La puerta principal se cerró detrás de Valeria con un sonido seco.
Ninguno de los tres intentó detenerla.
Teresa sonreía satisfecha.
Renata ya caminaba por la casa como si fuera la nueva dueña.
Y Sebastián, convencido de haber ganado, dejó caer el convenio de divorcio sobre la mesa.
—Sabía que al final entendería cuál era su lugar.
Teresa tomó una copa de vino.
—Las personas agradecidas no pelean.
Quince minutos después, Valeria llegó al pequeño departamento adaptado donde vivía temporalmente desde hacía varios meses.
No era un lugar lujoso.
Pero allí nadie la miraba con lástima.
Nadie decidía por ella.
Y, sobre todo, nadie la hacía sentir culpable por seguir viva.
Apoyó cuidadosamente una carpeta azul sobre el escritorio.
Sacó el teléfono.
Marcó un número que llevaba dos años sin utilizar.
La llamada fue contestada al segundo tono.
—Licenciado Ferrer.
—Pensé que nunca volvería a llamarme, ingeniera Montes.
Valeria cerró los ojos unos segundos.
Hacía mucho que nadie la llamaba por su profesión.
En la familia Alcázar era simplemente “la esposa”.
O peor aún…
“La mujer en silla de ruedas.”
—El divorcio ya está firmado.
Al otro lado hubo unos segundos de silencio.
—¿Aceptó irse sin reclamar bienes?
—Sí.
—Entonces ya no existe ningún riesgo de que digan que usted actúa por dinero.
Valeria sonrió apenas.
—Exactamente.
—¿Está segura de querer hacerlo?
Miró la carpeta azul.
—Esperé dos años para esta llamada.
—Entendido.
El abogado respiró hondo.
—Entonces mañana a las ocho comenzamos.
A la mañana siguiente, Sebastián llegó a las oficinas centrales de Alcázar Biotech.
El edificio de cristal reflejaba el cielo despejado de Monterrey.
Saludó a empleados, respondió entrevistas improvisadas y entró al elevador convencido de que la peor parte del divorcio había terminado.
Su secretaria corrió hacia él.
—Señor Alcázar…
—¿Qué ocurre?
—Hay tres abogados esperándolo en la sala del consejo.
Sebastián frunció el ceño.
—¿De qué despacho?
—Ferrer & Asociados.
El nombre no le decía nada.
Entró sin preocuparse.
Tres personas de traje permanecían sentadas alrededor de la mesa.
El mayor de ellos deslizó una carpeta frente a Sebastián.
—Buenos días.
Venimos en representación de la ingeniera Valeria Montes.
Sebastián soltó una carcajada.
—¿Quiere más dinero?
El abogado negó con tranquilidad.
—No.
Quiere cumplir un contrato.
—¿Qué contrato?
El hombre abrió la carpeta.
—El firmado el diecisiete de agosto de hace dos años.
Sebastián observó la primera página.
No reconoció inmediatamente el documento.
Hasta que leyó el encabezado.
Convenio de Desarrollo Tecnológico Exclusivo.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Eso…
Tomó el contrato con rapidez.
Comenzó a pasar páginas.
Su respiración cambió.
—Esto no puede estar aquí.
El abogado permanecía completamente tranquilo.
—Sí puede.
Fue registrado ante notario.
Sebastián levantó la vista.
—Ese proyecto pertenece a Alcázar Biotech.
—No exactamente.
Sacó otra copia.
—Pertenece legalmente a la ingeniera Montes.
El silencio inundó la sala.
Sebastián recordó de golpe aquellos primeros meses después del accidente.
Valeria seguía trabajando desde el hospital.
Diseñaba prototipos.
Corregía planos.
Firmaba desarrollos mientras aprendía nuevamente a mover su cuerpo.
Él apenas prestó atención.
Confiaba plenamente en ella.
Y ella confiaba plenamente en él.
Hasta que dejó de hacerlo.
—El sistema NeuroLink…
Su voz salió casi como un susurro.
El abogado asintió.
—Exactamente.
La patente principal.
El algoritmo de control.
Los protocolos de seguridad.
Y los derechos de explotación internacional.
Sebastián comenzó a sudar.
—Eso fue desarrollado para mi empresa.
—Fue desarrollado por la ingeniera Montes antes de ceder cualquier licencia.
El abogado colocó un certificado oficial sobre la mesa.
—La licencia de uso concedida a Alcázar Biotech tenía una condición.
Sebastián tragó saliva.
—¿Cuál?
—Permanecer vigente mientras existiera matrimonio entre las partes.
El color desapareció completamente de su rostro.
Buscó desesperadamente aquella cláusula.
Página cuarenta y siete.
Ahí estaba.
Nunca la había leído.
Nunca creyó necesario revisar un contrato redactado por su propia esposa.
El abogado habló con absoluta serenidad.
—Ayer quedó legalmente disuelto el matrimonio.
Por tanto…
La licencia quedó extinguida automáticamente.
Sebastián dejó caer el contrato.
—No…
—Desde las ocho de esta mañana, su empresa ya no posee autorización para fabricar, vender o mantener ninguno de los dispositivos basados en esa tecnología.
Uno de los abogados abrió otra carpeta.
—Ya fueron notificadas la Oficina Mexicana de Patentes, la autoridad reguladora y sus principales distribuidores.
Sebastián sintió que el aire abandonaba la habitación.
—Eso destruirá la empresa.
—Nosotros no estamos destruyendo nada.
Solo estamos haciendo cumplir un contrato firmado libremente por ambas partes.
El teléfono de Sebastián comenzó a sonar sin descanso.
Primero el director financiero.
Luego el director jurídico.
Después tres inversionistas.
Y finalmente…
La bolsa suspendió temporalmente la cotización de Alcázar Biotech mientras evaluaba el impacto de la pérdida de su principal activo tecnológico.
Sebastián levantó la vista con desesperación.
—Valeria nunca haría esto.
En ese instante, la pantalla del televisor de la sala se encendió automáticamente con un canal financiero.
La presentadora hablaba con evidente sorpresa.
—…la empresa Alcázar Biotech enfrenta una crisis inesperada tras conocerse que la patente base de su producto estrella pertenece legalmente a una persona distinta de la compañía…
En la esquina inferior apareció una fotografía.
No era Sebastián.
Era Valeria.
Vestida con bata de laboratorio.
Sonriendo.
Debajo podía leerse:
“Ingeniera Valeria Montes, creadora del sistema NeuroLink.”
Sebastián observó la imagen sin poder apartar la vista.
Por primera vez comprendió que durante años había presumido como propio el trabajo de la mujer a la que había hecho sentir inútil.
Y todavía ignoraba la peor noticia.
El abogado cerró lentamente la última carpeta.
—Hay un segundo documento.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Qué documento?

—El relacionado con el accidente de hace dos años.
El abogado sostuvo su mirada.
—La ingeniera Montes nunca nos pidió investigarlo.
Hasta hace una semana.
Y los primeros resultados indican que aquella camioneta… quizá nunca perdió los frenos por accidente.