PARTE 2: EL EXPEDIENTE TENÍA SUS NOMBRES DESDE HACÍA VEINTE AÑOS

Dormí menos de dos horas.

A las ocho de la mañana ya estaba sentada frente al despacho del licenciado Octavio Rivera, en el centro de Guadalajara.

El edificio era antiguo.

Las paredes estaban cubiertas de archiveros metálicos y cajas perfectamente etiquetadas.

Cuando entré, el abogado no me saludó de inmediato.

Sacó una llave pequeña.

Abrió un archivador gris.

Y colocó sobre la mesa una carpeta gruesa.

En la portada solo había una palabra.

SALCEDO.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué mi mamá tenía un expediente sobre la familia de mi esposo?

Octavio respiró lentamente.

—Porque ella empezó a prepararlo mucho antes de que usted conociera a Rodrigo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—No entiendo.

Él abrió la primera página.

Había fotografías.

Recibos.

Copias de demandas.

Sentencias judiciales.

Contratos.

Todo organizado por fechas.

—Su madre era una mujer muy desconfiada cuando se trataba de proteger lo poco que tenía.

Pasó otra hoja.

—Cada vez que alguien intentó aprovecharse de ella, guardó pruebas.

Llegó a una fotografía de Beatriz.

Más joven.

Discutiendo con otra mujer frente a una vivienda.

—¿La reconoce?

Asentí.

—Es mi suegra.

—Hace dieciocho años intentó convencer a una viuda de poner una casa a nombre de uno de sus hijos.

No lo consiguió.

Dos años después esa mujer presentó una denuncia por abuso de confianza.

Sentí que las manos empezaban a temblarme.

—¿Fue condenada?

—No.

—¿Por qué?

—Porque la denunciante retiró el caso.


Octavio siguió pasando páginas.

Ahora aparecía Mireya.

Firmando un contrato.

Después otra imagen.

La misma firma.

Pero completamente distinta.

—¿Qué es esto?

—Un peritaje caligráfico.

Levantó la vista.

—Su cuñada ya había sido investigada por falsificación de firmas.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—¿Rodrigo sabía todo esto?

Octavio guardó silencio unos segundos.

—Hay algo más importante.

Sacó un sobre amarillo.

Dentro había una memoria USB.

—Su madre me pidió entregársela únicamente si intentaban quitarle el edificio.

La conectó a la computadora.

En la pantalla apareció un video.

Mi madre.

Sentada en su pequeño puesto de tamales.

Sonriendo como siempre.

—Mijita…

Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

—Si estás viendo esto, es porque los Salcedo empezaron a hacer exactamente lo que imaginé.

Respiré con dificultad.

—Escúchame bien.

Tu esposo no llegó a tu vida por casualidad.

Sentí que el mundo entero dejaba de moverse.

—¿Qué…?

Mi madre continuó hablando desde la pantalla.

—Hace años alguien empezó a preguntar cuánto había ahorrado, si el edificio ya estaba a mi nombre y quién iba a heredarlo.

Yo nunca respondí.

Pero seguían preguntando.

Por eso contraté al licenciado Rivera.

Por eso guardé cada documento.

Y por eso nunca les conté toda la verdad.

El video terminó.

Yo seguía inmóvil.

—¿Qué verdad?

Octavio cerró lentamente la computadora.

—La carta no estaba completa.

Sacó otro sobre.

Más pequeño.

Sellado con cera.

—Su madre me prohibió entregárselo hasta este momento.

Lo abrí con las manos temblorosas.

Dentro había una sola hoja.

La primera línea me hizo contener el aliento.

“Natalia, si llegaste hasta aquí, significa que ya intentaron quedarse con el edificio. Ahora ya puedes saber quién fue tu padre.”

Mis ojos recorrieron rápidamente el resto de la carta.

Cuando terminé, levanté lentamente la vista.

—Esto… no puede ser.

Octavio asintió.

—Sí puede.

—Entonces… ¿él sigue vivo?

—Sí.

—¿Y sabe que existo?

El abogado hizo una pausa.

—No solo lo sabe.

Empujó hacia mí una tarjeta de presentación.

Leí el nombre.

Sentí que el corazón se detenía.

Era uno de los abogados más influyentes de Jalisco.

Octavio habló con absoluta calma.

—Su padre lleva años esperando el día en que usted decidiera buscarlo.

Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, sonó el teléfono del despacho.

Octavio contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

Colgó lentamente.

—Natalia…

—¿Qué pasó?

El abogado la miró con gravedad.

—Mientras usted estaba aquí… su suegra acaba de intentar entrar a la oficina de administración del edificio con un poder notarial que lleva una firma idéntica a la suya… pero esa firma no la hizo usted.

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