empresa tecnológica llamada NovaGen.
En tres años había pasado de ser una pequeña compañía desconocida a controlar varias patentes biomédicas extraordinariamente valiosas.
Ethan levantó la vista.
—¿Qué tiene esto que ver contigo?
—NovaGen es mía.
Por primera vez, vi auténtica sorpresa en su rostro.
—Necesito recuperar unas acciones que están bloqueadas por un antiguo acuerdo con el Grupo Lu.
Pasó varias páginas.
Entonces comprendió.
Su padre había intentado absorber NovaGen meses atrás sin saber quién estaba detrás.
—Quieres que renuncie a la adquisición.
—No.
Sonreí.
—Quiero que votes contra tu padre y liberes mis patentes.
Ethan cerró lentamente la carpeta.
Aquello podía provocar una guerra dentro de su propia familia.
—¿Para esto regresaste?
—Para esto conservé tu favor.
—¿Y Vivian?
—Nunca regresé por Vivian.
—¿Y por mí?
Lo miré.
—Mucho menos por ti.
Aquellas palabras parecieron dolerle más de lo esperado.
A la mañana siguiente, Ethan cumplió.
Frente a todo el consejo de administración, votó contra su propio padre.
La adquisición cayó.
NovaGen quedó libre.
Y esa misma tarde mi nombre apareció oficialmente como fundadora y accionista principal.
Entonces comprendieron todos por qué había regresado.
No para recuperar un matrimonio.
Para recuperar mi vida.
Vivian intentó buscarme.
No la recibí.
Daniel Li había iniciado formalmente el proceso relacionado con su matrimonio y Ethan había roto cualquier contacto con ella.
Nada de aquello me produjo satisfacción.
Porque yo ya había ganado tres años antes.
El día que dejé de competir.
Antes de marcharme de la ciudad, Ethan volvió a buscarme.
Esta vez estaba solo.
—Hay algo que necesito saber.
—Pregunta.
—Cuando te pedí el divorcio… ¿de verdad creías que nunca te quise?
Guardé silencio.
Él continuó:
—Mi abuela quería que me casara, sí. Pero ella me presentó a otras mujeres.
Lo miré.
—Yo te elegí a ti.
Recordé aquella conversación frente a la mansión.
“¿Nunca entendiste por qué te elegí?”
Entonces no había querido escuchar.
Ahora ya no importaba.
—Quizá me quisiste, Ethan.
Sus ojos se iluminaron apenas.
Pero terminé:
—Simplemente nunca lo hiciste de una manera que me hiciera querer quedarme.
La esperanza desapareció.
Me entregó algo.
Mi antiguo certificado de divorcio.
—Me dijiste que lo tirara.
—Sí.
—Nunca pude hacerlo.
Lo tomé.
Lo rompí por la mitad.
Luego otra vez.
Y dejé los pedazos sobre la mesa.
—Ahora sí.
Caminé hacia la puerta.
Ethan no intentó detenerme.
Solo preguntó:
—¿Volveré a verte?
Me detuve un instante.
—Eso ya no es un favor que puedas pedirme.
Salí.

Tres años antes había fingido mi muerte para escapar de una vida en la que siempre fui la segunda opción.
Esta vez no necesitaba desaparecer.
Porque Elena Jiang ya no huía de Ethan Lu.
Simplemente había aprendido a vivir sin él.