PARTE 2: EL FAVOR QUE ETHAN TODAVÍA ME DEBÍA

Ethan permaneció inmóvil frente al monitor.

Vivian fue la primera en reaccionar.

—Debe ser un error.

La funcionaria negó con la cabeza.

—No lo es.

Tecleó nuevamente.

—Elena Jiang actualizó personalmente su situación consular hace cuatro días. Su identidad fue verificada mediante documentación biométrica.

Ethan apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—¿Dónde?

—No puedo proporcionarle esa información.

—Soy su exmarido.

—Precisamente. Exmarido.

La palabra pareció golpearlo.

Entonces la funcionaria miró a Vivian.

—Además, señorita Su, mientras su matrimonio anterior siga vigente, no podemos registrar uno nuevo.

Vivian agarró el brazo de Ethan.

—Puedo explicarlo.

Él apartó lentamente la mano.

—¿Estás casada?

—Fue solo por documentos.

—¿Desde cuándo?

Vivian calló.

—Te hice una pregunta.

—Desde Inglaterra.

Ethan palideció.

—¿Mientras yo pagaba tus estudios?

—Ethan…

—¿Mientras me escribías diciendo que seguías esperándome?

Vivian empezó a llorar.

Pero Ethan ya no la miraba.

Solo veía un nombre en la pantalla.

Elena Jiang.

Viva.

Tres horas después recibí una llamada.

Estaba en Singapur, frente al ventanal de una sala de reuniones.

Durante aquellos tres años no había estado escondiéndome.

Había recuperado mi apellido materno, terminado el máster que abandoné para casarme y convertido una pequeña consultora tecnológica en una empresa que acababa de cerrar su mayor operación en Asia.

Mi antigua vida parecía pertenecerle a otra mujer.

El teléfono volvió a sonar.

Número desconocido.

Respondí.

—¿Sí?

Silencio.

Después escuché su respiración.

—Elena.

Cerré los ojos un instante.

Tres años.

Y aun así reconocí inmediatamente su voz.

—Hola, Ethan.

—Estás viva.

—Eso parece.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Esa pregunta admite demasiadas respuestas.

—¡Me dijeron que habías muerto!

—Lo sé.

—¡Recibí una urna!

—También lo sé.

Su respiración se volvió irregular.

—Durante tres años pensé que habías muerto.

—Durante tres años tú viviste exactamente la vida que querías.

Silencio.

Entonces pregunté:

—¿Te casaste con Vivian?

Su risa fue seca.

—Sabías que estaba casada.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Antes de nuestro divorcio.

Otro silencio.

—¿Y no me lo dijiste?

—No era mi problema.

—Podrías haber evitado todo esto.

—Ethan, yo no me divorcié para salvarte de Vivian. Me divorcié para salvarme de ti.

No contestó.

Miré el reloj.

—Tengo una reunión.

—Espera.

Su voz cambió.

—Quiero verte.

—No.

—Elena…

—Adiós.

Colgué.

Pensé que terminaría ahí.

Me equivoqué.

Dos semanas después regresé a Shanghái por negocios.

Cuando salí del ascensor del hotel, Ethan estaba esperando.

Parecía distinto.

Más delgado.

Más cansado.

—Chloe me dijo dónde estabas.

—Entonces tendré que hablar con Chloe.

—Le rogué durante dos semanas.

Intenté pasar.

Ethan se interpuso.

—Solo diez minutos.

Lo miré.

—Cinco.

Nos sentamos en el vestíbulo.

No pidió café.

—Vivian y Daniel siguen casados —dijo.

—Ya lo sabía.

—Daniel me enseñó mensajes.

Tampoco pregunté.

—Ella nunca pensó volver conmigo definitivamente. Quería que financiara su divorcio y el negocio que planeaba abrir.

Ethan soltó una risa amarga.

—Supongo que esperas que diga que tenías razón.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya no necesito tener razón.

Eso pareció desconcertarlo más que cualquier reproche.

Sacó algo del bolsillo.

Mi antiguo certificado de divorcio.

El mismo que le había dicho que tirara.

—Lo conservaste.

—Conservé muchas cosas.

—Ese fue tu problema.

Me miró fijamente.

—Después de tu supuesta muerte encontré una caja.

Mi expresión cambió apenas.

—¿Qué caja?

—Las cartas de aceptación.

Entonces lo recordé.

Cambridge.

Hong Kong.

Singapur.

Tres oportunidades profesionales rechazadas durante nuestro matrimonio.

—Renunciaste a todas —dijo.

—Sí.

—Por mí.

—Por nuestro matrimonio.

Bajó la cabeza.

—Nunca lo supe.

—Nunca preguntaste.

Aquella frase terminó la conversación.

Me levanté.

Ethan también.

—¿Por qué fingiste morir?

Esta vez decidí responder.

—Porque conocía a tu familia. Sabía que tu madre intentaría vigilarme, que tú quizá buscarías comprobar dónde estaba y que Vivian convertiría mi nueva vida en otra competición. Necesitaba desaparecer completamente para empezar de cero.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no necesito esconderme.

Di dos pasos.

—Elena.

Me detuve.

—Aún te debo un favor.

Lo había recordado.

Me volví.

—Sí.

—¿Por eso reapareciste?

Sonreí.

—En parte.

Tres días después, Ethan recibió una dirección.

Cuando llegó encontró un despacho jurídico.

Yo estaba sentada frente a una mesa.

Mi abogado colocó un documento delante de él.

Ethan lo leyó.

Su rostro cambió.

Durante nuestro matrimonio, su abuela había creado un pequeño fondo de inversión a mi nombre.

Yo nunca lo había tocado.

Con los años, aquel fondo había adquirido discretamente participaciones en varias empresas.

Una de ellas acababa de convertirse en pieza esencial para una operación que el Grupo Lu necesitaba cerrar.

Ethan levantó la vista.

—¿Quieres dinero?

—No.

—Entonces, ¿qué quieres?

Recordé aquella mañana del divorcio.

Sin condiciones. Si algún día lo reclamo y está dentro de tus posibilidades, tendrás que cumplirlo.

Empujé el documento.

—Quiero mi favor.

Leyó la cláusula.

—¿Que renuncie a impugnar los derechos de este fondo?

—Y que tu familia tampoco intervenga.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Ethan tomó la pluma.

Pero antes de firmar preguntó:

—Si hago esto… ¿quedamos en paz?

Lo pensé.

—No.

Sus dedos se tensaron.

—Quedamos en cero.

Firmó.

Y por primera vez desde que lo conocía, Ethan Lu no me debía nada.

Ni yo a él.

Un año después vi su nombre nuevamente.

No fue en una invitación.

Ni en un mensaje.

Era una noticia empresarial.

Ethan había dejado la dirección del Grupo Lu y se había trasladado al extranjero.

Vivian finalmente se divorció de Daniel, pero Ethan nunca volvió con ella.

Chloe me preguntó una noche:

—¿Te arrepientes de haber desaparecido?

Miré la ciudad desde mi terraza.

—De desaparecer, no.

—¿Y de casarte con él?

Tardé un poco más en responder.

—Tampoco.

Ella me miró sorprendida.

Sonreí.

—Hay personas que llegan a tu vida para quedarse. Y otras que llegan para enseñarte exactamente qué vida no quieres volver a vivir.

Meses después recibí un sobre sin remitente.

Dentro estaba aquel viejo certificado de divorcio.

Ethan finalmente me lo había devuelto.

En la parte posterior había escrito únicamente:

Favor pagado. Que tengas una buena vida, Elena.

No respondí.

Rompí el certificado por la mitad y lo dejé caer en la papelera.

Tres años atrás había fingido mi muerte porque creía que Elena Jiang necesitaba morir para poder escapar de aquella historia.

Ahora entendía que no había sido necesario.

Yo nunca había muerto.

Solo había dejado de vivir como la mujer que Ethan Lu esperaba que fuera.

Y aquella fue la única resurrección que realmente importó.

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