PARTE 2: EL FALSO HEREDERO

No había llegado siquiera al final del camino cuando mi teléfono empezó a vibrar.

Adrian.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Después Margaret.

Después Vanessa.

No contesté a ninguno.

Dentro de la mansión, la grabación continuaba.

La voz masculina preguntó:

—¿Y si Adrian descubre que el bebé no es suyo?

Emily respondió con una pequeña risa.

—No lo descubrirá. Se niega a hacerse pruebas médicas desde hace años. Además, su familia está tan desesperada por un heredero que creerán cualquier cosa.

El hombre volvió a hablar:

—¿Y Clara?

—La echarán en cuanto enseñe la ecografía.

Hubo una pausa.

—Después convenceré a Adrian de divorciarse y asegurar algo para el bebé. Cuando todo esté firmado, ya veremos qué hacemos con él.

En la mansión nadie respiraba.

Adrian miró lentamente a Emily.

—¿Quién es ese hombre?

Ella palideció.

—Está sacado de contexto.

—¿Quién es?

Margaret agarró la ecografía.

—Emily, dime que esto es mentira.

Emily comenzó a llorar.

Pero aquella vez sus lágrimas no funcionaron.

Adrian tomó el teléfono y siguió escuchando.

La siguiente grabación era todavía peor.

Emily hablaba de fechas.

De citas.

De cómo había calculado el embarazo para que Adrian creyera que coincidía con su relación.

Y entonces Adrian recordó algo.

Diez semanas.

La noche que Emily afirmaba que había iniciado todo, Adrian había estado fuera del país.

Su expresión cambió por completo.

—No puede ser mío.

Emily retrocedió.

—Adrian, puedo explicarlo.

—Hazlo.

Margaret se dejó caer en el sofá.

Minutos antes me había expulsado porque yo no podía darle un heredero.

Ahora sostenía entre las manos la ecografía de un niño que quizá ni siquiera pertenecía a su familia.

Adrian salió corriendo hacia la puerta.

Pero yo ya me había marchado.

Me encontró dos días después en el despacho de mi abogada.

Parecía no haber dormido.

—Clara.

Me levanté.

—Señor Lancaster.

Aquellas dos palabras lo golpearon más que cualquier grito.

—La prueba confirmó que no soy el padre.

Asentí.

—Lo siento.

Adrian pareció encontrar esperanza en mi respuesta.

—Entonces podemos arreglarlo.

Lo miré sorprendida.

—¿Arreglar qué?

—Todo fue una mentira de Emily.

—Emily mintió sobre su bebé.

Me acerqué a la mesa.

—Pero tú no mentiste cuando la elegiste.

Su rostro se tensó.

—Estaba confundido.

—Tu madre tampoco estaba confundida cuando me echó.

—Hablaré con ella.

—No hace falta.

Mi abogada colocó una carpeta delante de él.

Adrian la abrió.

Dentro estaban los documentos para iniciar nuestra separación legal y el inventario de los bienes que yo había aportado al matrimonio.

Su expresión cambió.

—Clara, no hagas esto por rabia.

—No estoy enfadada.

Y era verdad.

Aquella era precisamente la razón por la que ya no había vuelta atrás.

—Durante tres años permitiste que tu familia me responsabilizara de que no tuviéramos hijos mientras tú te negabas incluso a realizarte estudios.

Bajé la voz.

—Y cuando apareció una mujer con una ecografía, necesitaste menos de una noche para reemplazarme.

Adrian cerró los ojos.

—Cometí un error.

—No.

Negué lentamente.

—Tomaste una decisión.

Me dirigí hacia la puerta.

Él me llamó antes de que saliera.

—¿Por qué tenías esas grabaciones?

Me detuve.

—Porque Emily intentó acercarse a mí hace dos semanas.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Quería asegurarse de que yo estuviera presente cuando anunciara el embarazo. Pensó que verme destruida sería divertido.

Había dejado su teléfono sobre una mesa mientras hablaba con aquel hombre.

Y yo había escuchado suficiente para comprender lo que planeaba.

No enfrenté a Emily.

Quería descubrir hasta dónde llegaría.

La respuesta fue sencilla.

Hasta mi propia expulsión.

—Entonces sabías lo que ocurriría aquella noche —murmuró Adrian.

—Sabía lo que Emily intentaría.

Lo miré por última vez.

—Lo que no sabía era qué harías tú.

El silencio respondió por él.

Seis meses después, Emily ya no estaba en Lancaster Group.

Pero yo tampoco regresé.

Margaret me envió cartas.

Vanessa pidió disculpas.

Adrian apareció varias veces frente a mi nuevo apartamento.

Nunca abrí.

Porque el verdadero regalo que aquel teléfono me había dado no era demostrar que Emily mentía.

Era algo mucho más valioso.

Me permitió descubrir que, incluso cuando todos creían que yo era el problema, el único lugar del que realmente necesitaba marcharme era aquella familia.

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