PARTE 2: EL DOCUMENTO QUE DANIEL OLVIDÓ QUEMAR

Abrí el último cajón buscando mi pasaporte.

En cambio, encontré una carpeta azul cubierta por una vieja bufanda.

La reconocí de inmediato.

Era la carpeta donde, durante años, había guardado todos los documentos importantes del matrimonio.

Pensé que estaría vacía.

Daniel siempre decía que él se encargaba del papeleo.

Sin embargo, al abrirla descubrí algo extraño.

Faltaban casi todos los documentos.

Las escrituras.

Los contratos.

Los estados de cuenta.

Todo había desaparecido.

Todo… menos una hoja.

Una sola.

Estaba doblada cuatro veces y escondida entre dos fotografías antiguas.

La desdoblé lentamente.

En la parte superior podía leerse:

“Acuerdo Privado de Participación Accionaria.”

Mi corazón dio un vuelco.

Era un contrato firmado cuatro años atrás.

Lo recordé perfectamente.

En aquella época Daniel había decidido abrir una pequeña empresa tecnológica junto con dos socios.

No tenían dinero.

Los bancos les cerraban las puertas.

Yo había sido la única persona que creyó en él.

Vendí el automóvil que heredé de mi abuelo.

Retiré todos mis ahorros.

Incluso pedí un préstamo personal.

En total reuní ochocientos mil yuanes.

Daniel me abrazó aquella noche.

—Cuando la empresa crezca, este esfuerzo será de los dos.

Yo sonreí.

No porque quisiera hacerme rica.

Sino porque pensaba que estaba construyendo un futuro con el hombre que amaba.

Jamás imaginé que aquella inversión terminaría siendo el arma que lo destruiría.

Leí con más atención.

El documento establecía claramente que mi aporte económico equivalía al treinta y cinco por ciento de la empresa.

No era un préstamo.

Era una participación legal.

Y aparecía mi nombre completo.

Con mi firma auténtica.

Y la de los tres socios.

Sentí un escalofrío.

¿Por qué Daniel nunca me habló de esto otra vez?

Saqué el teléfono.

Busqué el nombre de la empresa.

La primera noticia apareció inmediatamente.

“TechNova alcanza una valoración superior a los 120 millones de yuanes tras cerrar una alianza internacional.”

Me quedé inmóvil.

Volví a hacer el cálculo.

Treinta y cinco por ciento.

Mi participación ya no valía ochocientos mil yuanes.

Valía decenas de millones.

Respiré profundamente.

Entonces entendí por qué Daniel quería un divorcio rápido.

Y por qué insistía en que firmara “un simple acuerdo amistoso”.

No pretendía quedarse solo con el apartamento.

Quería que renunciara sin saberlo a una fortuna que legalmente también me pertenecía.

En ese momento sonó el timbre.

No esperaba a nadie.

Miré por la mirilla.

Era un hombre de unos cincuenta años, traje gris, maletín negro.

—¿Señora Camila?

—Sí.

Sacó una tarjeta.

“Liang & Asociados. Departamento Jurídico de TechNova.”

Abrí la puerta con cautela.

—¿Qué desea?

El abogado pareció sorprendido al verme.

—Llevo una semana intentando localizarla.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Sacó un sobre certificado.

—Porque la junta directiva necesita su firma para una reunión extraordinaria de accionistas.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Accionistas?

—Sí.

Usted continúa siendo una de las principales accionistas registradas de la compañía.

Lo observé sin decir palabra.

El abogado bajó la voz.

—¿El señor Daniel nunca le informó?

Negué lentamente.

El hombre guardó silencio unos segundos.

Después dijo algo que terminó de encajar todas las piezas.

—Eso explica por qué presentó hace tres meses una solicitud para eliminarla del registro societario utilizando un supuesto poder firmado por usted.

Mi sangre se heló.

—¿Un poder?

—Sí.

Pero el departamento legal detectó irregularidades en la firma y bloqueó el trámite.

No pudimos contactar con usted porque la dirección y el teléfono de contacto habían sido modificados en el expediente.

No era un error.

Daniel había cambiado todos mis datos.

Había impedido deliberadamente que la empresa pudiera localizarme.

Y, cuando eso no funcionó, decidió divorciarse antes de que yo descubriera la verdad.

El abogado me entregó el sobre.

—La reunión es mañana a las nueve.

Hay una propuesta para vender el ochenta por ciento de la empresa a un grupo extranjero.

Su voto es imprescindible.

Antes de marcharse, añadió:

—Por cierto…

Los otros dos socios están muy preocupados.

Dicen que el señor Daniel lleva semanas intentando convencerlos de que usted falleció hace tiempo.

Cerré la puerta lentamente.

Miré el contrato que seguía entre mis manos.

Daniel pensó que yo era únicamente la mujer que pagaba las cuentas de su familia.

Nunca imaginó que también era la propietaria de una parte del imperio que él estaba a punto de vender.

Y al día siguiente, cuando entrara en la sala de juntas creyendo que todo estaba bajo su control…

Me encontraría sentada en la cabecera de la mesa, con el contrato original frente a mí y un equipo de abogados dispuesto a demostrar que la persona a la que llamó “un estorbo” era, en realidad, la única capaz de decidir el futuro de su empresa.

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