Todo el restaurante se puso de pie.
No porque mi padre lo ordenara.
Porque lo reconocieron.
El gerente caminó directamente hacia él.
—Señor Cortés, la sala privada ya está preparada.
Mi padre hizo un gesto para detenerlo.
—Después.
Sus ojos seguían sobre Renata.
Ella sonrió con nerviosismo.
—Señor… creo que hay un malentendido. Su hija no puede ser ella.
Mi padre pasó un brazo por mis hombros.
—¿Por qué no?
Renata abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
El abogado de Grupo Cortés dejó un portafolios sobre la mesa.
Los dos auditores hicieron lo mismo.
Uno de ellos abrió el expediente de Materiales Salgado.
La portada mostraba una cifra enorme.
Ochenta millones de pesos.
Renata tragó saliva.
—¿Qué… qué significa eso?
Mi padre tomó asiento con absoluta tranquilidad.
—Significa que esta noche decidiríamos si su empresa continúa siendo proveedora del grupo.
Ella intentó sonreír.
—Entonces qué bueno que nos encontramos. Mi papá siempre dice que nuestra relación con Grupo Cortés es excelente.
Uno de los auditores levantó varias hojas.
—Eso era antes de descubrir treinta y cuatro facturas duplicadas, certificados de calidad alterados y materiales entregados por debajo de las especificaciones contratadas.
El color desapareció del rostro de Renata.
—Eso… eso debe ser un error.
—Ojalá lo fuera.
El abogado colocó varias fotografías sobre la mesa.
Lotes defectuosos.
Firmas distintas.
Transferencias bancarias.
Correos electrónicos.
Todo perfectamente ordenado.
Mi padre ni siquiera levantó la voz.
—La investigación comenzó hace diez meses.
Yo permanecía en silencio, limpiando las últimas gotas de vino de mi cabello.
Renata me señaló con un dedo tembloroso.
—Ella… ella no puede participar en esto.
El auditor sonrió ligeramente.
—La licenciada Valeria Cortés dirige personalmente esta auditoría.
Renata quedó inmóvil.
Me miró como si acabara de verme por primera vez.
—¿Tú… trabajas para Grupo Cortés?
Asentí.
—Desde hace cinco años.
—¿Entonces… desde la universidad?
—También.
Su respiración empezó a acelerarse.
Comprendía demasiado tarde que durante todos aquellos años había humillado precisamente a la mujer que revisaba las cuentas de la empresa de su familia.
En ese momento apareció un hombre jadeando desde la entrada.
Era Mauricio.
Su prometido.
—Renata, tu papá lleva media hora llamándote.
Ella tomó el teléfono con manos temblorosas.
Solo alcanzó a escuchar unos segundos.
Después dejó caer el aparato sobre la mesa.
—¿Qué pasó? —preguntó Mauricio.
Renata levantó lentamente la vista hacia mí.

Tenía los ojos llenos de miedo.
—La Unidad Antifraude… acaba de entrar a las oficinas de Materiales Salgado.
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