PARTE 2 — EL DIVORCIO QUE NADIE ESPERABA

Daniel permaneció inmóvil.

Jamás imaginó que aceptaría el divorcio con tanta facilidad.

Karen dejó de sonreír por un instante.

Mi suegra fue la primera en reaccionar.

—Emily, no seas impulsiva. Tu marido habló enojado.

La miré con tranquilidad.

—Nadie obliga a una persona a decir la palabra “divorcio”.

Saqué una libreta de mi bolso.

Era una pequeña agenda donde llevaba anotadas todas las transferencias importantes desde que me casé.

La abrí sobre la mesa caída.

—Ya que hablamos de dinero, hagamos cuentas.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

—Separando lo mío de lo suyo.

Pasé la primera hoja.

—Primer año de matrimonio. Mi familia entregó trescientos mil yuanes como ayuda para la entrada de la casa.

Segunda hoja.

—Mi padre pagó ciento veinte mil por tu automóvil cuando tu empresa tuvo problemas de liquidez.

Tercera hoja.

—Mi madre compró todos los electrodomésticos del departamento.

Refrigerador.

Lavadora.

Aire acondicionado.

Televisor.

Todo con factura.

Karen comenzó a perder la sonrisa.

Daniel respiró con fuerza.

—¿Y qué?

—¿También vas a reclamar regalos?

Sonreí.

—No.

Saqué otra carpeta.

—Los regalos no.

—Los préstamos sí.

La expresión de mi suegro cambió.

Dentro había recibos bancarios.

Transferencias.

Mensajes.

Incluso fotografías.

Durante tres años, Daniel había pedido dinero una y otra vez.

“Cariño, préstame cincuenta mil.”

“Mi hermano necesita ayuda.”

“Mamá devolverá el dinero cuando venda la cosecha.”

Nunca devolvieron un solo yuan.

Mi suegra golpeó la mesa.

—¡Eso era ayuda entre familiares!

Asentí.

—Correcto.

—Y ahora termina.

Miré directamente a Daniel.

—Quiero que devuelvan todo.

Karen soltó una carcajada.

—¿Tú sola vas a enfrentarte a toda esta familia?

Abrí la aplicación del banco.

Proyecté la pantalla sobre el televisor de la sala usando el sistema inalámbrico.

Todos pudieron verla.

Movimientos bancarios.

Transferencias.

Fechas.

Cantidades.

Después abrí otra carpeta.

—Estas son las compras que hizo mi familia para la boda.

Vestidos.

Muebles.

Electrodomésticos.

Joyas.

Total.

Un millón ciento cuarenta y ocho mil yuanes.

El salón quedó completamente en silencio.

Los vecinos seguían observando desde la puerta.

Mi suegro tragó saliva.

Nunca imaginó que yo conservara absolutamente todo.

Daniel empezó a ponerse nervioso.

—Emily…

—No hagas esto delante de todos.

Lo miré fijamente.

—¿Quién llamó a todos?

Su mirada se dirigió lentamente hacia Karen.

Ella apartó la vista.

Respiré hondo.

—Hace un momento dijiste que no protegía la dignidad de tu familia.

Señalé los documentos.

—Durante tres años la protegí pagando sus deudas.

Señalé mi cuello.

—Y hoy intentaron quitarme el único regalo que mi madre me dio antes de casarme.

Karen volvió a levantar la voz.

—¡Solo era un collar!

Negué lentamente.

—No.

Abrí la galería del teléfono.

Mostré una fotografía.

Mi madre colocándome el collar el día de la boda.

Debajo aparecía una nota escrita por ella.

“Mientras lleves este collar, recuerda que siempre tendrás una casa a la que regresar.”

Sentí un nudo en la garganta.

Pero ya no lloraba.

Porque por primera vez entendía algo.

Nunca había pertenecido realmente a aquella familia.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Hablemos solos.

—No.

—Emily…

—Hace cinco minutos me pediste el divorcio delante de todos.

—Ahora responderé delante de todos.

Saqué mi teléfono.

Marqué un número.

—Licenciada Zhao.

La voz respondió inmediatamente.

—¿Señora Foster?

—Prepare la demanda de divorcio.

También quiero iniciar la reclamación de todos los préstamos documentados realizados a la familia Foster durante el matrimonio.

El rostro de Daniel perdió completamente el color.

Mi abogada añadió desde el altavoz:

—Toda la documentación ya está lista.

Solo falta su firma.

Karen dejó caer la cuchara.

Mi suegra comenzó a temblar.

Porque acababan de comprender algo que jamás imaginaron.

Yo no había empezado a reunir pruebas aquella noche.

Llevaba más de un año preparándome para el día en que alguien intentara arrebatarme aquello que mi familia había construido con tanto esfuerzo.

Y el collar que habían querido comprar por ocho mil yuanes acababa de costarles un matrimonio, una fortuna y la tranquilidad de toda la familia Foster.

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