Elena retrocedió cuando me acerqué.
—No te acerques más.
Me detuve.
Los dos niños se aferraron a su abrigo.
—No voy a hacerles daño.
—Eso dijiste hace seis años.
La frase me atravesó.
—Elena, yo nunca te abandoné.
Ella soltó una risa amarga.
—Claro que no. Solo desapareciste exactamente cuando más te necesitaba.
—¿Qué estás diciendo?
Uno de los niños levantó la cabeza.
—Mamá, ¿ese es el señor de la foto?
Mi corazón dejó de latir.
—¿Qué foto?
Elena cerró los ojos.
—No debieron verte.
—¿Qué foto, Elena?
Ella no respondió.
El segundo niño sacó algo de su mochila.
Era una fotografía vieja.
Yo aparecía con Elena frente a nuestra antigua casa.
En el reverso había una fecha.
Y debajo, una frase escrita con mi propia letra:
“Para mis hijos, cuando sean lo bastante grandes para entender por qué papá tuvo que irse.”
Me quedé inmóvil.
—Yo no escribí esto.
Elena me miró.
—Exactamente.
Tomé la fotografía.
La tinta era mía.
La letra era mía.
Pero yo jamás había escrito esas palabras.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de mi jefe de gabinete.
“General, acaba de llegar un documento de emergencia relacionado con su patrimonio familiar. Necesito que lo revise inmediatamente.”
Abrí el archivo.
Era un documento legal firmado seis años atrás.
Mi nombre aparecía al final.
Mi firma.
Mi número de identificación.
Incluso una copia de mi pasaporte.
El documento establecía que, en caso de mi muerte o incapacidad, todos mis bienes familiares pasarían a un fideicomiso administrado por mi madre.
Pero había una cláusula adicional.
La custodia de cualquier hijo mío quedaría bajo control de Lidia Verbytska.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué es eso? —preguntó Elena.
Le mostré la pantalla.
Su rostro perdió color.
—Ese documento…
—¿Lo conoces?
—Lo vi hace seis años.
—¿Quién te lo mostró?
Ella tardó varios segundos.
—Tu madre.
Todo empezó a encajar.
La carta.
Mi firma.
La desaparición.
Su embarazo.
La historia que mi madre me había contado.
Nada había sido casualidad.
—Elena —dije—, ¿por qué nunca me buscaste?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque tu madre me dijo que si volvía a acercarme a ti, destruiría tu carrera.
—¿Y los niños?
—Dijo que los convertiría en un escándalo público.
Miré a los dos pequeños.
Uno tenía mis ojos.
El otro tenía mi misma cicatriz sobre la ceja.
Cinco años.
Cinco años que me habían robado.
Saqué el teléfono otra vez.
—Coronel Romanenko.
—Sí, señor.
—Necesito una investigación inmediata.
—¿Sobre qué?
Miré a Elena.
Después a mis hijos.
—Sobre mi propia familia.
Hubo silencio.
—Y quiero que recuperes todos los documentos firmados durante los últimos seis años. Especialmente cualquiera relacionado con mi madre, mi patrimonio y Elena Karpenko.
—Entendido.
Colgué.
Elena me miró con miedo.
—Maxim, no sabes contra quién estás enfrentándote.
Me acerqué solo un paso.
—No.
Miré el documento falso en mi pantalla.
—Pero ahora sé exactamente a quién voy a enfrentar.
Uno de los niños tomó mi mano.
Fue un gesto pequeño.
Inocente.
Pero me dejó completamente inmóvil.
Porque era la primera vez que uno de mis hijos me tocaba.
Y justo entonces llegó otro mensaje.
“General, encontramos el documento original.”
Abrí el archivo.
La firma que aparecía allí no era la mía.
Era de mi madre.
Y debajo había una segunda firma.

La de la mujer que había ayudado a Elena a desaparecer seis años atrás.
Una mujer que yo conocía demasiado bien.