La enfermera cerró la puerta antes de acercarse.
—Estos documentos no deberían estar aquí —susurró—. Alguien solicitó destruirlos esta mañana.
Diego tomó el expediente.
Valeria apenas podía mover la cabeza.
—Léelo.
La enfermera abrió la primera página.
Eran análisis de cuatro años atrás, realizados después de la primera pérdida.
Luego aparecía una orden firmada por el doctor Urbina.
Medicamentos.
Cambios de dosis.
Autorizaciones que Valeria jamás había visto.
Pero había algo todavía peor.
—Aquí consta que después de su segunda pérdida encontraron sustancias que no correspondían al tratamiento que usted tenía indicado —explicó la enfermera—. El laboratorio recomendó investigar una posible administración externa.
Valeria sintió náuseas.
—¿Por qué nunca me dijeron?
La mujer señaló otra hoja.
CONTACTO MÉDICO AUTORIZADO: SEBASTIÁN RIVAS.
Él había recibido los resultados.
Él había pedido una segunda opinión.
Él había conseguido que el informe quedara archivado.
Diego pasó páginas hasta detenerse.
—Dios mío.
—¿Qué?
Levantó una hoja.
Después de la tercera pérdida, el hospital había recomendado suspender inmediatamente determinados medicamentos y realizar una investigación clínica.
Pero alguien había firmado en nombre de Valeria rechazando nuevos estudios.
La firma parecía suya.
No lo era.
—Sebastián —susurró ella.
La enfermera asintió.
—Hay registros de acceso. El doctor Urbina modificó parte del expediente después.
Aquello cambiaba todo.
Ya no tenían solamente una conversación escuchada a escondidas.
Tenían documentos.
Fechas.
Firmas cuestionables.
Registros electrónicos.
Y una solicitud reciente para eliminar información.
Valeria miró a Diego.
—Haz copias de todo.
—¿Y después?
—Policía. Fiscalía. Mi abogado. Todo al mismo tiempo.
Diego la observó sorprendido.
—¿Y Sebastián?
Valeria cerró los ojos.
—Que siga creyendo que estoy indefensa.
Durante los siguientes tres días, Sebastián interpretó al prometido perfecto.
Publicó mensajes pidiendo privacidad.
Lloró frente a las cámaras.
Prometió que la boda continuaría porque “el amor verdadero no depende de la apariencia”.
México lo adoró todavía más.
Lo que él ignoraba era que Valeria ya había entregado el expediente y la información sobre el agresor a las autoridades.
Diego también había conservado mensajes relacionados con el pago.
Y el hombre contratado para atacarla no consiguió salir del país.
Lo detuvieron antes.
Cuando comprendió quién realmente podía abandonarlo, decidió colaborar.
La mañana prevista para la boda, Sebastián llegó al hospital con flores.
—Tengo una sorpresa —dijo—. Podemos hacer una ceremonia pequeña aquí.
Valeria estaba sentada junto a la ventana.
Las vendas seguían cubriendo parte de su rostro.
—Yo también tengo una sorpresa.
Sebastián sonrió.
—¿Cuál?
La puerta se abrió.
Entraron dos investigadores acompañados por el abogado de Valeria.
La sonrisa desapareció.
—Sebastián Rivas —dijo uno—, necesitamos que nos acompañe.
Él retrocedió.
—¿Qué está pasando?
Valeria levantó lentamente la mirada.
—Encontraron al hombre que pagaste.
Sebastián palideció.
—Valeria, estás medicada. No sabes lo que dices.
—También encontraron las transferencias.
Silencio.
—Y mi expediente médico.
Entonces sí tuvo miedo.
—Puedo explicarlo.
Valeria sintió lágrimas bajo las vendas, pero su voz permaneció firme.
—Explícales a ellos.
Meses después, la imagen pública de Sebastián estaba destruida.
El doctor Urbina también quedó bajo investigación y Renata descubrió que las promesas que Sebastián le había hecho eran tan falsas como las que había hecho a Valeria.
Diego entregó todo lo que sabía y abandonó definitivamente el equipo del cantante.
Valeria necesitó varias cirugías y una recuperación larga.
Pero los especialistas le dieron una verdad que Sebastián había intentado robarle también:
No existía evidencia de que ella fuera incapaz de tener hijos en el futuro.
Una tarde, mucho tiempo después, Valeria se quedó frente al espejo.
Las cicatrices seguían allí.
Por primera vez no apartó la mirada.
Sebastián había creído que destruir su rostro conseguiría destruir su valor.
Había cometido el mismo error durante cinco años.
Confundir las heridas de una mujer con su derrota.
Valeria tocó suavemente su mejilla.
Después salió de la habitación.

Ya no tenía boda.
Ya no tenía prometido.
Pero tenía algo que Sebastián jamás había planeado devolverle.
Su propia vida.