PARTE 2: El Error Fatal

Sebastián arrebató el documento de las manos de su compañero.

Lo leyó una vez.

Luego otra.

Después una tercera.

El nombre seguía allí.

Alejandro Shen.

No el suyo.

Su tío.

El hombre al que todos daban por acabado después del accidente.

—Eso es imposible.

Su compañero tragó saliva.

—La aprobación ya quedó registrada en el sistema.

—El matrimonio será inscrito esta mañana.

Sebastián dejó caer el expediente sobre la mesa.

Por primera vez en diez años sintió una inquietud que no podía controlar.

Sacó inmediatamente el teléfono.

Marcó el número de Valeria.

Apagado.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Entonces llamó a su madre.

—¿Dónde está Valeria?

La señora Shen guardó silencio unos segundos.

—Ya salió.

—¿A dónde?

—Al registro civil.

Sebastián sintió un vuelco en el estómago.

—Deténganla.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Porque ese matrimonio no puede celebrarse.

Su madre respondió con una calma que él no esperaba.

—¿No fuiste tú quien cambió el nombre del informe?

Él se quedó sin palabras.

—Fue una broma.

—Para ti.

—No para la muchacha que esperó diez años.

La llamada terminó.

Sebastián corrió hacia su automóvil.

Mientras tanto, en el registro civil militar, Valeria llevaba un sencillo abrigo color crema.

No vestía de rojo.

No llevaba joyas.

Solo sostenía cuidadosamente la carpeta con los documentos.

A las nueve en punto, un vehículo negro se detuvo frente al edificio.

Dos oficiales descendieron primero.

Después apareció una silla de ruedas.

Alejandro Shen vestía uniforme militar impecable.

La espalda recta.

La expresión tranquila.

Su sola presencia hizo que todos los funcionarios se pusieran de pie.

Valeria caminó hasta él.

Los dos se observaron durante unos segundos.

Alejandro habló primero.

—¿Aún puede cambiar de opinión?

Ella negó con serenidad.

—No.

Él hizo una leve inclinación de cabeza.

—Entonces entremos.

No hubo promesas románticas.

Ni discursos.

Solo dos adultos tomando una decisión consciente.

Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, un automóvil frenó bruscamente frente al edificio.

Sebastián bajó casi corriendo.

—¡Valeria!

Ella giró lentamente.

Era la primera vez que lo veía desesperado.

Él respiraba con dificultad.

—Todo esto fue un malentendido.

—Ven conmigo.

—Ahora mismo corregiremos el informe.

Valeria lo miró como si estuviera observando a un desconocido.

—¿Corregir qué?

—Nuestro matrimonio.

Ella sonrió con una calma que él nunca le había conocido.

—Sebastián.

—El matrimonio que esperabas terminó hace mucho.

Él dio otro paso.

—Solo quería darte una lección.

—Ya la aprendí.

Respondió sin elevar la voz.

—Aprendí que alguien capaz de apostar conmigo… nunca pensó casarse realmente conmigo.

Sebastián extendió la mano.

—Valeria…

Antes de que pudiera tocarla, Alejandro levantó ligeramente la vista.

Su voz fue baja.

Pero bastó para congelar el ambiente.

—Mayor Shen.

Sebastián se detuvo de inmediato.

Años de disciplina militar hicieron que reaccionara por instinto.

—General.

Alejandro sostuvo su mirada.

—A partir de este momento…

Hizo una breve pausa.

—La señorita Xia dejará de ser asunto suyo.

Los funcionarios abrieron la puerta del registro.

Valeria colocó una mano sobre el respaldo de la silla de ruedas.

Y, sin volver a mirar a Sebastián, entró junto al hombre al que todos creían incapaz de proteger a una esposa.

Solo entonces Sebastián comprendió que había perdido mucho más que una apuesta.

Había perdido a la única mujer que lo esperó durante diez años… precisamente el día en que ella decidió dejar de hacerlo.

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