PARTE 2: EL DOCUMENTO QUE JULIÁN LLEVABA MESES BUSCANDO

Los golpes en la puerta se hicieron más fuertes.

—¡Elena! ¡Abre ahora mismo!

Mi madre comenzó a temblar.

Le tomé las manos.

—Mírame.

Esperó unos segundos antes de levantar la vista.

—Ya no estás sola.

Del otro lado, Julián seguía insistiendo.

—¡Mamá! ¿Qué le estás diciendo?

El juez Ferrer volvió a hablar por el teléfono.

—Fiscal Varela, escúcheme con atención.

—No salga del baño.

—Las patrullas ya van en camino.

—¿Qué encontró exactamente su madre?

Miré a Margarita.

Ella respiró con dificultad.

Después señaló el viejo mueble del lavabo.

—El piso…

—Debajo del piso.

Fruncí el ceño.

Aparté la alfombra.

Había una pequeña loseta distinta a las demás.

Introduje los dedos por una grieta.

La levanté.

Debajo apareció una caja metálica envuelta en plástico.

Mi madre comenzó a llorar.

—Tu padre la escondió antes de morir.

La saqué con cuidado.

Dentro había un sobre impermeable.

Lo abrí.

Primero encontré un cuaderno.

Después escrituras.

Contratos.

Y una memoria USB.

El último documento estaba doblado en cuatro partes.

Reconocí inmediatamente la firma.

Era de mi padre.

El juez preguntó:

—¿Qué dice?

Leí las primeras líneas en voz alta.

—”Si algún día Elena encuentra esto, significa que ya no pude proteger a Margarita.”

Sentí un nudo en la garganta.

Continué leyendo.

—”Julián no sabe que la verdadera propiedad familiar nunca fue la casa de descanso.”

Del otro lado de la puerta se hizo un silencio absoluto.

Julián había dejado de golpear.

Seguía escuchando.

Mi padre continuaba en aquella carta.

—”Durante veinte años compré discretamente terrenos utilizando otra sociedad.”

Miré las escrituras.

No era un terreno.

Ni dos.

Eran doce propiedades rurales registradas mediante un fideicomiso.

Ninguna aparecía en el patrimonio que Julián había estado administrando.

El valor actual superaba por mucho todo lo que ya había vendido.

Mi madre cerró los ojos.

—Él nunca las encontró.

—Por eso seguía buscando papeles por toda la casa.

Entonces comprendí.

Las ventas.

Las amenazas.

Los golpes.

No eran únicamente por dinero.

Julián creía que todavía faltaba una parte de la herencia.

Y tenía razón.

Solo que jamás imaginó dónde estaba escondida.

El juez volvió a intervenir.

—Fiscal.

Necesito que guarde inmediatamente todo ese material.

—Hay algo más.

—¿Qué ocurre?

—Hace dos semanas recibimos una denuncia anónima.

—Alguien intentó registrar un poder notarial para vender esas mismas propiedades.

Sentí un escalofrío.

—Pero nadie sabía que existían.

—Exactamente.

Miré a mi madre.

Ella susurró apenas:

—Solo tu padre…

—Y una persona más.

Antes de que pudiera preguntarle quién, un estruendo sacudió la puerta.

Julián acababa de intentar derribarla.

—¡Mamá!

Su voz ya no sonaba preocupada.

Sonaba desesperada.

—¡Sé que encontraste la caja!

Mi madre rompió a llorar.

—Ya lo sabe…

En ese mismo instante escuchamos sirenas acercándose a la casa.

Julián también las oyó.

Hubo unos segundos de silencio.

Después, el ruido de pasos corriendo hacia la parte trasera del jardín.

Me asomé apenas por la pequeña ventana del baño.

Lo vi saltar la cerca con una mochila negra al hombro.

Pero antes de desaparecer, giró la cabeza hacia la ventana donde estábamos mi madre y yo.

No miraba con miedo.

Miraba con rabia.

Como si todavía estuviera convencido de que aquello no había terminado.

Entonces el juez Ferrer dijo una frase que hizo que todo cobrara un sentido todavía más peligroso.

—Fiscal Varela…

—Su hermano no escapó por las propiedades.

—Escapó porque la memoria USB que acaba de encontrar contiene los nombres de todas las personas que lo ayudaron durante años… y varios de ellos siguen ocupando cargos públicos.

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